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La fábula y su presente eterno. A propósito de Benito Cereno, de Herman Melville.

Permalink 16.02.09 @ 10:26:46. Archivado en Rafael Herrera Guillen

(El texto que sigue fue leído con motivo de la presentación de mi libro Un largo día. Globalización y crisis política, que tuvo lugar el martes, día 10 de febrero de 2009, en el Salón de Actos de la Biblioteca Regional de Murcia. Es una breve reflexión sobre el poder y su destino en el presente, que, de manera indirecta, pretende reflejar el sentido de mi propio libro a través del cuento de Melville)

Un momento de la presentación de Un largo día. Globalización y crisis política
Alfonso Galindo, Rafael Herrera, Enrique Ujaldón

El poder abandona el mundo cuando la mera fuerza se hace con el timón de un barco guiado sin espíritu. Ésta podría ser una de las más simples e inmediatas conclusiones que cualquiera puede extraer después de leer el cuento de Herman Melville, Benito Cereno… Pero antes de nada, dejadme que presente mis excusas.

Aunque quizás nada ensucia más la literatura que el saber profundo del crítico, yo quiero cobrarme mi parte y fingir esta tarde un rato el papel de escrutador de símbolos literarios. Al cabo, considero que es deber sagrado del filósofo repetir al milímetro todos los errores de sus antepasados más gloriosos. Desde Platón al menos, pasando por Maquiavelo, es obligación de todos cuantos aspiran a convertirse en pensadores políticos respetables, el cometer al menos dos equivocaciones imperdonables a lo largo de sus vidas: una, dedicarse algún tiempo a la literatura y la otra, salir escaldado de la política real. En cuanto a mí, que soy, por el momento, un tímido aprendiz, me conformo con los preparativos de este viaje hacia el error; pienso que será suficiente por el momento hacer de simple crítico literario con ínfulas filosofantes. Los presentes me perdonaréis, pues ya se sabe que, si con cuarenta años todavía se califica como joven a un filósofo, un hombre como éste que suscribe, debe presentarse ante el auditorio como infantil mozo del saber más viejo. Así, pues, el crítico en que me ido convirtiendo desde hace unos segundos comenzaba con estas palabras sobresalientes:

“El poder abandona el mundo cuando la mera fuerza se hace con el timón de un barco guiado sin espíritu.”

Aquéllos que habían sido sometidos, los negros, gobernaban el barco de Benito Cereno, el Santo Domingo, y lo hacían con toda la crueldad del resentimiento de quien ha sido esclavizado por la civilización. Y sin embargo, la fuerza bruta, que sólo quiere regresar al hogar inhóspito donde habita la fuerza bruta, no puede manejar el barco, y necesita la técnica de navegación de los dominados, de los blancos, a quienes desprecia, pero de quienes no puede prescindir mientras no les retornen a África. Así, pues, aquéllos que habían sido dominados, ahora dominaban el viejo mundo de los blancos; pero su orden era el del terror, el de la barbarie, el de la crueldad más sanguinaria.

Para el americano, para el hombre nuevo, ingenuo y fuerte, para el capitán Delano, aquel barco parecía, desde su primera visión desde la costa, como un monasterio destartalado por el demonio, pronto a desmoronarse por un precipicio ondeante de los Pirineos. Es entonces cuando, obedeciendo a las normas del mar (si es que hay normas en el mar), el capitán Delano sube a la nave desvencijada del pobre español, don Benito Cereno, para ayudarle. Yo no narraré los pormenores de la historia. Sólo diré que, para no levantar sospechas sobre el motín, los negros fingieron ante el hombre nuevo que subía a bordo, que todo estaba en orden, que ellos obedecían a los blancos (a quienes secretamente tenían amenazados de muerte), y que el penoso estado del Santo Domingo había sido producto de la furia del mar y de los vientos del Cabo de Hornos. El benefactor que acababa de subir a cubierta entra entonces en un mundo fingido de orden, en el que la fuerza bestial domina a una civilización sin espíritu para resistirse; a una civilización que encarna Cereno, y que, en el fondo, no merece perdurar, por el hecho simple de prestarse al fingimiento de un orden falso, impuesto por una fuerza sin normatividad, en lugar de preferir, en un último gesto de dignidad, caer muerto antes que dejarse dominar por la brutalidad.

Entonces Delano presencia un mundo imposible del que duda. Su sencillez bienintencionada le impide llegar a profundizar en la verdad de cuanto le rodeaba desde que subió a lomos de ese mundo desgarrado que era el barco de Cereno. Basta recordar el capítulo en el que Babo, el negro que se presenta como el más fiel servidor, afeita a su señor en presencia de Delano. Entonces, Cereno tiembla, febril, ajeno a cualquier recodo de pundonor, cuando su aparente fiel servidor le pasa la navaja por la mejilla. Delano no entiende la escena, pero el lector, para entonces, ya sabe que del barbero al degollador sólo hay un pequeño movimiento de muñeca. Aquel fiel servidor era el jefe del motín, a quien todos los negros seguían, y con el pequeño corte que hace a su señor, o tal vez deberíamos decir, a su esclavo, Benito Cereno, marca la señal que indica que él, y solamente él, tiene todo la fuerza sobre la vida y la muerte de los hombres.

Aquél que decide sobre el destino de los hombres de cubierta, Babo, sin embargo, no puede guiar a los suyos a tierra. Depende de un hombre sin espíritu, Cereno. Pero ¿acaso es posible la navegación cuando quien gobierna la nave es un espíritu débil forzado por la brutalidad? El Santo Domingo constituye un mundo absolutamente corrupto; un presente que no merece ser más que pasado... y, en última instancia, olvido. Es como un largo día cuyas tinieblas no inspiran más que pesantez y aflicción.

Quizás podemos fantasear con que el cuento narra la historia de dos Europas. Una vieja, destartalada, la del Santo Domingo, gobernada débil y aparentemente por Cereno, cuyo rumbo va directamente hacia la muerte; otra nueva, briosa, la del Bachelor´s Delight, bien guiada con justa autoridad por Delano, cuyo rumbo es el comercio de la ballena.

El caso es que, cuando Delano salva a Cereno, la memoria del mal lleva a Cereno irremisiblemente hacia su final. En cierto modo, Delano no rescata más que a un muerto. Aunque los dos bogan ya en el mismo barco, a salvo de peligros, sus destinos son completamente divergentes. Anclado en el pasado, Cereno tiembla de un pavor que le impide abrirse a cualquier futuro. Delano le anima a olvidar, pues sin olvido del mal y de la culpa no es posible la vida. Pero el capitán español está definitivamente perdido para el tiempo. Jamás podrá reconciliarse con el mundo, que es para él mal absoluto y espacio para la eterna melancolía. Delano le dice:

“…el pasado es pasado, ¿por qué moralizar sobre ello? Olvídelo. Mire, el sol ya lo ha olvidado todo, y el mar azul, y el cielo azul; ellos han pasado la página”

Ah, la vieja Europa, su poder es un fantasma, como la espada de Cereno, que sin hoja, simulaba autoridad mostrando el ostentoso brillo de una empuñadura de plata pegada a una vaina vacía. Una Europa que, en este largo día del mundo global, se quedó melancólicamente junto a los bárbaros que una vez dominó y ha cargado sobre su espalda todo el resentimiento y todo el odio. Sin embargo, esa otra Europa, que como Delano pasó de un barco a otro como quien cruza de una habitación a otra, con la naturalidad de quien conoce que el mundo debe ser habitable y mira hacia delante… Esa otra Europa, ¿es Europa?

Desprecio a Babo, porque él sólo es brutalidad – sólo un alma hecha de mesianismo y resentimiento puede compadecerse del sanguinario; desprecio a Cereno, porque él sólo es debilidad – sólo un alma tortuosa, como la de Carl Schmitt, puede sentirse identificado por aquel marino español; y no puedo encarnar la ingenua bonhomía del capitán Delano, porque soy demasiado europeo, demasiado viejo estoy tentado a decir, a pesar de mi confesa bisoñez filosófica. En todo caso, nunca he deseado emular a Babos, Cerenos ni Delanos; yo aspiro a ser ese personaje que es siempre el lector: un simple náufrago espectador del mundo.

Muchas gracias a todos.

Dicho queda.

Murcia, 9 de febrero de 2009.

Portada de Un largo día, de Rafael Herrera Guillen


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