El “No a Israel” de Europa
26.01.09 @ 10:33:13. Archivado en Rafael Herrera Guillen
Ya ha comenzado la gran dramatización europea por la paz. Desde la malhadada segunda guerra de Iraq, no se habían producido manifestaciones globales en el continente como las que se están produciendo ahora contra los ataques de Israel contra Hamas en Palestina.
Del “No a la guerra” hemos pasado al “No a Israel”. Naturalmente, en Europa (quiero creer) esta negación callejera del estado judío es sólo un rechazo retórico manifestero, que no tiene nada que ver con la negación existencial que el islamismo radical hace de Israel, democracia cuya aniquilación desea fervientemente.
Israel tiene derecho a existir. Hamas niega ese derecho y lo expresa puntualmente con el elocuente argumento de lanzar misiles sobre la población civil israelí. De este modo, gota a gota, los terroristas reiteran al estado democrático de Israel que su aspiración final es aniquilarles y barrerles del mapa de Tierra Santa. Israel, por su parte, reacciona con la fuerza furibunda del Jehová terrible del viejo testamento. De este modo afirma su voluntad de vivir, su fuerza de permanencia en el ser, su poder para ser a pesar de todo. ¡Ay, qué diría Nietzsche, si levantara la cabeza y tuviera que reconocer que, justamente los judíos, parecen hoy un pueblo verdaderamente portador de voluntad de poder!
Creo que la reacción europea al ataque israelí se puede analizar como un enfrentamiento entre judíos y cristianos. En La tiranía de la penitencia. Pascal Bruckner afirma que el pueblo palestino es hoy, para los europeos, “el gran icono crístico”, el pueblo perseguido y oprimido por EE. UU. e Israel, del mismo modo que los cristianos lo fueron por Roma y los judíos. Asegura el francés que “con el apoyo a los palestinos no se desea ayudar a seres de carne y hueso sino a ideas puras”. Creo que su diagnóstico es sensato. En buena medida, la reacción europea contra Israel es más una cuestión de plasticidad estética, de sentimentalidad herida, que de indignación moral. Lo que disgusta a los europeos es la “desproporción” israelí en el castigo. En el mejor de los casos reconocen el derecho del Estado de Israel a defenderse, para, acto seguido, condenar su poder destructor. Pero nada quieren saber de la realidad contemporánea, en la cual las viejas distinciones entre soldado y civil, entre ejército y guerrilla, etc. se han esfumado, en buena medida por las estrategias de ataque del terrorismo. Por eso, cuando escuchamos a la ministra de defensa de España pedir proporción a los israelíes y que obren conforme a las distinciones tradicionales entre sujetos beligerantes y sujetos civiles, nos damos cuenta de que está hablando un viejo lenguaje que ya no puede cumplirse en la era global. Nada sería mejor para Israel, y para cualquier democracia, que poder identificar con claridad y precisión al enemigo. Si así fuera, los terroristas no durarían ni una semana.
Sin embargo, algo no funciona en Europa cuando la mayor parte de sus ciudadanos se posiciona, indirectamente, a favor de un grupo terrorista frente a una democracia legítima. Naturalmente que a nadie puede dejarle indiferente la sangre derramada de niños e inocentes en Palestina. Y es esa visión la que echa a los europeos a las calles, porque la imagen del dolor televisivo, crístico, de la madre con el niño muerto, son un argumento sentimental insuperable, como lo fueron durante siglos las hábiles tretas estéticas del catolicismo.
Sin embargo, considero que algo no funciona en Europa, cuando sus ciudadanos recorren las calles acusando a una democracia legítima como Israel de nazis y genocidas. Ni Israel gasea metódicamente a los palestinos ni su objetivo es destruir una raza. De lo que se trata es de conseguir la mayor humillación retórica contra los judíos y sus protectores estadounidenses. Esto debería avergonzar a cualquier europeo que crea en la democracia y no se deje llevar por el neo-antisemitismo que anega este viejo continente.
Sin embargo, considero que algo no funciona en Europa cuando sus ciudadanos, desde posiciones presuntamente democráticas, adoptan y manifiestan una sentimentalidad política cada vez más parecida a la de los islamistas radicales que justifican los ataques puntuales contra el opresor israelí.
Dicho queda.
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Rafael Herrera Guillén
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