Melancolía del Estado (nuestro futuro quizás dependa de una decisión entre dos estrategias: o poliarquía global o re-estatalización global)
20.11.08 @ 10:13:08. Archivado en Rafael Herrera Guillen
Dos fueron las cualidades más significativas del Estado: la simplificación y la racionalización. La modernidad surgió como resultado de un proceso de radical simplificación de la multitud de actores políticos del Medioevo, época en que las jurisdicciones y las esferas de poder estaban distribuidas de un modo asimétrico. Pero esta diversidad no era disfuncional porque aquel mundo estructuralmente poliárquico quedaba cohesionado por el cristianismo. Sin embargo, cuando se produce la Reforma luterana, las guerras civiles religiosas desangraron Europa, pues en cuanto se puso en tela de juicio la unidad moral y férrea de la religión, inmediatamente todos los poderes heterogéneos que conformaban este viejo continente emergieron beligerantemente, con el fin de conseguir fundar un orden que para entonces ya había quedado irremediablemente perdido para siempre. Fue entonces cuando Hobbes delineó el gran artefacto de la política moderna: el Estado, que garantizó en adelante la unidad, no de la Cristiandad, sino de los ciudadanos de cada nación europea, sobre la base de una paz impuesta por un poder unificador y simplificador: el soberano, el Leviatán.

Pues bien, aquel monstruo que perece lentamente en nuestra era global, aquel Estado, fue la manera en que Europa supo resolver durante siglos una sangría continental, como las guerras de religión, que de otro modo no habría sido posible. Asimismo, aquella paz conseguida por la unificación estatal de la heterogeneidad permitió el surgimiento de una sociedad civil lo suficientemente cohesionada y vinculada bajo estructuras de racionalidad que dieron paso al nacimiento de la democracia moderna.

Aquel monstruoso Leviatán, aquel Estado duro e inmisericorde de cuyas entrañas nació la democracia, ahora se va despedazando. Las bases sobre las que se levantó por encima del caos europeo para poner orden y paz hasta convertirse en el sistema político moderno por antonomasia le están siendo enajenadas hoy en día; el pobre Estado ya apenas es soberano, apenas puede administrar sus fronteras, apenas puede legislar autónomamente, no puede apenas intervenir en la cohesión de la sociedad civil, la información y el capital traspasan su territorio como el viento, ni siquiera puede saber quién es su enemigo…
Sin embargo, a pesar de la fuerza pacificadora y cohesionadora del Estado, hoy parece un destino deseable asistir a su final, sin que sepamos muy bien cuál será el futuro sistema que lo vendrá a sustituir y si dicho sistema que adviene será o no internamente afín con la libertad y con la democracia. Y esto, amigos míos, no lo sabe absolutamente nadie. Estamos construyendo múltiples poderes, múltiples centros de decisión, múltiples tribunales internacionales, múltiples tratados transnacionales… y lo hacemos con la conciencia de que queremos seguir viviendo democráticamente, pero, ah, al mismo tiempo que construimos un nuevo mundo, lo hacemos a costa del único artefacto que nos lo había permitido: el Estado. Con su final caminamos hacia un mundo neomedievalizante, en donde se impone una poliarquía global, que, a diferencia de la poliarquía medieval, no estará unificada por una visión religiosa del mundo común.
El futuro de la globalización, nuestro futuro como hombres y mujeres de principios del siglo XXI, estará marcado, a mi modo de ver, por dos estrategias: la de caminar en la construcción de una poliarquía o la de reaccionar, ante una posible sensación de caos venidero, a favor del surgimiento de un nuevo poder terrible, un poder como nunca se ha visto sobre la tierra, que, como un nuevo dios furibundo, ejerza sobre el tiempo una fuerza inquebrantablemente unificadora. Puede que el Estado esté en trance de muerte –yo no lo sé, pero de lo que no me cabe duda es de que su lógica secreta, su interna pasión por la simplificación y la racionalización de la diversidad y la pluralidad constituye para nosotros un valor tan superior que tal vez nuestro más profundo sentimiento a corto plazo sea el de una radical melancolía del Estado.
Dicho queda.
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Rafael Herrera Guillén
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