Cómo se hace un escritor (o sobre la amistad)
26.10.07 @ 11:18:32. Archivado en Filosofía, Artículos, libros (mis cosas en papel)
El martes 23 presenté los libros. Tuve la grata sensación de estar rodeado de amigos. Al mismo tiempo, tuve la sensación de echar de menos a muchos amigos. Por eso, cuelgo ahora el texto que leí en la presentación -Una presentación que quise que fuera, antes que el examen de unos libros, la celebración de la amistad.
Notas de un autor en la presentación de sus libros sobre cuestiones poco relativas a sus libros.
De Amicitia
Queridos amigos:
Ante todo, un libro debiera ser siempre la obra de un heterónimo –de otro modo, terminaríamos por creernos el personaje que somos y no llegaríamos a convertirnos en lo que de verdad anhelamos ser: un filósofo. Cuando miro estos libros, tengo la certeza de que hay alguien que va diciendo que soy yo, y que incluso se atreve a firmar como Herrera Guillén. No me molesta, pero me parece muy atrevido por su parte. En cualquier caso, como siempre, me atreveré a hablar en nombre del personaje, y eso paso a hacer.
Tengo la sensación de que siempre llego tarde a mi propia vida. Un tipo ejercitado en el desarraigo no puede dejar de tener la sensación de que su presentación en sociedad es ya su despedida. En cierto modo, hoy vengo aquí a despedirme. Presento estos libros, que son el producto de tantos años de esfuerzo (no sólo mío), pero la palabra que sordamente me viene a la mente, y que no quiero dejar de confesaros, es la del adiós. Pero que nadie se haga ilusiones, porque mi vínculo con los amigos de Murcia es para mí ya indeleble, y amenazo con mantenerlos e incluso fortalecerlos a la menor oportunidad.
Os mentiría como un bellaco si os dijera que Murcia es como mi segunda casa. Mi casa fue, es y será siempre Madrid, y justo por ello, no la habito, porque, como Sempere, vivir para mí significa trabajar y amar la tierra de los otros. Mi sueldo vital no me alcanza más que para ser un humilde arrendatario. Mas, a pesar de todo, quiero a esta tierra extraña: a pesar de su luz excesiva, de sus playas, de su calor injusto y de esa manía que tienen los camareros de tirar la cerveza sin espuma…
La universidad me inspira un gran respeto. En ella, con todo, nunca he dejado de ser un investigador fronterizo. La habito con lealtad, aunque ya sin ingenuidad. Pienso que un espíritu no debe escribir a la carta. Del mismo modo, considero que el escritor sólo madura con altas dosis de disciplina expresiva. Pero ese rigor formal que ofrece, impagablemente, el mundo académico, no debiera determinar el horizonte temático de un intelectual. Que el destino de un escritor coincida con los objetivos de un grupo de hombres es sólo una feliz confluencia que hay que saber aprovechar al máximo, pero sin perder nunca el horizonte propio, porque, de lo contrario, al final uno arribará a puertos cada vez más alejados de Ítaca. Disciplina y libertad es el destino del escritor –o al menos, de todo escritor que esté dispuesto a elaborar su propia historia (su propio mito). Entiendo que el destino de muchos investigadores termine siendo determinado por sus objetos de estudio. Y yo me pregunto: ¿es mi deseo vincular mi existencia como estudioso a la de Sempere y Guarinos? ¿Debo aprovechar el tirón para alzarme con el premio merecido que es la transformación de la vida en la del especialista? Weber dijo muchas verdades (quizás demasiadas), pero no predicó con el ejemplo: ¿Debemos creer a un hombre, que se nos presenta como un sencillo sociólogo, que nos advierte de que la humildad del especialista es el destino del investigador, cuando él mismo, al observar la dimensión de su obra, nos muestra la figura imponente del sabio, del estudioso, del basto filósofo al que no se le puede reducir como al especialista? La biografía no es siempre lo decisivo, pero a menudo es determinante para no dejarnos llevar por los ataques de humildad de ciertos escritos maravillosos. La sobriedad, como la amistad, no se teoriza, se ejerce. No sé si huir de la identificación a uno le hace más libre, pero desde luego, con certeza, lo expone a una mayor vulnerabilidad. En diferentes ocasiones, a lo largo de estos años, me han llamado semperista: esto me satisface mucho, porque lo soy y jamás dejaré de serlo; pero si yo, en lo que resta de vida, invirtiera mis días en el estudio del mismo contexto histórico-político, cumpliría el deber del investigador, pero no el mío. De la vida universitaria desearía merecer el reconocimiento, para mí esencial, de los amigos, a quienes uno apenas puede ofrecer casi nada más que su escritura y apoyo. Pero soy un débil institucional –y está bien que así sea.
Por eso os digo, queridos amigos, que siempre llego demasiado tarde a mi propia vida. El personaje que firma estos libros acaba de redactar su obra más querida: la ha titulado Un largo día. Globalización y categorías políticas modernas. Algún amigo liberal, es decir, generoso, tras leerlo me ha dado los ánimos que un escritor necesita para no volverse loco, cuando el aislamiento retumba sobre el alma. Y esto me basta. ¿Cuál será el destino de este libro?, me pregunto: no lo sé. ¡Que por qué os hablo de este libro? Es sencillo, porque, por una vez, quiero adelantarme a mi propia vida.
Tal vez alguno de vosotros se sienta engañado, porque el autor de los libros no dice una palabra de los libros que prometía el programa. Y sin embargo, quien piense eso, se equivocará, porque, en el fondo, no estoy haciendo sino un homenaje indirecto a Juan Sempere y Guarinos, un hombre de quien jamás habría sido amigo, pero cuya vida me ha mostrado que quien apuesta mal, siempre lo paga, y que quien llega tarde a su vida, es aquel que podrá decir que ha vivido.
A Sempere le ocurrió siempre que fueron muchos quienes reconocieron su talento, pero muy pocos quienes le apoyaron institucionalmente. Naturalmente, la estructura corrupta y dirigista del período fue determinante en este sentido, pero justo por ello, hacía más culpables a los hombres, pues bastaba el apoyo personal para hacer justicia. Hoy, amigos, creo que la estructura del saber institucional sigue acusando algunos males, pero hemos avanzado mucho, y ya no todo son pactos y luchas de fuerzas que al final siempre dejan en el camino el valor de la excelencia. Después de todo este tiempo, creo que he conseguido hacerme con lo más provechoso que podía darme la universidad: los buenos amigos. Me siento cercano de esa forma de ejercer la amistad que tiene poco que ver con el halago y los silencios de la conveniencia. Nunca olvidaré aquellas palabras de un gran amigo en las que me calificaba de hipercrítico. No asumo este diagnóstico, y puedo demostrarlo. A esto me gusta llamarlo la maldición de Sócrates.
José Luis Villacañas Berlanga ha sido, a lo largo de estos años, un verdadero amigo y mentor. En cierta ocasión le dije que sus terribles dolores de espalda procedían del inmenso peso de la gratitud que tiene que soportar. Yo lamento hoy añadir más peso sobre su costado. Pero no puede ser de otro modo. Nunca olvidaré el primer encuentro: aquel hombre sólido, de estatura penibética, impartía las clases con el brillo del joven en unos ojos que se clavaban en los conceptos con la habilidad de un profundo maestro. A lo largo de estos años, durante la investigación de donde nacieron los textos que hoy nos ocupan, nos bastaron cuatro reuniones apresuradas para entender qué libro queríamos escribir. José Luís dirigió mi tesis con una mezcla justa de libertad y disciplina, hecha siempre de sugerencias, jamás de imposiciones. Por eso hoy para mí es un día tan satisfactorio, porque me ofrece la oportunidad de mostrar en público una deuda que no tengo intención de saldar sino con un sincero agradecimiento que espero no dañe demasiado sus lomos hechos para el trabajo.
No quiero dejar de acordarme hoy de otras personas de quienes he disfrutado a lo lardo de estos años en la universidad y aledaños –como Antonio Rivera, sosegado conversador cuya basta erudición oculta, sin duda, un pacto con el viejo daimon de la filosofía; Miguel Andúgar, con quien el trabajo en la Saavedra Fajardo expulsa la soledad; Belen Rosa de Gea, que siempre nos regala ese tono sensato y femenino. Pero también Víctor, Alfonso… y cómo no, Enrique Ujaldón, un liberal que da muestras de una temeridad inaudita, al dar cabida a mi escritura en entornos sin los cuales, a buen seguro, no habría podido obtener ningún canal de expresión. También debo mencionar a dos profesores: a Patricio Peñalver, a quien, de tiempo en tiempo, le condeno subrepticiamente a leerme; y a José López Martí, que no sé muy bien porqué, pero siempre me ha considerado un escritor, incluso en aquellos deliciosos y wittgensteninianos tiempos en que era su alumno.
Naturalmente, debo mostrar mi deuda gratificante con Eduardo Bello, que ha querido acompañarnos hoy, y que fue quien primero me enseñó el camino desde la ilustración al liberalismo y la democracia. De Carmen diré que fue para mí un hallazgo que el rigor de la historiadora tuviera una afinidad electiva tan profunda con la dimensión existencial de mi libro. Ella captó este fondo subterráneo y celebro poder estar hoy a su lado.
Quiero acordarme también de cuantos, por la distancia, hoy no pueden estar aquí: de mi familia, y de esos tipos que me reciben en el Foro siempre como si el tiempo y la distancia no existieran y que son los culpables de que, en nuestra última correría en Madrid, yo acabara incubando la pseudobronquitis que ahora disfruto.
De Isabel diré que es ella quien hace factible que mi poca afición al mundo se convierta en feliz ironía.
Finalmente, agradecer a la Biblioteca Regional de Murcia el habernos cedido este espacio, y a la editorial Biblioteca Nueva por haber mostrado un generoso interés por mi producción.
Espero perdonéis esta presentación, pero supongo que no esperabais otra cosa. En cualquier caso, quiero agradeceros muy sinceramente vuestra asistencia, tanto en mi propio nombre, como en el del autor de estos libros que hoy tan amablemente han presentado mis amigos. Muchas gracias.
Murcia, 23 de octubre de 2007
Gracias a todos cuantos se hicieron eco de la presentación y/o me enviaron ánimos para el evento. (Si de alguno me olvido, que no me lo perdone y demande)
Sociedad de Filosofía de la Región de Murcia
Agenda Cultural de la Región de Murcia
Foro oficial de la Plataforma de las Clases Medias
y a todos aquellos que preferís disfrutar del dulce anonimato.
Comentarios:
Un abrazo.
http://sartinefiles.wordpress.com/2007/10/30/del-oficio-de-escribir-rafael-herrera-dixit/
Y a mejorarse de catarros y gripes, esos que "nos atacan a todos" según rezaba un anuncio de mi niñez.
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Rafael Herrera Guillén
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