ESPAÑA: UNA DEMOCRACIA DE CACIQUES (Haciendo amigos...)
04.12.06 @ 18:00:00. Archivado en Rafael Herrera Guillen
La democracia española es una democracia de bajo nivel. ¿La culpa? Nuestra, naturalmente.
Ortega afirmaba que España, tierra de la envidia, odia a los mejores, detesta a las élites. Y yo, hoy, proclamo que las élites españolas son masa, detestan a los mejores y se componen de chusma. Señores, no se engañen, España carece de élites reales: sólo disponemos de grupos de poder anclados en sus butacas. Desde la silla de mimbre hasta el escaño, aquí se trata de impedir que nos muevan del sitio que ocupamos sin más merecimiento que el dedo, el amiguete o el apellido.
Solo la igualdad de oportunidades y una exigencia total de excelencia puede conseguir construir una élite. Aquí rige el cortijo y las malas prácticas. Aquellos que forman las élites son mequetrefes señoritos. No se puede confiar en la universidad española, que no cumple su deber. Solo podemos confiar en una sociedad en la que cada ciudadano sencillo obre como el mejor, es decir, obre crítica y censoramente sobre el propio grupo en el que está instalado y sobre el poder político. ¿Es esto posible? No lo sé, pero sí tengo una certeza: Las cosas no funcionan así en España, y no funcionan, paradójicamente, porque la formalidad democrática protege las prácticas diarias más dictatoriales y mediocres.
La trampa en la que los poderes provincianos (en España todo es provinciano, hasta su cosmopolitismo, pero esto otro día...) se escudan para ejercer su poder de señoritingo es apelar a la estructura formal y democrática. Es decir, ellos se escudan diciendo que los medios están ahí, pero como los ciudadanos no los usan, hemos de decidir nosotros por ellos.
Así, los pequeños poderes locales (desde los ayuntamientos hasta las pequeñas sociedades) funcionan con una estructura democrática, rigurosamente constitucional, pero no la activan, por así decir, no cuentan con los ciudadanos o los socios. Simplemente, actúan como el cacique, y ante la acusación de caciquismo, se defienden apelando a la estructura formal de la asociación para mostrar su carácter democrático, y asegurar que está abierto a toda clase de propuestas, solo que no le llegan y se ve impelido a actuar en soledad. De este modo, el cacique se eleva hipócritamente a la categoría del mayor demócrata abandonado por los socios e impelido a actuar. Y lo peor es que el cacique cree que obra bien, no obra con sagacidad. Esto le resta culpabilidad pero acrecienta su estupidez y denuncia el gran desfase entre los valores democráticos y competitivos de una sociedad sana y moderna y la operatividad caciquil de estos líderes patrios.
Así, pues, en España las estructuras son democráticas porque así lo exige la Constitución, pero las operativas del poder son caciquiles: no se fomenta la acción virtuosa republicana y participativa: se pone a disposición un artefacto democrático, pero no se generan las redes humanas y cívicas de co-participación. Luego, los ciudadanos o los miembros de las sociedades, ven los resultados de las decisiones de los caciques (desde el alcalde hasta el presidente de la sociedad más pequeña) y los observan como la conclusión de unas decisiones fantasmagóricas. La explicación de cómo se ha gestado tal decisión o tal otra está democráticamente a su alcance; le dirán: lea las actas de la reunión de tal fecha (reunión a la que usted podía haber asistido en base a tal ley o tal estatuto, pero a la que nadie le ha invitado de manera personal... Ahí tiene la web o el tablón de anuncios para informarse) La gran coartada del caciquismo actual es su estructura democrática. Esta es la paradoja.
España, tierra de individualidades pasivas e inerciales... De este modo, no hay colectivos funcionales porque no hay individuos activos que aspiren a la excelencia dentro del grupo, al no fructificar en el interior de estos la concurrencia competitiva del hacer, sino la del ser. Y si hay individuos activos que aspiren a la concurrencia, les cortan la cabeza como Tarquino el Soberbio las espigas.
Dicho queda.
P.D. Además de ustedes, naturalmente, queda invitado, a este capítulo de las Reflexiones contra España, como no podía ser de otra manera, el autor de En este ex-pais de mierda, el sr. Berlin.
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Rafael Herrera Guillén
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