ETA AUTÉNTICA (El diálogo como trampa y prejuicio)
25.09.06 @ 09:50:37. Archivado en Rafael Herrera Guillen
Todo pueblo en cuyo interior una parte vive en una continua autoafirmación victimista, basada en una falacia mítico-histórica, es un pueblo enfermo. Y el diálogo no parece un antídoto fiable
Es un pueblo enfermo de sentimentalidad, aires de grandeza y narcisismo. ¿Por qué se empeñan en ser vascos auténticos y no se conforman con ser lo que siempre han sido y son: genuinos españoles? Señores terroristas, son ustedes un atajo de españoles (ja) Se avergüenzan de esta humilde condición de ser español y se alimentan de esencias de romero viejo montaraz. Y otra cosa: no molan ustedes nada, nadita. Y asustan muy poco. Verles en el campo, con esos trapos patéticos ondeando al viento vasco (que es el mejor viento del mundo, claro, y el más viejo), ese trapo, que es tan auténtico y tan prístino, que copiasteis de Gran Bretaña...

En fin, que esa parafernalia infantil de ustedes forma un cuadro humano compuesto de infantilismo siniestro.
Después del comunicado de ETA, en el cual afirman
Confirmamos el compromiso de seguir luchando firmemente, con las armas en la mano, hasta conseguir la independencia y el socialismo de Euskal Herria
podemos suponer que, por mucho que el Gobierno negocie con ETA, nunca sabrá si está negociando con ETA o con un puñado de miembros de una banda dividida en la que ya está rearmándose algo así como una ETA AUTÉNTICA, que se niega a dejar de matar y a renunicar a ningúno de sus objetivos.
El diálogo como camino de entendimiento democrático es uno de los mitos y prejuicios de la democracia. En política hay negociaciones. Diálogo jamás. En cualquier caso, se le llame como se le llame, una cosa es cierta: el Gobierno debe explotar esta vía de la negociación hasta el final. Naturalmente que éste que suscribe, pacientes amigos, sería más feliz viendo pudrirse a cada etarra en prisión e incluso en un zulo perpetuo. Sin embargo, al enfermo hay que tratarlo, y para ello hay que seguir todas las vías posibles. Ahora bien, el enfermo no está libre de culpas: curarlo no significa dejar de castigarlo. Por eso, la negociación con ETA no puede llevarse a cabo, como pretenden los asesinos, supendiendo el Estado de derecho en sus causas.
Con todo, aunque sostenga la racionalidad del diálogo con ETA, en un sentido meramente pragmático e instrumental, moralmente me produce un gran asco, pero soy consciente de que la política debe suspender las amarras morales cuando se prevee la consecución de un bien superior, como en este caso sería un hipotético fin de la violencia. Sin embargo, soy pesimista a este respecto. Creo que el diálogo no va a salir bien. Hay enfermos con quienes hay que cortar por lo sano.
El diálogo va a fracasar por la sencilla razón de que dialogando se desentiende la gente. La palabra diálogo evoca en los ciudadanos de nuestras democracias un magia habermasiana absolutamente irrealista. Todo diálogo se desarrolla (y así debe ser) dentro de un marco de dominio. Todo diálogo está marcado por el poder y la fuerza. Ésta es una situación antropológica insuperable, por mucho que digan el principito de Asturias Habermas o el irresponsable y mediocre de moda, el gamba de Agamben. El diálogo es un instrumento del poder democrático. Así debe ser. También lo es la ley, que no ha dejado de actuar. Pero también lo es la fuerza y la violencia. Espero que, si llega el momento, éstas se activen con toda el rigor y con total ausencia de caridad. No la merecen.
Dicho queda.
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Rafael Herrera Guillén
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