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ESPAÑA: PRIMER PAÍS POSTMODERNO 2 (Terror y culpa)

Permalink 14.03.06 @ 09:33:50. Archivado en Rafael Herrera Guillen

Reflexionar sobre España es como el amor místico: uno no sabe bien qué es, pero tiene la certeza de que merece la pena dejarse arrebatar por su misterio. No ha mucho propuse un primer post sobre este país. Ahora va el segundo.

En este blog, como ya saben, nos interesa más captar el fondo del presente que las consecuencias mediáticas del mismo. Así pues, aunque parece extemporáneo hablar de conceptos políticos, no lo es, pues uno debe asir por la pechera al presente, interrogarle y hacerle vomitar las entrañas. Yo podría mostrar aquí la náusea que me produce la gestión que del 11M están haciendo nuestros dos grandes partidos políticos. También podría escandalizarme por su inmoralidad y afirmar que sólo por ello, la sociedad civil debería darles la espalda... Pero en lugar de todo esto, voy a componer un breve argumento político-conceptual que, tal vez (solo tal vez) ayude a comprender algunas cosas.

La soberanía constituye una de las categorías políticas modernas fundamentales. En una democracia, la soberanía, siempre indivisible, corresponde al pueblo. El gobierno y el parlamento sólo representan al soberano. Todo esto es el abc del día a día. ¿Seguro?

Esta estructura político conceptual de la democracia, sin embargo, es justo lo que saltó por los aires tras el 11M, y en el fondo, continúa así.

La clave de esta estructura reside en que el soberano (el pueblo) nunca es culpable ni responsable, sino que la culpa y la responsabilidad recae siempre en el representante (el gobierno). Esta idea democrática es justo lo que desprecian los terroristas. Ellos identifican de manera siniestra al representante con el soberano. Por ello, la política exterior de un gobierno puede y debe castigarse, según ellos, asesinando masivamente al soberano. Esta indistinción entre representante y soberano es lo que convirtió en culpables universales e indiscriminados a nuestros conciudadanos que murieron el 11M.

Esta tergiversación de las bases conceptuales de la democracia es propia de la estrategia terrorista. Lo peor es cuando esta corrupción categorial entra en la propia mentalidad de los demócratas. Y eso, amigos míos, creo que es lo que sucedió y sucede en España. En nuestro país se mezclan sin pudor estas nociones.

El terror dicta un veredicto universal sobre el soberano y lo ejecuta en consecuencia. ¿Cuál es la reacción democrática a esta confusión asesina? Debiera ser la unión y la ratificación del representante por parte del soberano. Nadie tiene derecho a convertir en culpables al soberano ni a su representante, ni mucho menos ha infligirle un castigo. El pueblo debiera haber apoyado a su gobierno y no reconocer en él la culpa por un mal provocado por un tercero externo en discordia. Desde luego que posteriormente, en las elecciones, podía cambiar de gobernantes, pero una sociedad civil genuinamente democrática, tal vez tendría que haberse unido, no sólo en el dolor, sino en la reacción contra sus ejecutores.

El representante es siempre responsable de los errores políticos. Pero la responsabilidad tiene que derivarse de los propios actos. Son los terroristas quienes unieron en una relación de causa-efecto la política exterior de Aznar con la ejecución masiva en los trenes de 192 inocentes. Así pues, asumir esta relación causa-efecto es asumir las tesis de los terroristas. La causa de la muerte son los terroristas. No hay una causa previa (Azores) que pueda legitimar esta acción. Si se asume esto, entonces es que el soberano deja de serlo, y reconoce a los terroristas como fuente del castigo por la responsabilidad derivada de los actos del representante.

Lo más grave no es que nuestros gobernantes nos mintieran (que ya es de por sí gravísimo) acerca de la autoría de los atentados, sino que todo el mundo diera como evidente que según quienes fueran los terroristas, así reaccionaría la opinión pública. Lo más grave es que todos diéramos por supuesto que si el terror era islamista, los españoles podrían cambiar el sentido de su voro, al sentir del modo más trágico las "consecuencias" de la política exterior de Aznar. No es otro el sentido última de la apresurada retirada de las tropas de Iraq o los gestos infantiles contra EE.UU. de los socialistas. No es otros el sentido último del entramado de asquerosas mentiras y manipulaciones informativas que, desde entonces, se llevan a cabo en torno a los autores reales e intelectuales de los atentados.

Desde luego, desde el 11M nuestros políticos han mostrado su gesto más repugnante. Unos lo hacen con sonrisa y buen rollito, otros, por su parte, con enfados programados y malhumor de feria.

En fin, amigos, uno trata de entender todo lo que pasó. Desde el 11M ya no podemos pensar desde las mismas categorías. Aquel día algo en mí me alejó de nuestros políticos, y por qué no decirlo, también de mis conciudadanos.

Y sin embargo, tengo la manía de amar este incompresible país. Qué cosas.


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