Creyentes y responsables

Interpretación del icono de la Trinidad

08.08.17 | 13:00. Archivado en Espiritualidad

El trabajo de Rublev sobre la Trinidad es el icono de los iconos. Son muchos los que han dicho que no existe nada parecido en cuanto a la pujanza de la síntesis teológica, a la riqueza del simbolismo y a la belleza artística. Dicen que ante él los cielos se abren y aparecen los esplendores de Dios.

Rublev recrea el ritmo de la vida trinitaria, su diversidad y el movimiento de amor que identifica a las 3 Personas sin confundirlas. Invita a elevar el espíritu y el pensamiento a la luz inmaterial y divina. Respira el aire de eternidad y se convierte en maravilloso cantor del Amor.

Los 3 ángeles están en reposo. Sus pies apenas tocan las gradas. El conjunto convertido en aéreo se eleva hacia lo alto. Es la paz suprema del ser en sí. Una paz embriagante; un auténtico éxtasis; la salida de uno mismo.

La perspectiva invertida elimina la distancia. La profundidad hace que todo desaparezca a lo lejos. Y, por efecto contrario, acerca las figuras, muestra que Dios está ahí y que está en todas partes.

El don de Dios está figurado en la copa. Los ángeles están agrupados en torno al alimento divino. Sus alas lo envuelven todo. Y los contornos interiores de sus alas, de un azul pálido, ponen de relieve la unidad y la visión de Dios que irradia la verdad trascendente del dogma. Un solo Dios y 3 personas perfectamente iguales es lo que expresan los 3 cetros idénticos, signos del poder real del que está dotado cada ángel.

El ángel de la derecha es el Espíritu Santo, que destaca sobre el fondo de las rocas en escaleras, representando la montaña, el tabor, la elevación, el éxtasis y las cumbres proféticas.

El ángel de la izquierda es el hijo. Y su cetro representa la casa, la iglesia, el cuerpo de Cristo.

En el centro el padre. Y detrás de él está el árbol de la vida, el origen. Él se revela eternamente, pero es la díada del Hijo y del Espíritu Santo quien lo revela.

El icono muestra esta comunión, cuyo centro vital es la copa. El Padre desprende una paz hierática e inmóvil a la vez que la ola creciente del movimiento del brazo derecho, y la inclinación del cuello expresan el principio dinámico. Lo inefable del misterio de Dios esta en esta síntesis entre la inmovilidad y el movimiento. Es el Dios viviente de la Biblia, nuestro Padre que está en los cielos.

Del árbol de la vida ha salido la madera de la cruz. Su figura es el eje invisible pero el más evidente de la composición. La aureola, el círculo luminoso alrededor de la cabeza del Padre, la copa y el signo de la tierra se encuentran en la misma línea vertical. Ésta parte el icono en dos y se cruza con la línea horizontal que une los círculos luminosos de los ángeles de los lados, formando la cruz.

La cruz está, por tanto, inscrita en el círculo sagrado de la vida divina. Es el eje viviente del amor trinitario.

El Padre es el amor que crucifica. El Hijo es el amor crucificado. El Espíritu Santo es la cruz del amor, su fuerza invencible.

El Hijo y el Espíritu son las dos manos del Padre. Si se unen los extremos de la mesa, en el punto que se encuentra sobre la cabeza del ángel del medio se ve que los ángeles se sitúan sobre un triángulo equilátero, que significa la unidad y la igualdad de la Trinidad cuya cumbre es el Padre. La línea trazada siguiendo los contornos exteriores de los 3 ángeles forma un círculo perfecto signo de la eternidad divina. Y su centro es la mano del Padre, el Pantokrator.

La visión es una anticipación del Reino de los cielos totalmente impregnada por una luz que no es de este mundo. Impregnada en un gozo puro, desinteresado, divino. El asombro brota del alma, que hace silencio. Por ello los místicos jamás hablan de la cumbre. Porque sólo el silencio la descubre.

Resumen de un trabajo más amplio de Mariano Sedano


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Comentarios
  • Comentario por Alejandra Espinosa Román 09.08.17 | 10:54

    Me gustó mucho su interpretación, gracias.

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