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Adiós y Gracias: una vida entregada al seminario de Badajoz

12.11.18 | 19:10. Archivado en Iglesia, Lectura creyente

Al sacerdote LUIS MAYA GARDUÑO

Hemos celebrado la eucaristía de vísperas del Domingo en la parroquia, me ha acompañado Ángel Maya y otro compañero sacerdote muy mayor de Tui-Vigo mayor, ambos jubilados. A la hora de rezar el padre nuestro, teniendo en cuenta que se celebraba el día de la Iglesia diocesana, he pedido a la asamblea que pidiéramos especialmente por estos sacerdotes que han gastado sus vidas en fidelidad a la Iglesia y hemos orado singularmente por Luis Maya Garduño, que está muy enfermo en Clideba, lo está acompañando Ángel. Desde ellos hemos hecho presentes a todas las personas buenas de Iglesia que hemos encontrado en nuestras vidas, le hemos dado gloria a Dios por ellos y lo hemos alabado por su misericordia con nosotros rodeándonos de tanta gracia y comunidad viva y verdadera.

Después Ángel y yo hemos paseado un rato y tomado un refresco que le sirviera a él como cena antes de irse a pasar la noche en el hospital con el sacerdote Luis Maya. Estando ahí me llama mi compañero Paco y me dice que a Luis lo están sedando porque ya está terminando, nos hemos acercado inmediatamente y hemos visto cómo ya está en sus últimos momentos, en su respiración ajetreada y cansada, entregado totalmente al paso que ha de dar para entrar en la casa del Padre. Ahí está un sacerdote de setenta y dos años, que tras un proceso cancerígeno que se sumaba a su corazón operado, está tocando a su fin.

Hace días me comentaba Ángel cómo este familiar sacerdote, le decía que tras haberse dedicado en alma y vida al seminario como profesor durante más de cuatro décadas, le había faltado oír dos palabras:”adiós y gracias”. Y desde entonces me viene rondando en la cabeza y en el corazón esta queja humilde y este lamento. Por eso hoy al verlo ultimando su vida, expirando, siento como la necesidad de exclamar muy fuerte un adiós afectivo, profundo, y un gracias real, personal y colectivo.

Yo le conocí con dieciséis años, él tendría veintisiete, era mi profesor de filosofía antigua, media, moderna, así como de varias materias más. En teología fue uno de los profesores que más nos explicó grandes tratados teológicos y además fue nuestro formador durante tres años. Tengo el grato recuerdo de que predicó en mi primera celebración de la eucaristía en mi pueblo natal. De sus primeras clases hace cuarenta y cuatro años, de mi primera misa treinta y siete. Hemos sido decenas de generaciones de sacerdotes los que nos hemos abierto al pensar filosófico en saber sobre el hombre y la realidad del ser, así como al misterio de Dios, de la gracia y de los sacramentos. Formado en Comillas, con la luz reciente del Concilio Vaticano II, vino a nosotros con una formación excelente que mantuvo actualizada durante toda su vida. Cada años veíamos como sus apuntes eran actualizados y podíamos reconocer artículos nuevos y actuales de revistas muy variadas de teología que conformaban su renovada biblioteca personal. Al comienzo lo hacía compartiendo su labor pastoral en pueblos muy sencillos y pequeños de los aledaños de Olivenza como eran San Francisco y San Rafael, donde vivía con sus padres y su hermana, que sufría una discapacidad severa –hoy residente en la providencia en Ribera del Fresno-. Allí supo ser sencillo con los sencillos, con los agricultores y los colonos a los que apreciaba y servía de corazón con su saber y su hacer.

Para muchos, además, fue formador de nuestros últimos años en el Seminario mayor antes de ordenarnos. Ahí le reconocimos como un hombre que respetó nuestra libertad, y nos ayudó a crecer en todo lo que en nosotros eran deseos de perfeccionarnos y enriquecernos, como personas, como creyentes y en orden la ministerio. Nunca olvidaremos que fue en esa época cuando comenzamos a montar obras de teatros clásica y viajar a pueblos y parroquias de la diócesis a representarlas y convivir con la gente, un modo de presencia, de pastoral vocacional, así como de inserción en el mundo rural y en contacto con los sacerdotes que nos caracterizó en nuestra personalidad y en nuestros deseos de sacerdotes encarnados y entregaos. Nunca olvidaremos a don Luis con su seat 1430 marrón detrás del autobús, dispuesto a ir donde lo lleváramos y compartir nuestra nuestras ilusiones.

Tampoco olvidaremos el “Bar miseria”, que nos permitía montar para después de las clases tomarnos una copita antes de ir al comedor y convivir unos con otros y con los profesores, con aquellos aperitivos que traíamos como productos sencillos de nuestras casas para compartir con todos, así obtener algunas perrillas para la caja de la comunidad.

Pero sobre todo no olvidaremos su cuidado de formación en lo que era esencial, como la celebración de la eucaristía, esas fichas sencillas bien pensadas y trabajadas cada día en las que sellaba homilías con una profundidad y calado bíblico y teológico que nos marcaron en la seriedad de lo que se celebraba y en el sentido de la vida que nos propiciaba aquella palabra y aquel altar. Nuca nos condicionó en ideología y siempre nos sirvió lo mejor para pensar y crecer con lo último y más serio de teología y de la pastoral. Nunca nos pidió nada a cambio, y mucho menos pensar o ser como él. Por eso mismo, nos fue muy fácil después sentirlo como compañero y quererlo y valorarlo como era, con su singularidad en carácter, humor y sencillez.


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