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Homilía en la vigilia pascual

01.04.18 | 22:13. Archivado en Iglesia

LUZ, PALABRA, AGUA, PAN

Vivimos en esta noche santa la victoria de la vida sobre la muerte, celebramos el encuentro glorioso del hijo crucificado con el Padre de la gloria en la vida eterna abierta por la resurrección por la fuerza del Espíritu. En la vigilia celebramos y vivimos el paso definitivo –no hay vuelta atrás- , la frontera de la oscuridad, del silencio sin sentido, de desierto y la sed, del hambre de la vida ha sido transformada en la gloria de la Luz, de la Palabra, del Agua viva, del Pan del amor eterno. Ellos son los cuatro elementos fundamentales de nuestra celebración.

Que exista la Luz:

El mundo que habitaba en tinieblas, la humanidad que cerraba los ojos a la realidad, tocada de la ceguera de la injusticia (confusión, desigualdad, violencia, hambre, división...) La que se mostraba indiferente ante los acontecimientos y los sufrimientos de los hermanos, que no analizaba las causas y las consecuencias de lo que vivían y ocurría en el vivir diario, ahora ha entrado en otra luz. Ahora los ciegos ven, porque Jesús de Nazaret, el crucificado resucitado ha sido respaldado por el Padre en el Espíritu, porque Dios no quiere la muerte, es el creador de la vida. Los bautizados en Cristo tienen una mirada nueva la que se aprende en el corazón de la compasión y de la misericordia. Aprendamos a mirar la realidad con los ojos de Cristo, con sus sentimientos, dejemos que la vida nos hable y que Dios nos salve en la realidad de lo diario. Agradezcamos la vida que es un don gratuito del Padre.

He oído el grito de mi pueblo:

Cuando existe el dolor no hay mayor desgracia que no poder decirlo y no ser escuchado por nadie. El silencio del dolor, de la muerte, de la desgracia, del fracaso, de los límites, en la soledad total se hace infierno… Dios, en la resurrección del crucificado, ha roto con ese silencio, ha escuchado el grito de su pueblo, de la humanidad y ha lanzado la promesa de la esperanza frente al miedo y la soledad, ya nadie estará solo, no habrá sordera ni mudez, la Palabra del Padre por el Espíritu, entrará en los corazones para llevar una palabra de aliento y de ánimo. El resucitado estará todos los días con nosotros, con los sufrientes de la historia, pensemos y abramos nuestro oído y nuestro corazón a los que sufren hoy. Ahí se revelará el verdadero rostro de Dios, del crucifado que los resucitará, y en los que sufren nos abrazará para siempre: “Venid, vosotros benditos de mi padre porque…” Esta es la noche en que se ha quebrantado la indiferencia y han renacido los que se dejan afectar por el grito de lo humano. Seamos compasivos.

Oíd sedientos todos, acudid por agua:

Una humanidad sedienta: rotos por el ritmo de vida, por los objetivos marcados, por las superficialidades de la existencia, sentimos una sed inagotable y no encontramos la fuente de la vida. Las personas no se sienten felices, consumimos fármacos para nuestra tristeza y nuestra infelicidad. Nuestro mundo se diagnostica de enfermedad del sin-sentido, de la ansiedad agotadora. Lo tenemos todo pero no somos nada. La noche de resurrección abre la fuente del agua de la vida, Cristo quiere darnos su Espíritu, derramar sobre nosotros un agua pura que nos purificará de todo lo que nos ata y nos aprisiona, para respirar en la libertad de los que han encontrado un sentido de la vida en la generosidad y en la entrega, la que nos hace salir de la muerte de la seguridad y de la autorreferencia. De nuestro interior saltará la fuente del agua de la vida eterna, si incorporados –bautizados- a Cristo dejamos que su Espíritu guíe nuestra vida en lo diario, notaremos que donde hoy hay miedo y sequía, nacerá el vergel de la comunión y la valentía de la alegría profunda. Señor dame de tu agua.

Id a Galilea, allí lo veréis y comeréis con El:

El pan sin comunidad se hace duro como la piedra, no hay quien lo coma, solo sirve para tirarlo, es el pan que se come pero no da la vida, sino la muerte, como el que comieron nuestros padres en el desierto. El mundo muere de hambre no por falta de pan, sino por no saber partirlo en comunidad. El resucitado es el crucificado que ha partido el pan en la mesa para hacer una comunidad que llega hasta la vida eterna. En esa mesa, junto a los apóstoles, estamos sentados nosotros y nos alimenta, ya resucitado, para que sepamos construir una mesa redonda como el mundo, un lenguaje nuevo, una esperanza universal. Esta es la noche en la que el Pan se ha hecho de vida eterna y el que lo coma no tendrá hambre jamás y será alimento para todos sus hermanos en la entrega comprometida por la fraternidad verdadera. En este pan que comulgamos está Cristo Resucitado, el que nos promete la vida eterna y nos envía a la misión de llevar la alegría –Aleluya- a todos los hombres de la tierra, que desea que la buena noticia –Evangelio- se anuncie a todos los pobres.

Aleluya

Nuestra noche, se ha vestido de luz, la palabra nos ha llegado al corazón, nos hemos sentido renovados en el agua del Espíritu que colma nuestra sed de plenitud, y vamos a comer al Crucificado que ha resucitado y se deja ver en favor nuestro para que nadie nos pueda quitar la alegría de la resurrección, nuestro aleluya. Cristo ha resucitado y nosotros estamos alegres, muy alegres, porque tenemos la Vida. Y nos queremos esconderla ni guardarla porque es de toda la humanidad, somos hermanos. Vayamos a Galilea y lo veremos, allí nos espera.


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