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"Sacerdotes de Jesucristo sin más"

09.01.18 | 12:59. Archivado en Iglesia, Lectura creyente

Celso Morga con su presbiterio en Badajoz

Sacerdotes de oro y plata
Ayer, un año más, el presbiterio de Mérida-Badajoz se reunía para celebrar un encuentro fraternal navideño junto al pastor de la diócesis, don Celso Morga, en el seminario Metropolitano de san Atón de Badajoz. Siempre se aprovecha este evento para homenajear colectivamente a los compañeros que cumplen sus celebraciones jubilares de 25 y 50 años de ministerio en la Iglesia. Unos, con sus cincuenta años, a punto de cumplir, o recién cumplidos, otros con sus setenta y cinco, en las mismas circunstancias. Y en medio yo y un buen grupo de sacerdotes que estamos de puente o en medio de esas generaciones. Eso me daba un sentimiento en la celebración de contemplación y acción de gracias, notando en el ambiente que era el sentimiento común compartido tanto en el acto de homenaje con sus lecturas creyentes, como en la celebración de la Eucaristía en la que el Arzobispo nos invitaba a ser sin más adjetivos sacerdotes de Jesucristo, y en la comida de hermanos en la que no faltó ni la alegría ni el buen vino de la tierra.

Generación intermedia

Ante los mayores porque fueron nuestros referentes, entre ellos había más de un formador y profesor nuestro en la época del seminario, con ellos dimos pasos hacia el ministerio y con ellos nos iniciamos en nuestras andaduras ministeriales, tan plurales y enriquecedoras. Les estamos muy agradecidos y nos gustaría respetarlos profundamente hasta su despedida final, hacerlo con ternura y cariño para que puedan sentir siempre nuestro agradecimiento, aunque alguna ver fuéramos jóvenes críticos con ellos, como ahora lo serán los más nobeles con nosotros, daba su buena salud y formación.
Ante, los para nosotros, todavía jóvenes o muy jóvenes, el deseo de dar gloria a Dios, porque los hemos visto crecer desde pequeños, algunos con once años, hasta esta plenitud humana y sacerdotal que gozan y de la que nos sentimos orgullos, porque de alguna manera les hemos pasado el testigo, hemos compartido con ellos ilusiones y tareas, y no dejan de ser acicate y , a veces aguijón, para que no nos durmamos en los laureles, ni entremos en esa etapa en la que se comienza a oír “yo ya…”, como rendidos a un momento que se presenta nuevo. Ahora son ellos los que están ahí para llevar el peso más fuerte de nuestra iglesia y de nuestra misión como presbiterios, y con ellos queremos ser nuevos y graciosos para esta historia que nos ha tocado vivir. Entre unos y otros, los dorados y los plateados, nosotros nos sentimos generación intermedia, y nos gustaría saber con la sabiduría de los mayores y soñar con los sueños, cargados de realismo, de estos sacerdotes consolidados en esa edad media tan fecunda y profunda.

La sabiduría de los mayores

Los mayores, en su celebración dorada, con sabiduría de última etapa – en labios de Francisco Barroso- dando razones de una vida y un ejercicio, que tras muchas etapas, van coronando con alegría y satisfacción, dando pautas y claves de lo que es una entrega que merece la pena, y deseando vivir ahora con la paz de lo sentido en acción de gracias y todavía con bastante disponibilidad. Les toca ejercer de “simeones” en el templo y en la calle, para agarrados a la cruz y a la esperanza decirnos que “ahora el Señor puede dejarlos irse en paz porque sus ojos han visto al salvador…”, pero que van a estar en alabanza hasta que ese momento les llegue y ellos estén con las velas encendidas. Hasta con belleza literaria propia de los hombres sabios y sencillos – con el espíritu de Antonio Bellido-, nos dan el decálogo de lo único importante desbrozando para un sacerdote, en su singularidad de hombre de Dios y del pueblo, lo que es el único mandamiento: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.”
La madurez novedosa de los plateados

Los plateados –por boca de Nico Silos- , en plenitud de vida y acción ministerial, nos hablan ya de consolidación y planteamientos, sacerdotales centrales que han descubierto en su quehacer ministerial y con los cuales quieren vivir y ser fieles en su tarea. De alguna manera nos dicen que no creen o sirven porque nosotros, los de en medio, se lo hayamos dicho o acompañado, sino porque ellos mismos lo han visto y han creído que merece la pena ser sacerdote en medio de este mundo y de esta iglesia, con modos y formas que han de ser nuevas y auténticas. Y para eso nos marcan las líneas y perspectivas en las que creen. Me tomo la libertad traer a este espacio particular las claves o conclusiones que nos ofrecían los que cumplían sus veinticinco años de ministerio en su lectura creyente de lo vivido:

Claves de un ministerio descubierto en el vivir entregado

Cada trayecto recorrido, cada paso dado, nos ha ido adentrando aún más en la dimensión de la llamada al ministerio y la respuesta al mismo, que creemos que tiene su raíz en tres dimensiones:
1.- “La primera es un ministerio querido, en un presbiterio unido. Trabajar juntos, vivir juntos la misión, y responder fraternalmente a las preguntas y respuestas del hombre contemporáneo. Nos necesitamos unos a otros, desde la transparencia y con sentimientos verdaderos hacia los demás. Saber querernos, aceptarnos y acogernos tal y como somos. Esta es la mejor apuesta que podemos hacer por una verdadera pastoral vocacional.

2.- La segunda es un ministerio con los pies en la tierra.
Debemos hacer opción por el espacio que se nos ha encomendado, desde el servicio y la dedicación por la misión puesta en nuestras manos. Ser capaces de transmitir la alegría del encuentro con Cristo nos lleva a hacer opción por la persona concreta, sabiendo que hoy no nos podemos permitir la tristeza, sino que, desde nuestra propia debilidad, tenemos que ser personas de esperanza en lo cotidiano, en lo diario, en lo pequeño.

3.- Y la tercera es un ministerio arrodillado. Cuando la vida la centramos en Dios, en la oración, en la eucaristía y en la lectura creyente de su paso por nuestra vida y misión encomendada hemos sido fuertes y fieles a pesar de las dificultades propias de esta etapa. El encuentro personal con Dios Padre cada día renueva la ilusión por el ministerio presbiteral a pesar de las debilidades que se experimentan, tanto fuera como dentro de la propia comunidad eclesial. Y arrodillados, servicialmente ante la persona de hoy, especialmente ante aquellos que más sufren.”

José Moreno Losada.
Video introductorio:


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