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¿Un día ante o entre los pobres?

22.11.17 | 12:43. Archivado en Iglesia, Papa Francisco, Acción Católica, Lectura creyente

Ser y no temer: Todos somos pobres entre los pobres

Una jornada mundial de la Iglesia ante los pobres

Un Domingo más en torno a la Palabra de Dios en nuestra parroquia, en la misa dominical. En el contexto de los últimos domingos del tiempo ordinario, que nos darán paso al nuevo año litúrgico con el adviento, nos presentan evangelios de carácter escatológico, aquellos que nos hablan del futuro divino al que estamos llamados por el amor de Dios, son evangelios que nos hablan del juicio definitivo, el juicio del amor, que nos ilumina a la luz de las obras de la generosidad: “Porque estuve enfermo, hambriento, sediento, enfermo, encarcelado¦ y me reconociste, te acercaste y me ayudaste.

En este contexto litúrgico, el Papa Francisco ha invitado a toda la Iglesia a que miremos a los más pobres de la tierra, que toda la Iglesia fijemos nuestra mirada compasiva en los pobres, hoy es la primera jornada mundial de los pobres, que se institucionaliza para años sucesivos.

No nos pide una colecta, sino una mirada compasiva, no se trata de dar sino de ponernos delante de ellos y poder contemplar la riqueza divina que nos puede llegar a través de ellos. Porque esa es la clave cristológica fundamental desde la que vivimos: “Cristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. La pobreza nos enriquece si nos abrimos a ella con el corazón de Dios y somos capaces de abrirnos a la realidad de Dios que se nos ofrece como salvación en ella, en aquellos mismos que olvidamos y rechazamos por su pobreza.

No esconder, no huir… el talento

Se nos pide que los miremos a las personas en la mayor pobreza, en su verdadero valor, que es el mismo que el nuestro. Hoy cuando escuchamos la parábola de los talentos se nos invita a entrar en el corazón de la misma, que no es tanto de una responsabilidad moral, sino de un aviso profundo: “Tuve miedo y fui a esconderlo”. Hay un miedo, que nos ciega, nos esconde, nos lleva a huir, y entonces nos hacemos incapaces del verdadero gozo, de la verdadera vida, del verdadero banquete y la auténtica riqueza.

Los talentos no son las capacidades de tener, saber o poder, sino algo más profundo y verdadero: es la vida, el verdadero regalo divino, somos “imagen de Dios”. Lo somos en África o en Europa, siendo hombre o mujer, listo o torpe, rico o pobre, exitoso o desgraciado. Ahí está nuestro verdadero valor, nuestra autenticidad más original. Ahí reconocemos que somos imagen en la debilidad, como el Señor, “envueltos en pañales y acostados en un pesebre”, y que lo somos en el resucitado, porque cuando éramos pecadores y limitados, el dio su vida por nosotros, y la dio por todos, por el santo y el por el más desestructurado de la historia, dándonos valor por su verdadero amor entregado.

El Papa nos invita a dar tres pasos muy sencillos en este dí­a de los pobres del mundo:

Reconocerlos, ponerles nombres.
Muchas veces nos rodean, les damos limosnas, pero es necesario mirarlos a fondo, y dejar que Dios nos ayude a reconocernos desde ellos mismos. Nos da miedo mirarlos y reconocerlos, porque tememos nuestra propia pobreza, cuando los miramos desde el silencio y desde la interioridad fecunda y contemplativa nos damos cuenta de que todos nosotros si nos ponemos a la intemperie, sin seguridades exteriores, somos tan pobres y desgraciados como ellos. Las seguridades con las que vivimos no dejan de ser vendas de nuestra propia debilidad y pobreza. Todos somos criaturas y abandonados a nosotros mismos, sin los demás y nuestra suerte, nos quedamos en pañales y en el pesebre. Por eso el Señor en los pobres nos invita a conocernos profundamente, a reconocernos débiles como los más pobres, y a vivir agradecidos, enormemente agradecidos. Sólo en nuestra debilidad y pobreza Dios se hará fuete y encontraremos la verdadera seguridad, no la que conquistamos nosotros o nos dan los demás, sino la que fundamenta nuestro Dios, sólo El es nuestro escudo y nuestra fuerza, y lo es de todos, porque todos somos imagen de El en nuestra pobreza y debilidad. No somos menos pobres que los pobres, por eso somos hermanos también en la pobreza. Así lo decía el propio Papa a los encarcelados: “yo no soy mejor que vosotros… yo en vuestro contexto e historia posiblemente también estaría en la cárcel”.

Acercarnos:
hacernos prójimos. No des limosna si no es desde la cercanía, no se trata de algo económico, sino de encarnación como el Señor que se despojó de su rango, sus poderes y seguridades, para hacerse uno de tantos, llegando incluso a la mayor pobreza de morir en la cruz como un esclavo. Acercarnos es hablar, conocer, hacer amistad, poner nombre, saludar, echar un rato, informarse, contarle nuestra vida y nuestras cosas, escuchar las suyas. Salir del anonimato ante ellos y dejar que ellos, si quieren, salgan del suyo ante nosotros. En nuestro barrio, nuestra parroquia, en la región, en el mundo, conectar y compartir vida. Hacer que nuestra comunidad parroquial sea habitable para ellos, que esté abierta, tengan su lugar como uno más, y puedan celebrar la vida y su Dios con nosotros, que tenemos la misma vida y el mismo Dios. Que pasen de la fría puerta a la mesa caliente del pan y el vino.

Compartir:
que no es darles, es sentarnos en la misma mesa, hacer el mismo camino, divertirnos juntos, pasear, reí­r, llorar, pasar fiestas entrañables juntos, invitarlos a nuestros acontecimientos, “porque si invitamos solo a los que pueden pagarnos invitándonos ellos, eso también lo hacen los paganos, a nosotros se nos invita a ser imagen de Dios que invita a los pobres que están en los cruces de los caminos, a los que no pueden pagarle, es decir, a todos nosotros.

El Evangelio de Hoy, como los pobres actuales, no nos exigen nada, al revés quieren darnos algo que nadie nos lo puede dar. nadie más que Dios, y eso es vencer al miedo que impide que entremos en el verdadero gozo del Señor. El miedo a salir de nuestra indiferencia indolora, el miedo a reconocernos por reconocer a los otros en sus pobrezas, el miedo a ser buenos y generosos como muchas veces deseamos en lo más profundo de nuestro corazón, pero que lo acallamos por un temor tonto asentado en el deseo de una seguridad falsa. Yo me doy cuenta que tengo miedo, yo que predico sé que podría nombrar y nombrarme más ante los pobres, que podrí­a acercarme mucho más a los que menos tienen, y que siento el deseo de ser más generoso y compartir mucha más vida pero me quedo en la comodidad de una seguridad que me empequeñece y me empobrece con la claves de un mundo injusto e insolidario.

Abrazarnos a Dios
Nuestro Dios, que es el Dios de los pobres -de todos los hombres que son criaturas y dependientes, o sea, todos- quiere hacernos ricos en los más pobres de la tierra, y para eso está dispuesto a hacernos libres, a liberarnos de los miedos que nos impiden se auténticos y originales como lo es Él. Desea romper con todo lo que nos impide ser verdaderas imágenes de Dios y ver la imagen verdadera de Dios en el corazón de los más pobres de la tierra, a esa imagen que desea abrazarnos para enriquecernos con la riqueza que nadie nunca nos podrá quitar y que nos abre las puertas del Banquete Eterno.

Comamos juntos en la mesa del pan universal , pidamos a Dios Padre el pan Nuestro de cada día, pero sobre todo pidamos que nos quite el miedo que nos quita su verdadera presencia en nuestro corazón y nos impide su amor más auténtico y original, líbranos de este mal que nos ciega para no ver a los más pobres, no acercarnos y no saber compartir con ellos. Haznos verdaderos prójimos de los últimos con la fuerza de tu Espíritu.


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