Cree en la Universidad

El aleluya de la dignidad

19.04.17 | 13:22. Archivado en Acción Católica, Lectura creyente

Dios mío, ven en mi auxilio

Tu dolor y tu gracia

No has dejado a tus hijos y les has enseñado que caprichos no les podías dar. pero la ilusión de vivir y el amor paterno, la seguridad del padre, no le iban a faltar nunca. Te has quitado el pan de la boca para que a ellos no les faltara lo necesario, has ido con un coche ya acabado para que ellos pudieran iniciar muchas cosas nuevas, hasta les has enseñado, tras la caída del pequeño,  que por placer no hay que mabaratar lo que uno tiene ahorrado, aunque parezca en ese momento muy atrayente, como una bolsa de gusanitos, pero todo con un cariño y una referencia envidiable.

La esclavitud de hoy

Has estado en trabajos de esclavo. justificados por la ley pero sin ética ni dignidad, trabajando para otros en condiciones leoninas pero no te has echado atrás, te levantabas para seguir luchando y viviendo, para arrancar lo que fuera, aunque fuera nada realmente.  Cada mes comenzando de nuevo,  de cero, muchos sin éxito pero sin perder la esperanza. A veces has tenido que recurrir a la ayuda de los tuyos, tus padres, amigos, y hasta de eso has hecho lección de vida, te emociona tener los amigos que tienes, pero es que tú no sabes el tesoro que tenemos los que contamos contigo como amigo.

Has sido fiel en todo

Tú eres para mí el signo de un hombre fiel, del que “aunque no queden vacas en el establo ni aceitunas en el olivo”, no pierdes la esperanza, ni el ánimo. Aunque tu piel se rompa por el dolor y el estrés de un mundo sin justicia, no has perdido ni la sonrisa ni la mirada de ternura y de cariño, te has revestido del traje de lo humano y te has hecho más hijo, más padre, más hermano, más amigo, más trabajador, mejor ciudadano, has ,sabido subirte en ese globo que te lleva a los cielos, rodeado de gente que te quiere y a los que quieres y ,desde arribaa, has cantado ese cántico de los sufrientes que esperan la victoria: “nosotros venceremos”.

La buena noticia, las cuatro llamadas.

Y hoy, tras haber celebrado ayer juntos el Domingo de Ramos, con esa homilía que llamaba a saber vivir con la sencillez de lo humano, del amor y de la entrega por encima del poseer y el poder, me has llamado y la recibir tu voz, con la calma  y la serenidad de hombre de bien, me has dicho sin muchos prolegómenos, hoy tengo “la buena noticia”, me han seleccionado para un trabajo digno y has llorado de alegría, yo también, frente a todas la veces que han saltado las lágrimas de la impotencia en una lucha sin cuartel. Me decías que habían sido cuatro llamadas las que había hecho, que eran esenciales para ti: a tus padres, que se han emocionado de una manera brutal, nadie como ellos han sido tu fuerza y tu gracia, tu apoyo y sostén, aunque tú no querías mostrarle dolor para que no sufrieran.  A ese amigo, con el que estás compartiendo tanta vida, y que no le ha importado compartir contigo lo que tiene, de un modo digno y elevante, con el que has subido hasta el cielo más de una vez, cuando más hundido podías estar, y los dos habéis sido consuelo muto en las dificultades diversas que la vida os propiciaba, esa amistad es de las que nunca acaba y de las que hay pocas. El hombre confiado del banco, que te conoce y te quiere, y que ha sabido articular profesionalidad  con respeto a la dignidad de la persona, para que  el banco no te rompiera, ni te hiciera daño en tu mejor voluntad y en tu peor situación. Y entre ellos, tengo el honor, de haber sido llamado por ti. Una llamada del Papa me hubiera emocionado y llenado de satisfacción, supongo, pero tiene más valor la tuya, me has llamado como a un hermano, para llorar juntos de alegría, y parecía que estabas tan contento de haberlo obtenido como de poder contármelo. Cuántas veces me dijiste que cuándo llegaría la hora de que el teléfono sonara para decirme: “Pepe, tengo la buena noticia”.
Brindo y celebro  por ti y tu persona, tú vales mucho más que tu trabajo.
Ya la tenemos, pero brindo por este proceso tuyo vivido con grandeza y profundidad, nunca has dejado de estar pendiente de mí y de cuidarme, tú que estabas en situación de debilidad has sido fuerte y me has fortalecido, no sabes cuánto. Por eso en esta semana santa tú has estado en la última cena cuando Jesús se reunió con sus amigos queridos, en la cruz cuando Jesús vivió el agobio y el sufrimiento, y en la noche santa de la resurrección cuando cantamos con el resucitado el aleluya de la vida que vence a la muerte.  Te quiero por cómo me he sentido querido y acompañado por ti en esta situación en que eras tú el que aparentemente necesitaba acompañamiento. Ah, y la próxima fiesta de los Reyes Magos, no olvides que el verdadero regalo de Dios para tus hijos vas a seguir siendo tú. Gracias¡


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