LA CORRUPCION LA PAGA EL CIUDADANO
17.10.06 @ 13:53:01. Archivado en Política, Corrupción
En una sociedad libre, moderna y abierta como la española, todos somos responsables, en mayor o menor medida, de la ola de corrupción que nos asola, ahora principalmente en el plano local, amenazando muy seriamente nuestra incipiente y nunca bien consolidada democracia. Porque, más allá de los políticos, primeros actores del corrosivo fenómeno, de la carencia de autoridad moral de los propios partidos políticos, del peligrosamente influyente mundo económico-financiero, de la incompetencia material de las instituciones públicas encargadas del control y fiscalización de la actividad administrativa, del hasta ahora ineficaz estamento judicial, y de la falta de compromiso de la intelectualidad; por encima de todo ello, digo, la gran valedora de la actividad corrupta es la complacencia de una ciudadanía básicamente corrupta también.
En efecto, el ciudadano de a pié, acomodaticio en todo momento al poder establecido, ha jaleado en ocasiones a los ladrones institucionales, justificando muchas veces sus tropelías, y hasta admirándoles en secreto. Porque, aunque resulte duro reconocerlo, vivimos en un país donde el que puede llega tarde al trabajo, estafa a Hacienda o se apropia de lo que no le pertenece.
De todas maneras, estoy convencido de que este estado de cosas responde a la falta de formación ciudadana. El contribuyente español medio no es consciente de los estragos sociales y económicos que toda práctica política perversa acarrea a la economía nacional; también a la suya, por tanto. Por eso el nivel de corrupción política es mucho menor en los paises del norte de Europa, donde tradicionalmente se vive la ciudadanía de forma responsable y reivindicativa. De ahí el que el gran escrito francés del XIX, Victor Hugo (la corrupción ha existido siempre y en todos los paises), contestara en su día a una pregunta sobre el particular en el sentido de que lo primero que haría para combatir la corrupción en su país, sería construir escuelas.
En esta línea, es fácil colegir que el ciudadano tolera la corrupción porque aún no alcanza a comprender que los políticos no son héroes admirables e inaccesibles, sino sólo representantes (formales, más bien) de la vecindad, a los que se paga para que gestionen los servicios públicos que ésta les demanda y, por lo mismo, responsables de la recta y eficaz administración del dinero público, así como de la honrada defensa de los intereses ciudadanos; gestores, en suma, a los que por consiguiente se les puede y debe pedir cuentas. El español medio todavía no ha llegado a la conclusión de que el político que utiliza las potestades públicas que él mismo le ha conferido en beneficio propio y en perjuicio de la colectividad, le ha traicionado en su confianza. El sacrificado contribuyente no ha reparado en que la corrupción le cuesta el dinero, que la paga él en definitiva cual si fuera un nuevo impuesto, pues ha de sufragar los servicios públicos que le presta una Administración cada vez más cara por desproporcionada, ineficaz y perversa. El consumidor no ha caído en la cuenta de que se hipoteca la vida pagando una vivienda tres veces más cara de lo que sería justo, porque la corrupción mediante en el sector la ha encarecido en igual proporción.
Cuando se produzca esta toma de conciencia por parte de la ciudadanía, ésta se tornara necesariamente beligerante contra esos políticos desalmados y manipuladores que la están esquilmando. Porque al cabo sólo nos preocupa aquello que nos afecta al bolsillo.
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José Manuel Urquiza
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