Convivencia de religiones

Mensaje de Unamuno a Pedro Sánchez

14.02.19 | 12:09. Archivado en Religion y sociedad, Justicia y paz


Por una mediación sin mediadores

Ha llegado un e-mail de Unamuno desde el más allá. Se lo envía a un filósofo lector suyo, que está celebrando la traducción japonesa de El Cristo de Velázquez. Le ruega que reenvíe este mail al Presidente del Estado español. Dice así el texto:)

Amigo J.M.C., le saludo desde el más allá, donde descanso en paz, según dicen lenguas piadosas, pero no es del todo exacto. Cierto que estoy en paz, que por fin ya llegué a ser.-me-en- Quien-me-hace ser, en el Cristo muerto vivo que “muerte a la muerte dio con su muerte”. Mas lo del descanso solo cuadra en parte. Sabe usted bien, amigo y lector mío, que si dejase de bregar no sería Miguel, Jugo de la Raza. Recordará lo que escribí hace ya más de un siglo: "una eternidad de visión beatífica sin hacer nada sería
aburridísima, por muy bello que sea el misterio eterno"...

Pues bien, abro el internet del Espíritu para ponerme al día y me duele lo que veo. Me duele Cataluña cuando veo la manifestación de señera única independentista y me duele España cuando veo la manifestación de bandera única facha. Ambas visiones me producen vergüenza ajena, tristeza y enojo...

Yo que siempre estuve “contra esto y aquello”, frente a los “hunos” y los “hotros”, no soporto esos maniqueismos. Pero tampoco me acuesto con los que piensan que solo es cuestión de reconciliación dulzona de cara a la galería, para entretanto seguir haciendo el juego a uno de los dos extremos.

Ojalá no caiga Pedro Sánchez en la trampa del compromiso neutral bajo capa de reconciliaciones, con o sin mediador que ayude al parto...

Usted, amigo hispano-japonés, escribe a menudo sobre la “cuarta vía de Papa Francisco”. Por eso comprenderá que yo quiera recomendarle a Pedro Sánchez una especie de cuarta alternativa: la “alterutralidad”; sobre ella hablé en mi tiempo (O.C: V. 1250), cuando me dolía la España cainita de guerras civiles y los dos extremismos, así como me dolía la España anestesiada y adormilada con falsas reconciliaciones (tantos centrismos que eran “derechonas disfrazadas de equilibrio” o “izquierdonas con mezcla de acomplejamiento y pose desenfadada para la galería”).

Vayan, por favor, a la cuarta alternativa: la de la polémica creativa y la dialéctica-con-amor-y-dolor. Júntense una y otra vez, no para un diálogo fingido, negociación astuta o cálculo electoralista de falsa neutralidad, sino para un pugilato, que sea a la vez lucha y abrazo de luchadores. Para eso no precisan mediadores, son los mismos luchadores, que se estrechan y confrontan a la vez, quienes constituyen la mediación, mejor dicho, quienes la crean y engendran con dolor y gozo.

Suban, por tanto, señores, suban al ring de la alterutralidad, dense allí de puñetazos hasta caer K.O., pero que caigan K. O. ambas partes a la vez sin vencedores ni vencidos. Y cuando estén en el suelo, mírense una a la otra y abrácense por fin; luego, pónganse en pie para empezar de nuevo a... caminar; y caminen contradiciéndose y abrazándose, en vez quedarse parados y solamente esperando la oportunidad de que uno deje K.O. al otro.

Aprendan a estar más allá de los “hunos” y los “hotros”. Díganle a Madrid que no se suicide en favor de la unidad a ultranza. Díganle a Barcelona que no se suicide el independentismo por empeñarse en defenderlo a ultranza mediante el K.O. unilateral. Y díganle a los prudentes reconciliadores que no impidan el pugilato de la alterutralidad, en el que se abrazan los luchadores para seguir caminando.

La polémica creativa no precisa mediadores, las partes son la mediación misma, conflictiva, crítica y creativa; ahí se engendra algo que ninguna de las dos tenía antes del encuentro, pero que tampoco habría surgido sin la lucha y el abrazo: Paz en la guerra!

Pásele este mail, por favor, amigo jesuita lector querido mío, páselo al señor Presidente, recomendándole esta dialéctica, que no es hegeliana, de tesis-antítesis y síntesis cordiales, tras tesis y antítesis extremistas, sino polémica, heraclitiana y, precisamente por eso, fecunda y esperanzadora.

Ojalá pueda el Presidente del Estado español conseguir que, en el período de debates que dure en el futuro la reforma de la Constitución, se abracen en pugilato sincero los países, pueblos y naciones que hoy conglomeran el presente estado de las autonomías y puedan caminar juntos, abrazándose y boxeando a la vez (con seriedad democrática), ¿quizás para construir, como decía nuestro querido Nóbel Saramago, la federación o confederación de Estados Unidos Ibéricos del mañana – con la capital en Lisboa, el Senado en Barcelona, y Madrid, a lo Kyoto, como sede cultural? ¡Quien sabe!; en ella todos y todas se entenderían entre sí tan bien como lo hacen hacen ahora con los hermanos y hermanas de Portugal.

Con un saludo entrañable (que no solo cordial, con cabello de ángel...) le quiere animar,
señor Presidente y le respeta,

Miguel de Unamuno

Desde mi estudio celeste, presidido por el Cristo de Velázquez, al que rezamos por los que caminan de noche oscura por la cuarta vía:

La humanidad en doloroso parto
de última muerte que salvó a la vida
Te dio a luz como Luz de nuestra noche...


Interrupción tras violación no es aborto injusto

18.01.19 | 11:01. Archivado en Bioética, Religion y sociedad

Se acaba de publicar en RD (2019,1,17) información sobre el caso de embarazo tras violación y solicitud de interrupción no punible de la gestación. Esta vez, la víctima es una menor madura de doce años en Jujuy (Argentina). Se suceden las consabidas reacciones opuestas. Lo delicado de la situación empuja a posturas que se esfuerzan con la mejor intención en salvar ambas vidas. Pero se olvida que la violación y el conflicto de deberes de protección de dos vidas pueden exigir una interrupción responsable del embarazo en casos semejantes.

Por eso me parece pertinente y oportuno repetir para lectores y lectoras de este blog lo dicho en varias ocasiones parecidas, tanto desde la Bioétca como desde la Moral teológica.

Si aborto es la interrupción injusta e irresponsable de un embarazo, no toda interrupción voluntaria de la gestación constituye un aborto en el sentido moralmente negativo de este término
.

No es lo mismo aborto que interrupción de gestación. Tampoco es lo mismo, decía santo Tomás, la mentira y el falsiloquium, ya que mentira sería por definición falsear injustamente la verdad cuando se está obligado a decirla ante quien tiene derecho a preguntarla. Puede haber ocasiones en las que sea irresponsable no interrumpir una gestación antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.

Se plantea mal la pregunta sobre la permisiblidad del aborto en caso de violación cuando la manera de formular la cuestión condiciona estrechamente la respuesta. No ayuda proponer la cuestión como dilema entre derecho a abortar y obligación de gestar.

La violación es una acto que, con su violencia hiere la dignidad de la persona en su mismo centro. El embarazo no deberia ser el resultado de una violencia. Esto se aplica no solamente a los casos de violación en el sentido más estricto de la palabra, sino también a otros casos de violencia más o menos disimulada. Por ejemplo, la presión psicológica ejercida contra una mujer que encuentra difícil rechazar la demanda de una relación sexual por parte de una amistad cercana o pariente. También entraría en esta clasificación la relación sexual realizada entre los mismos esposos sin consentimiento de una de las partes, es decir, no como un acto propiamente conyugal, sino forzando la voluntad de la otra persona.

Otro ejemplo sería el caso de una mujer que no ha podido evitar una relación sexual extramarital, pero que no está en situación de responsabilizarse de un embarazo. Se plantea en estos casos la pregunta sobre si es lícito impedir que el proceso de concebir y gestar se consume. Hay casos en que interrumpir ese proceso no es solamente lícito, sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a un aborto injusto en una etapa mucho más avanzada del desarrollo del feto.

En vez de plantear la cuestión como un enfrentamiento entre dos derechos –derecho de la vida nascitura frente a un presunto derecho a suprimirla-, es preferible el planteamiento como pregunta y búsqueda: 1) sobre cómo acoger responsablemente la vida nascitura, y 2) cómo, cuando y con qué condiciones asumir la interrupción justificada del proceso de engendrar una nueva vida en aquellos casos en que sería irrresponsable no detenerlo antes de que sea demasiado tarde.

No se trata de una confrontacion entre dos realidades en el mismo plano, una con derecho a vivir y otra con supuesto derecho y libertad para matar, sino se trata de plantear cómo acoger responsablemente la vida nascitura (más exactamente, nascibilis –que puede llegar a nacer-, en vez de decir, sin más, nascenda-que debe nacer-) y cómo acompañar responsablemente ese proceso biológico y humano camino del nacimiento. Se trata también de cuándo y cómo podría darse una obligación de interrumpirlo responsablemente antes de que sea demasiado tarde.

Este enfoque se sitúa en el marco de una ética de la responsabilidad: a) responsabilidad de adoptar una actitud de acogida ante el valor de toda vida, b) responsabilidad ante las normas –escritas o no escritas- que protegen ese valor, pero también 3) responsabilidad ante las circunstancias que plantearían en su caso posibles excepciones, debidamente
justificadas y asumidas en conciencia, de esas normas.

No se trata de pensar dilemática o disyuntivamente sobre la acogida de la vida frente a su supresión; tampoco se trata de confrontar una obligación incondicional de maternidad contra un presunto derecho -¡impensable!- a suprimir vidas. Optamos por la acogida responsable del proceso de vida emergente y nascente, que implica la exigencia de que, si se plantea su interrupción excepcional, sea de modo responsable, justo, justificado, y en conciencia.

La postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable. La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Por ejemplo, cuando el embarazo es consecuncia de una violación o cuando hay un conflicto entre la protección simultánea de dos vidas, la madre y el feto. Ejemplos de estos casos de conflicto de valores serían: cuando la continuación de ese proceso entra en serio y grave conflicto con la salud de la madre o el bien mismo de la futura criatura. En estos conflictos, a la hora de sopesar los valores en juego y jerarquizarlos, el criterio del reconocimiento y respeto a la persona deberá presidir la deliberación. Cuando, como consecuencia de esta deliberación, se haya de tomar la decisión de interrumpir el proceso, esta decisión corresponderá a la gestante y deberá realizarse, no arbitrariamente, sino responsablemente y en conciencia, con el debido acompañamiento humano, familiar y médco, a la vez que legalmente protegido

(Remito, para ver más a: B.Forcano Fedeico Mayor, Nuria Terribas, Javier Elzo y Juan Masiá, Debate en torno al aborto, Désclés,2014


Interrupción tras violacl

18.01.19 | 10:49. Archivado en Bioética

Se acaba de publicar en RD (2019,1,17) información sobre el caso de embarazo tras violación y solicitud de interrupción no punible de la gestación. Esta vez, la víctima es una menor madura de doce años en Jujuy (Argentina). Se suceden las consabidas reacciones opuestas. Lo delicado de la situación empuja a posturas que se esfuerzan con la mejor intención en salvar ambas vidas. Pero se olvida que la violación y el conflicto de deberes de protección de dos vidas pueden exigir una interrupción responsable del embarazo en casos semejantes.
Por eso me parece pertinente y oportuno repetir para lectores y lectoras de este blog lo dicho en varias ocasiones parecidas.
Si aborto es la interrupción injusta e irresponsable de un embarazo, no toda interrupción voluntaria de la gestación constituye un aborto en el sentido moralmente negativo de este término. No es lo mismo aborto que interrupción de gestación. Tampoco es lo mismo, decía santo Tomás, la mentira y el falsiloquium, ya que mentira sería por definición falsear injustamente la verdad cuando se está obligado a decirla ante quien tiene derecho a preguntarla. Puede haber ocasiones en las que sea irresponsable no interrumpir una gestación antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.
Se plantea mal la pregunta sobre la permisiblidad del aborto en caso de violación cuando la manera de formular la cuestión condiciona estrechamente la respuesta. No ayuda proponer la cuestión como dilema entre derecho a abortar y obligación de gestar.

La violación es una acto que, con su violencia hiere la dignidad de la persona en su mismo centro. El embarazo no deberia ser el resultado de una violencia. Esto se aplica no solamente a los casos de violación en el sentido más estricto de la palabra, sino también a otros casos de violencia más o menos disimulada. Por ejemplo, la presión psicológica ejercida contra una mujer que encuentra difícil rechazar la demanda de una relación sexual por parte de una amistad cercana o pariente. También entraría en esta clasificación la relación sexual realizada entre los mismos esposos sin consentimiento de una de las partes, es decir, no como un acto propiamente conyugal, sino forzando la voluntad de la otra persona.
Otro ejemplo sería el caso de una mujer que no ha podido evitar una relación sexual extramarital, pero que no está en situación de responsabilizarse de un embarazo. Se plantea en estos casos la pregunta sobre si es lícito impedir que el proceso de concebir y gestar se consume. Hay caos en que interrumpir ese proceso no es solamente lícito, sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a un aborto injusto en una etapa mucho más avanzada del desarrollo del feto.
En vez de plantear la cuestión como un enfrentamiento entre dos derechos –derecho de la vida nascitura frente a un presunto derecho a suprimirla-, es preferible el planteamiento como pregunta y búsqueda: 1) sobre cómo acoger responsablemente la vida nascitura, y 2) cómo, cuando y con qué condiciones asumir la interrupción justificada del proceso de engendrar una nueva vida en aquellos casos en que sería irrresponsable no detenerlo antes de que sea demasiado tarde.
No se trata de una confrontacion entre dos realidades en el mismo plano, una con derecho a vivir y otra con supuesto derecho y libertad para matar, sino se trata de plantear cómo acoger responsablemente la vida nascitura (más exactamente, nascibilis –que puede llegar a nacer-, en vez de decir, sin más, nascenda-que debe nacer-) y cómo acompañar responsablemente ese proceso biológico y humano camino del nacimiento. Se trata también de cuándo y cómo podría darse una obligación de interrumpirlo responsablemente antes de que sea demasiado tarde.
Este enfoque se sitúa en el marco de una ética de la responsabilidad: a) responsabilidad de adoptar una actitud de acogida ante el valor de toda vida, b) responsabilidad ante las normas –escritas o no escritas- que protegen ese valor, pero también 3) responsabilidad ante las circunstancias que plantearían en su caso posibles excepciones, debidamente justificadas y asumidas en conciencia, de esas normas.
No se trata de pensar dilemática o disyuntivamente sobre la acogida de la vida frente a su supresión; tampoco se trata de confrontar una obligación incondicional de maternidad contra un presunto derecho -¡impensable!- a suprimir vidas. Optamos por la acogida responsable del proceso de vida emergente y nascente, que implica la exigencia de que, si se plantee su interrupción excepcional, sea de modo responsable, justo, justificado, y en conciencia.
La postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable. La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Por ejemplo, cuando el embarazo es consecuncia de una violación o cuando hay un conflicto entre la protección simultánea de dos vidas, la madre y el feto. Ejemplos de estos casos de conflicto de valores serían: cuando la continuación de ese proceso entra en serio y grave conflicto con la salud de la madre o el bien mismo de la futura criatura. En estos conflictos, a la hora de sopesar los valores en juego y jerarquizarlos, el criterio del reconocimiento y respeto a la persona deberá presidir la deliberación. Cuando, como consecuencia de esta deliberación, se haya de tomar la decisión de interrumpir el proceso, esta decisión corresponderá a la gestante y deberá realizarse, no arbitrariamente, sino responsablemente y en conciencia, con el debido acompañamiento humano, familiar y médco, a la vez que legalmente protegido


Interrupción tras violacl

18.01.19 | 10:48. Archivado en Bioética

Se acaba de publicar en RD (2019,1,17) información sobre el caso de embarazo tras violación y solicitud de interrupción no punible de la gestación. Esta vez, la víctima es una menor madura de doce años en Jujuy (Argentina). Se suceden las consabidas reacciones opuestas. Lo delicado de la situación empuja a posturas que se esfuerzan con la mejor intención en salvar ambas vidas. Pero se olvida que la violación y el conflicto de deberes de protección de dos vidas pueden exigir una interrupción responsable del embarazo en casos semejantes.
Por eso me parece pertinente y oportuno repetir para lectores y lectoras de este blog lo dicho en varias ocasiones parecidas.
Si aborto es la interrupción injusta e irresponsable de un embarazo, no toda interrupción voluntaria de la gestación constituye un aborto en el sentido moralmente negativo de este término. No es lo mismo aborto que interrupción de gestación. Tampoco es lo mismo, decía santo Tomás, la mentira y el falsiloquium, ya que mentira sería por definición falsear injustamente la verdad cuando se está obligado a decirla ante quien tiene derecho a preguntarla. Puede haber ocasiones en las que sea irresponsable no interrumpir una gestación antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.
Se plantea mal la pregunta sobre la permisiblidad del aborto en caso de violación cuando la manera de formular la cuestión condiciona estrechamente la respuesta. No ayuda proponer la cuestión como dilema entre derecho a abortar y obligación de gestar.

La violación es una acto que, con su violencia hiere la dignidad de la persona en su mismo centro. El embarazo no deberia ser el resultado de una violencia. Esto se aplica no solamente a los casos de violación en el sentido más estricto de la palabra, sino también a otros casos de violencia más o menos disimulada. Por ejemplo, la presión psicológica ejercida contra una mujer que encuentra difícil rechazar la demanda de una relación sexual por parte de una amistad cercana o pariente. También entraría en esta clasificación la relación sexual realizada entre los mismos esposos sin consentimiento de una de las partes, es decir, no como un acto propiamente conyugal, sino forzando la voluntad de la otra persona.
Otro ejemplo sería el caso de una mujer que no ha podido evitar una relación sexual extramarital, pero que no está en situación de responsabilizarse de un embarazo. Se plantea en estos casos la pregunta sobre si es lícito impedir que el proceso de concebir y gestar se consume. Hay caos en que interrumpir ese proceso no es solamente lícito, sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a un aborto injusto en una etapa mucho más avanzada del desarrollo del feto.
En vez de plantear la cuestión como un enfrentamiento entre dos derechos –derecho de la vida nascitura frente a un presunto derecho a suprimirla-, es preferible el planteamiento como pregunta y búsqueda: 1) sobre cómo acoger responsablemente la vida nascitura, y 2) cómo, cuando y con qué condiciones asumir la interrupción justificada del proceso de engendrar una nueva vida en aquellos casos en que sería irrresponsable no detenerlo antes de que sea demasiado tarde.
No se trata de una confrontacion entre dos realidades en el mismo plano, una con derecho a vivir y otra con supuesto derecho y libertad para matar, sino se trata de plantear cómo acoger responsablemente la vida nascitura (más exactamente, nascibilis –que puede llegar a nacer-, en vez de decir, sin más, nascenda-que debe nacer-) y cómo acompañar responsablemente ese proceso biológico y humano camino del nacimiento. Se trata también de cuándo y cómo podría darse una obligación de interrumpirlo responsablemente antes de que sea demasiado tarde.
Este enfoque se sitúa en el marco de una ética de la responsabilidad: a) responsabilidad de adoptar una actitud de acogida ante el valor de toda vida, b) responsabilidad ante las normas –escritas o no escritas- que protegen ese valor, pero también 3) responsabilidad ante las circunstancias que plantearían en su caso posibles excepciones, debidamente justificadas y asumidas en conciencia, de esas normas.
No se trata de pensar dilemática o disyuntivamente sobre la acogida de la vida frente a su supresión; tampoco se trata de confrontar una obligación incondicional de maternidad contra un presunto derecho -¡impensable!- a suprimir vidas. Optamos por la acogida responsable del proceso de vida emergente y nascente, que implica la exigencia de que, si se plantee su interrupción excepcional, sea de modo responsable, justo, justificado, y en conciencia.
La postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable. La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Por ejemplo, cuando el embarazo es consecuncia de una violación o cuando hay un conflicto entre la protección simultánea de dos vidas, la madre y el feto. Ejemplos de estos casos de conflicto de valores serían: cuando la continuación de ese proceso entra en serio y grave conflicto con la salud de la madre o el bien mismo de la futura criatura. En estos conflictos, a la hora de sopesar los valores en juego y jerarquizarlos, el criterio del reconocimiento y respeto a la persona deberá presidir la deliberación. Cuando, como consecuencia de esta deliberación, se haya de tomar la decisión de interrumpir el proceso, esta decisión corresponderá a la gestante y deberá realizarse, no arbitrariamente, sino responsablemente y en conciencia, con el debido acompañamiento humano, familiar y médco, a la vez que legalmente protegido


Navdad y Año Nuevo se abrazan:

24.12.18 | 01:51. Archivado en Bioética

Navidad y Año Nuevo se abrazan: son Pascuas

Una universitaria japonesa -bautizada católica en el último curso de su bachillerato en colegio rellgioso- pregunta : - ¿Cómo sabemos que el 25 de diciembre es el cumpleaños del Niño Jesús? (Si se hubiera educado en el parvulario budista quizás preguntaría si el 8 de abril es el cumpleaños de Buda)

Aclarémonos, no celebramos una fecha de cumpleaños, sino un sentido admirable de
nacer y vivir para dar vida. La alumna que buscaba pruebas de una fecha conocía las genealogías de Mateo y Lucas, pero le faltaba hermenéutica. Para empeorar la cuestión oyó decir a un predicador fundamentalista que "Navidad es cristiana, Año Nuevo sintoista, Abril budista y fiestas de invierno a primavera son para el mundo laico del consumo"...

Por eso preguntó, fingiendo ingenuidad: ¿Cómo debo felicitar mejor las fiestas, con christmas navideños o con las postales japonesas (nenga) ?

-Pues precisamente ayudan los nenga a recordar el abrazo de la Navidad con el Año Nuevo, porque el Año Nuevo oriental ayuda a redescubrir raíces pre-cristianas de la Pascua. Se quejaban algunos por la pérdida de símbolos visibles navideños y protestaban otros por el árbol de Noel en el Vaticano. Pero la historia recuerda orígenes ancestrales de solemnidades religiosas en festivales autóctonos. La Navidad “bautizó” las fiestas del solsticio de invierno -paso de tinieblas a luz- y la Pascua las de primavera: de muerte a vida.

En japonés, el uno de enero es Shin-shun, u significa“Nueva Primavera”. Ya en diciembre, la caída de las últimas hojas del cerezo se solapa con la aparición de los primeros botones que luego, en abril,se abrirán en floracón, deslumbrando por su blancura. Empieza el tránsito, pascua o paso de invierno a primavera justamente esos días de fin y comienzo de año.

El Año Nuevo oriental nos recuerda que Navidad y Resurreccón concuerdan como Pascuas de Primavera para celebrar el nacer y renacer que transforma vida en eternidad,

Navidad y Año Nuevo son Epifanía de la Vida. “La buena noticia es que hay Vida desde siempre en la Fuente de la Vida; os anunciamos la vida que se manifestó en Jesús” ( 1Jn 1-4)... Esa Fuente de Vida no la ha visto nadie, pero Jesús nos mostró su rostro y la interpretó (Jn 1, 18); os lo contamos para que os fieis de Él y os dejeis dar vida (Jn 20, 31).

Tiene mucho sentido decir en español “felices Pascuas” y llamar Pascuas a esta temporada de Navidad y Epifanía, comienzo primaveral que culminará en abril con una explosion de vida. De las Pascuas a la Pascua, el tema central la Epifanía de la Vida.

Esta fue la solemnidad cristiana más antigua; ya en el siglo II, era el Bautismo de Jesús en el Jordán, manifestación de la Vida; siguió el recuerdo de los peregrinos de Oriente: unos caminantes capaces de andar a oscuras siguiendo una estrella.

(Ver más en: El Que Vive. Relecturas de Evangelio, Desclée, cap. 14: Pascuas, Año Nuevo y Primavera).


Acompañar dignamente el buen morir

19.10.18 | 14:40. Archivado en Bioética, Eutanasia


Respetemos dignamente la dignidad de la persona moribunda

Cuando se dividen las opiniones partidarias de una ley de muerte digna y las de una ley de eutanasia, conviene recordar que ninguno de los dos títulos es apropiado, ni gramaticalmente ni éticamente.

“Ley de eutanasia” conlleva ambigüedad y dificulta distinguir entre una eutanasia injustificada y la opción justa y responsable por aceptar la llegada irreversible del final de la vida.

“Ley de muerte digna” tiene el inconveniente del uso adjetivo de la dignidad para calificar a la muerte, en vez del uso sustantivo de la dignidad como cualidad inalienable de las personas. El adjetivo "digna" califica a la persona, no a la muerte. La persona tiene derecho a vivir dignamente hasta el momento de morir, mientras y cuando muere...

Además, no se debería plantear la cuestión como un dilema entre opción por los cuidados paliativos y opción por la eutanasia, como si fuesen alternativas paralelas.

Me parece más apropiado el uso adverbial de la dignidad (“dignamente”) para calificar al acompañamiento humano, respetuoso y responsable –a nivel individual, familiar, médico y social- del proceso de morir.

En esta regulación social para acompañar dignamente a la persona moribunda deberían tener cabida, con la gradualidad oportuna, diversos pasos como los siguientes:

aplicación adecuada de la medicina curativa;
regulación del uso proporcionado de los medios de prolongación de la vida;
aceptación de la renuncia a (o suspensión de) medicaciones o tecnologías biomédicas fútiles –incluida, cuando lo sea, la renuncia a la alimentación e hidratación artificiales-;
concentración en el uso de los recursos paliativos –incluida la sedación terminal, debidamente protocolizada y consentida-;
y también, finalmente, la necesidad de proteger los derechos, autonomía y dignidad de la persona paciente en los casos especiales de opción responsable y justificada por una aceleración del proceso de morir –que, al menos, debería estar despenalizada-.

Por eso propuse, en 2007, que sería deseable una legislación sobre buen morir, como título general, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una solicitud de eutanasia sea justa y autónoma y pueda llamarse “buen morir responsable de la persona digna hasta el final”.

(Véase el estudio Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007).

Permítanme, lectores y lectoras de este blog, que remita, para los detalles de esta enumeración de etapas en el proceso de morir, a lo escrito en los dos posts anteriores:

Opción pro-vida y buen morir, compatible con eutanasia despenalizada- (Religión digital 25.08.2018).

No confundir eutanasia injusta con buen morir o eutanasia responsable (Religión digital 27.06.2018).


Opción pro-vida y buen morir, compatible con eutanasia despenalizada

25.08.18 | 21:49. Archivado en Bioética, Eutanasia

Permítaseme insistir y perdón por el titular largo. Así tiene menos garra, dirá la dirección de RD; pero no valgo para propaganda comercial o política, mi deformación profesional es hermenéutica: “aclaremos, que algo queda”.

Con expresiones exageradas, algún comentarísta menos amable juzgaba mi post anterior en este blog con el letrero de pro-eutanasia y pro-abortista. Temo que ese juicio precipitado fomente precisamente los malentendidos en bioética que intento deshacer.

El títular de mi entrada en el blog el 27 de junio pasado rezaba así:
No confundir eutanasia injusta con buen morir o eutanasia responsable .

No se trata de estar a favor o en contra de una “eutanasia”(así entre comillas), en la que se confunda lo justo con lo injusto o lo responsable con lo irresponsable.

No se trata de dividirse las opiniones de un modo partidario (por ¿oportunismo electoralísta?)entre quienes “están a favor” y quienes "están en contra”, como si fuera una cuestión de aficionados a favor de uno u otro equipo. Se trata de aclarar y no confundir. Que no nos pase como en aquella manifestación en que gritaban desaforadamente: “¡Abajo el energúmeno!” Y entre grito y grito, uno de los que portaban la pancarta en cabeza, con señera de la región le dice al de al lado: “Oye, ¿quién era el energúmeno?” ...

Bromas aprte, mi opinión principal en el post anterior era: “ sería deseable una legislación sobre buen morir, como título general, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una solicitud de eutanasia sea justa y autónoma y pueda llamarse “buen morir responsable de la persona digna hasta el final”. (Véase el estudio Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007).

Los puntos de confusión que puse como ejemplo pretendían precisamente ayudar a no confundir lo justo y responsable con lo injusto e irresponsable.

Por eso la insistencia en subrayar la importancia de no dividir en dos equipos, uno rojo y otro azul; uno, pro-paliativos; y otro, pro-eutanasia; unos, pro-eutanasia en general para todos; otros, anti-eutanasia en todos los casos.
Por eso mi interés en subrayar, en el informe tan competente y completo del P. Francesc Abel, SJ (q.e.p.d.), desde el Instituto Borja de Bioética, la frase siguiente:

‘ Lucidez y responsabilidad en el último acto de la vida pueden significar una firme decisión de anticipar la muerte ante su irremediable proximidad y la pérdida extrema y significativa de calidad de vida. En estas situaciones se debe plantear la posibilidad de prestar ayuda sanitaria para el bien morir, especialmente si ello significa apoyar una actitud madura que concierne al sentido global de la vida y de la muerte ‘.

Hecha esta aclaración, propongo que se tome en serio en el debate legislativo la conveniencia, necesidad y oportunidad de garantizar la seguridad jurídica para la protección de los cuatro pasos siguientes en el cuidado del proceso de morir:
A) Ante las solicitudes de ayuda en el proceso de morir:

1) Proteger la práctica de la moderación del esfuerzo terapéutico (incluida la retirada de alimentación e hidratación artificiales)

2) Proteger la gradualidad en el uso de los recursos paliativos, así como el acceso justo a ellos

B) Ante las solicitudes de ayuda para morir dulcemente:

3)Proteger el control prudente de la sedación profunda en fase terminal

4) Proteger las decisiones autónomas y responsables de aceleración del proceso de cese vital, asegurando que no se viole la dignidad y derechos de las personas pacientes (despenalización de la aceleración assitida del proceso de morir).

(Ver más detalles en Cuidar de la vida. Debates bioéticos, Herder, 2012, pp. 123-163)


No confundir eutanasia injusta con buen morir o eutanasia responsable

27.06.18 | 14:09. Archivado en Bioética, Eutanasia

Escribir sobre este tema no apetece. Dirán: “ya está muy visto”. Pero se repiten los malentendido cada vez que se debate sobre regular el buen morir y la necesidad de legislarlo. Hay que aclarar la cuestión y divulgar la aclaración. De momento, cinco puntosas:

1. Estar en contra de la regulación no significa ser pro-vida. Estar a favor no es ser anti-vida. (Como tampoco ser católico significa votar a determinado partido, ni la opinión de dicho partido representa la ética católica).

2. El buen morir respetando la dignidad de la persona (que puede conllevar a veces una solicitud de eutanasia justa) no se debe confundir con la eutanasia irresponsable.

3. Una eutanasia justa (cumplidas las condiciones de respeto a la dignidad y libertad de la persona) no se puede equiparar con el homicidio, como tampoco puede ni debe llamarse suicidio al asumir responsable y libremente la propia muerte.

4. La opción responsable por una eutanasia justa no significa optar por la muerte y contra la vida, sino elegir cómo vivir cuando se muere (how to live while dying, R. Mc Cormick).

No se debe llamar a esa opción “muerte digna”, sino respeto de la dignidad en el proceso de morir.

Por eso sería deseable una legislación sobre buen morir, como título general, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una splicitud de eutanasia sea justa y aiutónoma y pueda llamarse “buen morir responsable de la persona digna hasta el final”. (Véase el estudio Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007).

5. En los debates sobre regularización legislativa no debería plantearse el tema del recurso a paliativos como si fuera un dilema entre paliativos y eutanasia. Hay que garantizar, ante todo, el acceso equitativo al uso de paliativos, así como el de la sedación terminal debidamente consentida y protocolizada. Pero, eso supuesto, teniendo en cuenta las situaciones de solicitud de eutanasia, habrá que garantizar las condiciones para que sea justa, es decir, “buen morir responsable de la persona digna”.

Hace ya años que, con la guía de pioneros de la bioética católica en nuestro país (como Javier Gafo SJ y Francesc Abel SJ), se venían debatiendo y estudiando profesionalmente estas cuestiones con la colaboración de la Cátedra de Bioética de la U.P. Comillas, en Madrid, y en el Instituto Borja de Bioética, en Cataluña. Me permito remitir a mi ensayo de divulgación Cuidar la vida. Debates bioéticos, Herder, Barcelona 2012, del que tomo la cita siguiente del Informe del Instituto Borja (que fue un hito significativo en el giro del debate desde el doble punto de vista de una ética civil y religiosa :

“Presupuesta la apuesta por la vida de toda persona, con la debida atención sociosanitaria y la exigencia de asumirla responsablemente como un don, pero teniendo en cuenta aquellas situaciones en que la vida se percibe solo como carga en la espera dolorosa y agónica de la muerte, hay que reflexionar sobre las condiciones médicas, legales y éticas para la protección del buen recorrido del proceso de morir en los diversos casos, incluidos aquellos de solicitud de eutanasia justa. Dice así el citado Informe:

‘ Lucidez y responsabilidad en el :ultimo acto de la vida pueden significar una firme decisión de anticipar la muerte ante su irremediable proximidad y la pérdida extrema y significativa de calidad de vida. En estas situavciones se debe plantear la posibilidad de prestar ayuda sanitaria para el bien morir, especialmente si ello significa apoyar una actitud madura que concierne al sentido global de la vida y de la muerte ‘.


Los del 58, en el Colegio marista del Malecón,sesenta años después

09.06.18 | 06:06. Archivado en Religion y sociedad, Iglesia católica

Dedicado a la fe vacilante de nuestro curso en el Colegio marista del Malecón.

¿Un autor reseñando su propio libro? Parece pedante. Más valdría encargar la propaganda laudatoria a un amigo, cuyo nombre venda bien. En mi caso, pecaré de inmodesto a fuer de sincero. Quiero celebrar, con la dedicatoria del librito, el sesenta aniversario de la promoción que cursaba el Preuniversitario de 1958 en Murcia, en el Colegio del Malecón (Hermanos Maristas).

Estudiábamos a Calderón, la historia de Portugal, el griego de Sócrates y la doctrina social de la Iglesia. Durante los siete años de enseñanza secundaria no faltó nunca la clase de religión con los textos de la época preconciliar: nada de aspirina infantil, sino dosis fuertes de antibióticos de dogma, moral y liturgia.

Una “miajica” distinto de aquellos manuales de Edelvives es el libro que hoy presento inmodestamente, dedicándoselo a mis compañeros de clase de aquellos días. Se titula El que vive. Relecturas de Evangelio,l Que Viv ed.Desclée de Brouwer, Bilbao, 2017.

Recuerdo un episodio de cuando los militantes de acción católica íbamos el fin de semana a dar catecismo a los niños en La Arboleja y se repartía la ayuda americana de alimentación. Alargaba la explicación difícil el catequista, Ripalda en mano, comparando la salida del Niño Jesús del seno de su madre con la de “un rayo de sol atravesando un cristal, sin romperlo ni mancharlo”. Uno de los peques, con cara de inopia y moco sin limpiar, sacudía la cabeza extrañado. Él había visto nacer más de una cabrita en el corral. Su madre, que aguardaba de pie bajo la higuera, le chilló al catequista: “Corte el rollo, hombre, que los críos a lo que vienen es a por el queso americano”.

Cuando me despedí en 1958 para entrar en el noviciado de la Compañía de Jesús, pontificaba hieráticamente Pío XII. Cuando me volví a despedir en 1965 para partir hacia Japón, estaba concluyendo el Concilio Vaticano II y se respiraban los aires tonificantes de Juan XXIII (ahora recuperados medio siglo después, gracias a la humanidad evangélica de Francisco el Misericordioso).

En los años siguientes, cada viaje de vuelta a Murcia era una ocasión de repetir, entre tapa y tapa con los ya menos jóvenes amigos, la conversación del “cuéntame lo que pasó, seténtame, ochéntame...”, cuestionando la fe inestable, vacilante y vacilada, de nuestra generación.

Reflejo de esas tertulias son las entradillas, entre corchetes y en cursiva, que encabezan cada capítulo de estos ensayos. Imitando el aire de las narraciones bíblicas “midrash”, intenta el autor redescubrir el sentido de la Palabra y recrearla releyéndola a la luz de experiencias de vida. Agrupadas al hilo del calendario eclesial, señalan estas escenas hitos del camino para la fe vacilante: advientos esperanzados, navidades entrañables, epifanías de vida, vía crucis cuaresmales, espinas de pasión, luces de Pascua, seismos de Pentecostés y encrucijadas de iglesia en crisis.

Me pregunto qué pensarán mis compañeros de promoción, sI se dejan seducir por mi reseña y alegran a editorial y librero adquiriendo un ejemplar.

Si hay quien tienda a fundamentalista, se podría escandalizar al comprobar que Lazaro no sale de la tumba o que en Caná de Galilea faltó agua y sobró vino, o que en Naím fue la viuda, y no su hijo, la que revivió, o que Jesús reprende a Ratzinger como a Pedro, o que la virginidad no se pierde con la maternidad de María y la paternidad de José, o que hubo mujeres protagonistas en La Última Cena y concelebrantes femeninas en Emaús...

Si los hay más radicalres, quizás alguno ironizará: “Este amigo, a fin de cuentas, es jesuita y, por detrás del aparente desenfado, es muchísimo más carca de lo que ustedes sospechan”.

O tal vez alguno pregunte: “¿Qué clase de fe es la de este cura?”

Confío que haya quien reaccione sin tapujos confesando: “Lo que cuentas, amigo, es obvio y lo pensábamos desde siempre sin osar decirlo. Por eso nos aburríamos tanto en alguna “asignatura María” o cuando escuchábamos, por compromiso con la cofradía de la que éramos nazarenos, los sermones del quinario cuaresmal.

Pues a unos y otros les diré: gracias por haceros con el libro, pero no os fatiguéis leyéndolo de un tirón. Con el título ya está dicho todo. El Que Vive. Es el mejor de los nombres de Cristo. El autor pretende dar testimonio de creer que Él Que Vive nos hace vivir. ¿Increible, dirán? Pero lo creemos porque su Espíritu nos hace creer.


Cristo vivo en Japón, gracias a Unamuno y Velázquez

19.03.18 | 06:37. Archivado en Mística, Religion y sociedad

Poeta y pensador como Unamuno es el escritor japonés Shigyo Soshu, que promueve, presenta y asesora críticamente la publicación, por primera vez en japonés, del poema de Unamuno El Cristo de Velázquez (1).

Este empresario japonés, intelectual y cordial como el vasco y salmantino universal, coincide o casi compite con Unamuno por su fecundidad como polígrafo y su vida multifacética.

Conversando en su estudio, saltan enredados los temas de Ortega y Nishida, Machado y el haiku, estética y bioética, bushido y artes marciales, el Quijote o Ignacio de Loyola...

Shigyô es tradicional sin nacionalismos y universal sin cosmopolitismos. (2) Presidente de una empresa de biotecnología y autor de varios volúmenes de filosofía y poesía, es el director de una galerís artística, en la que expone las pinturas de Toshima Yasumasa, un japonés enamorado de Granada y Salamanca, que vivió en El Albaicín, pintando atardeceres en la vega, de tertulia con el pueblo en la taberna y versos de Unamuno como libro de cabecera. (3)

La hispanista Abe Misaki es curator artis en esa misma galería, que llevará este año la exposición a Salamanca para compartir, en el marco de las celebraciones de aniversario de la Universidad, el intercambio de fecundación mutua entre dos casticismos que sintonizan por ser cuanto más castizos más universales .

Apurando la empatía de lo regional con lo universal, en el kairós oportuno de la fecha de publicación del Cristo de Velázquez en japonés, coinciden pintiparadamente el festival budista de las flores, la floración japonesa de los cerezos y la Pascual florida cristiana. En este marco tan favorable podemos dedicar el ciclo de meditaciones pascuales en el Centro de Teología y Cultura de Tokyo, “Nueva Vida” (en japonés Shinsei), a releer y meditar la “soledad sonora” de Juan de la Cruz, el “Dios entre los pucheros” de Teresa y el “silencio, desnudez, quietud y noche” de Unamuno.

Voy a dedicar para lectores y lectoras de este blog los posts de Semana Santa y Pascua al Cristo de Velázquez, comenzando hoy por recordar el primer verso que resume el tema entero y la grandeza del poema:

“No me verá dentro de poco el mundo
mas sí vosotros me veréis, pues vivo
y viviréis” –dijiste-; y ve: te prenden
los ojos de la fe en lo más recóndito
del alma, y por virtud del arte en forma
te creamos visible. Vara mágica
nos fue el pincel de don Diego Rodríguez
de Silva Velázquez. Por ella en carne
te vemos hoy. Eres el Hombre eterno
que nos hace hombres nuevos. Es tu muerte
parto. Volaste al cielo a que viniera
consolador, a nos el Santo Espíritu,
ánimo de tu grey, que obra en el arte
y tu visión nos trajo. Aquí encarnada
en este verbo silencioso y blanco
que habla con líneas y colores, dice
su fe mi pueblo trágico. Es el auto
sacramental supremo, el que nos pone
sobre la muerte bien de cara a Dios.
(1) Miguel de Unamuno, El Cristo de Velázquez, edición dirigida por Shigyô Soshu, traducción y notas de Abe Misaki, estudio interpretativo de Juan Masiá, editorial de la Universidad Hosei, Tokyo, 2018).)
(2) Ver la página web de Shigyô Soshû http://shigyo-sosyu.jp/profile.html

(3) Ver el artículo sobre Shigyô y Toshima, publicado en El País, el 22, Mayo, 2017> https://elpais.com/internacional/2017/05/22/mundo_global/1495440657_691442.html

(Continuará las próximas semanas)


Buen vino al final

27.01.18 | 17:47. Archivado en Religion y sociedad, Iglesia católica

Bendición religiosa de matrimonios civiles.

Al trabajar en la atención a migrantes en el Centro Internacional de la diócesis de Tokyo, me encuentro con casos que piden poner en práctica las orientaciones pastorales abiertas y con sentido evangélico del Papa Francisco, e incluso a ir mucho más lejos que Amoris laetitia (tan limitada por el miedo eclesiástico a actuar como Jesús: sacramenta propter homines, los sacramentos para bien de las personas).

Un matrimonio japonés (católicos ambos de tercera generación, bautizo infantil) lamenta que su hijo, bautizado pero no practicante, no quiera casarse en la iglesia;`tras convivir una temporada de hecho con su pareja extranjera (también bautizada, pero no practicante), cuando van a dar el paso de formalizar civilmente su matrimonio, optan por no celebrarlo en la iglesia. Si lo hicieran por contentar a los padres, estarían fingiendo, más o menos hipócritamente. Hubo que tranquilizar a los padres, era honesta y consecuente la decisión.

En cambio, una pareja filipina que tiene impedimento para un matrimonio canónico (por ser ambos divorciados de matrimonios anteriores), cuando formalizan civilmente su registro civil me invitan a visitar y bendecir la casa que inauguran. ¿Cómo bendecir la casa y no bendecir a las personas? Acabamos celebrando una misa en su casa y bendiciendo la renovación de la promesa matrimonial de su enlace civil

Hay matrimonios en la iglesia que, en realidad, no son bodas religiosas. Y hay, por otra parte, matrimonios civiles que pueden ser también religiosos y bendecidos espiritualmente, aunque no canónicamente (ya es hora de sacar los sacramentos fuera del derecho canónico).

Una pareja LGBT, que no puede formalizar su matrimonio por no permitirlo la ley japonesa, lo hace durante su estancia en un país europeo y, a su regreso, en Tokyo, tienen ocasión de asistir a la liturgia mensual organizada por el grupo católico pro-no discriminación LGBT. Preguntan si, lo mismo que se celebra esta liturgia, se podría celebrar su boda en la iglesia. Una boda canónica, no; pero una bendición religiosa de su matrimonio civil, sí.

Más interesante (y muy oportuno como referencia para casos semejantes) es la experiencia al acompañar el sacerdote amigo a una pareja que va a cumplimentar los trámites del registro civil para formalizar su matrimonio, y en la fiesta que celebran a continuación le piden que inicie el brindis. ¿Por qué no convertir el brindis en una bendición? Y puestos a ello... hasta en una homilía.

De hecho, se leyó el evangelio de las bodas de Caná, en el que el símbolo del vino nuevo sirve para explicar cómo el laico Jesús bendice religiosamente un matrimonio. Y además, el símbolo de las tinajas vacías (que representan la vaciedad hipócrita de la religiosidad establecida entonces) sirve de paso para recordar que algunas bodas “por la iglesia” pueden ser bodas no religiosas, mientras que otras bodas civiles pueden ser al mismo tiempo acompañadas por una espiritualidad auténtica.

He contado estos últimos años varias veces en este blog los casos en Japón de bodas en la iglesia (aunque no por la iglesia) de no católicos que, tras el registro civil de su matrimonio, celebran la ceremonia religiosa en nuestras iglesias. Esa bendición de los esposos, que está permitida y aprobada por Roma desde hace más de cuarenta años, no es boda canónica, pero sí es una bendición y celebración religiosa. Se la inscribe, para futura constancia, en un registro distinto del registro canónico. Esta clase de bendición esponsal sin boda canónica podrá servir de patrón y referencia para casos como los referidos antes. Esos casos me inspiraron el comentario estilo midrash sobre las tinajas vacías en el capítulo 19 de las relecturas de Evangelio: El Que Vive, ed. Desclée De Brower, Bilbao, 2017, p. 141: En Caná faltó agua, sobró vino.


El que vive: Relecturas de Evangelio

18.11.17 | 01:32. Archivado en Mística, Religion y sociedad

Queridos amigos y amigas, lectoras y lectores del blog, acaba de publicarse en editorial Desclée De Brower, el libro que recopila relecturas de evangelios nacidas en el contexto de mi conversación con ustedes en este blog. Me permito reproducir aquí un fragmento del prólogo, agradeciendo el ánimo que me dieron sus comentarios para decidirme a publicar estas páginas. Con mi gratitud, se las presento por si les sirven de lectura para Adviento y Navidad.

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