Convivencia de religiones

En la Pietá, el Descendimiento es Ascensión

22.05.17 | 02:17. Archivado en Mística, Iglesia católica

En la asignatura transversal sobre Arte y Teología, una pregunta con trampa desconcertó al alumnado interdisciplinar.
Pregunta el profesor: “Si Pilatos, cincuenta días después de la tragedia del Gólgota, manda abrir la tumba de Jesús y encuentran un cadáver en putrefacción, ¿que problema crearía este testimonio contra la predicación sobre el resucitado?

Un alumno de teología, fundamentalista y timorato, responde: “No era el cadáver de Jesús, sino otro que habían colocado allí por orden del consejo de ancianos. Fueron los mismos sobornados por los principales sacerdotes para extender el rumor de que los discípulos robaron el cadáver de Jesús, como se cuenta en Mt 28, 11-15”.

Otro alumno de filosofía, incrédulo y cientificista, responde: “Ese descubrimiento desmonta el argumento de la tumba vacía. Hoy se confirmaría con la prueba del ADN”.

Una alumna de informática, abriendo en su celular la aplicación “túnel del tiempo", responde; “La foto de la tumba está manipulada. En el twitter siguiente, vemos una instantánea del despegue de la Ascensión, en cohete hacia las nubes, vale para refutar la foto del cadáver en la tumba”.

Otra alumna, de estética y bellas artes, se gana sobresaliente respondiendo así : “Aunque el ADN confirmase que el cadáver es de Jesús, eso no niega la resurrección. Como tampoco niega la resurrección el hecho palpable del cadáver de Jesús sobre el regazo de María en la escena del Descendimiento. Si el momento de la muerte es el mismo de la resurrección, el hecho del cadáver es compatible con la realidad del Viviente. Lo comprendió genialmente Miguel Ángel al representar a la madre contemplando en los restos del crucificado la Presencia de El Que Vive”.

Tenía razón esta alumna, acreedora de Premio extraordinario. Efectivamente, la Piedad de Miguel Ángel es imagen dinámica de Ascensión, como el Cristo de Velázquez es icono sereno de Resurrección.

Haciendo búsqueda de imágenes en la historia del arte, hallaremos otras diferentes. Por ejemplo, la que vemos en la catedral de Notre Dame tiene más de Angustias que de Consuelo. Está con los brazos abiertos en cruz y la mirada hacia el cielo, como si clamase: “¿Por qué le han hecho esto? ¿Por qué nos has hecho esto, Dios mío? ¿Por qué has dejado que le hicieran esto?” Y el cadáver del crucificado, dejándose caer en diagonal hacia el suelo, anticipa un cierre de la tumba sin retorno.

Otras imágenes medievales representan el Descendiemiento con una postura de María inclinada en un abrazo hacia el cadáver del hijo, como cuando lo acunaba hace más de treinta años, pero ahora la sonrisa que amamanta se torna llanto desconsolado.

Por el contrario, la escultura de Miguel Ángel no es Dolorosa, ni Angustias, ni Soledad, sino Piedad de Fe que alumbra Compasión.

Por eso el cuerpo muerto no es trágico, rígido y violentado, sino plácido, sereno y apolíneo, como el Cristo de Velázquez. Por eso la madre no protesta dolorosa hacia las nubes, ni se inclina desconsolada ante el hijo muerto, sino conserva la misma verticalidad con que estaba, stabat mater, de pie ante la cruz. Ahora sigue enhiesta contemplando con fe, no un cadáver, sino un viviente. Su serenidad apacible puede competir con las mejores esculturas orientales de meditación iluminada, a la vez que de su lucidez nace una compasión ilimitada sugerida en el ademán inefable del rostro, ligeramente inclinado para identificar su mirada con los ojos, a la vez cerrados y abiertos, de El Crucificado que Vive.

Al contemplar el Descendimiento como Ascensión, nuestra mirada recorre el cuerpo de Jesús desde los pies a la cabeza. Superado el ángulo recto de la rodilla, único residuo de rigidez mortal, comienza una curva elegante de ascensión hasta la cima y, al cruzarse con la verticalidad de la madre, columna y torre ebúrnea, configura una cruz, que ya no es patíbulo, sino sede gloriosa.

Definitivamente, esta Piedad de Miguel Ángel y el Cristo de Velázquez son para mí las mejores imágenes de Resurrección y Ascensión.

Unamuno no habría logrado la maravilla del poema al Cristo de Velázquez
, si lo hubiera compuesto ante la imagen del Cristo Yacente de Santa Clara, al que en otra ocasión dedicó terribles versos...”. Pero para contemplar la blancura serena de La Pietá como reflejo de la Ascensión del hijo y anticipo de la Asunción de la madre, me ayuda la inspiración unamuniana:

Eres Tú de los muertos primogénito,
Tú el fruto, por la Muerte ya maduro,
del árbol de la vida que no acaba...

Eres Tú, la Verdad que con su muerte,
resurrección al fin, nos vivifica


Lázaro, muerto y vivo; sepultado y resucitado

28.04.17 | 15:24. Archivado en Mística, Iglesia católica

Resurrección sin tumbas vacías

Lázaro, como Jesús, muerto y vivo; sepultado y resucitado. “Lázaro, sal fuera” (Jn 11, 43), dijo Jesús. Es decir: “Sal fuera de este mundo y vive resucitado en la vida de Dios”. Lázaro no sale físicamente de la tumba. Siguen estando allí sus restos, ya en putrefacción quatriduana. Al mismo tiempo, su cuerpo-alma-glorioso, su persona transformada (vita mutatur, non tollitur!) está viviendo resucitada en la Vida de la vida. La Resurrección no necesita tumbas vacías. Ni una tumba llena niega la resurrección, ni una tumba vacía la prueba.

Es lo mismo que ocurre en la escena del Descendimiento: Jesús, ya cadáver, reposa en brazos de su madre. María ve con los ojos del cuerpo los restos de lo que fue cuerpo, persona y vida de su hijo. Al mismo tiempo contempla con ojos de fe la presencia de El Que Vive. (Por eso son tan genialmente serenas, con paz de éxtasis, la Piedad de Miguel Ángel y el Cristo de Velázquez, pintura y escultura no de muerte, sino de resurrección).

El momento de la muerte es el mismo de la resurrección y es el mismo de entregarnos su Espíritu
(Jn 19, 30) , no hay que esperar tres días ni treinta tres...

También en la cena del capítulo 12 está presente Lázaro, pero... ¿de qué manera está presente, si ya murió? Está “de cuerpo presente”, porque aunque sigan pudriéndose sus restos en la tumba, los que creen que Jesús es la Resurrección y la Vida, creen que cuando Jesús está en medio de ellos, los que murieron y viven en la Vida de Dios están allí con ellos, “de cuerpo presente” (Si nos diéramos cuenta, al celebrar la eucaristía con los difuntos, de la hondura de esta expresión: están de verdad “de cuerpo presente”...!!! Merece celebrarse la eucaristía como acción de gracias por su vida y confesión de nuestra fe en la Vida de la vida).

Cuando escribí el post sobre la resurrección de Lázaro (muerto y vivo), leida en clave simbólica como escenificación del mensaje de Jesús: Yo soy la Resurreción y la Vida, recibí comentarios como los siguientes

(Ver el post de 29, 3, 2017: “Dejad que Lñazaro se marche dignamente hacia la Vida, http://blogs.periodistadigital.com/convivencia-de-religiones.php ).

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Todo se cumplió, pero... queda mucho por hacer

03.04.17 | 08:07. Archivado en Francisco, Iglesia católica

Viernes Santo. Jesús muere gritando: no está todo consumado, os paso el testigo y entrego el Espíritu

En un twitter sedicente “anti-bergogliano”, leo que se alegran desde la oposición al Papa, diciendo así: “No le va a dar tiempo a su reforma, vendrá después un Juan Pablo III que haga volver la riada al cauce”.

En un blog digital de entusiastas de la primavera de Francisco, leo que se lamentan animados por su carisma, quienes dicen así: “Qué lástima, le va a faltar tiempo para culminar las reformas. Tememos que venga después otra vez la restauración ratzingeriana”.

Los anti-bergoglianos se alegrarían de que a Francisco no le de tiempo a consumar la tarea. Los pro-Francisco se impacientan temerosos de que no le de tiempo para decir consummatum est.

Unos y otros necesitarán (necesitaremos) meditar en Semana Santa el sentido exacto del Consummatum est: Todo está cumplido, sí, mas... no todo está consumado, puesto que aún queda mucho por hacer.

Pienso que a Francisco (que tanto repite lo de la prioridad del tiempo largo de discernimiento, más que el control de los espacios de poder) no le preocupa ninguna de estas dos voces (enemigas por defecto o amigas por exceso) sobre la falta de tiempo; ni le inquieta la voz de quienes desean acelerar su final, ni le seduce la de los que le desean larga vida.
Quien ha meditado y predicado, como Francisco, durante muchos años la tercera semana de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio: Pasión de Cristo, confórtame, conoce bien el tema: A Jesús no le dio tiempo, a Jesús se le quedó mucho, o casi todo, por hacer. Jesús muere quedándosele tantas cosas pendientes...

Aunque su muerte-resurrección consuma la obra de la salvación, Jesús muere encargando a sus seguidores la realización en la historia de la misión para la que les entrega su Espíritu al expirar.

Dos gritos estentóreos de Jesús al agonizar y expirar. Grita como fuera de sí. Un grito de queja y un grito de victoria.
Un primer grito que protesta: “¿Hasta cuándo, Padre, hasta cuándo? ¿Por qué, Abba, por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué de este modo? Es el grito de Job. Es nuestro grito, cuando creemos en Dios, no porque resuelva el mal, sino a pesar de que se calla y no lo resuelve como quisiéramos. Es un grito de queja, fuera de sí ante lo insoportable del silencio de Abba.
Y, a continuación, otro grito, el de quien muere “expulsando el último aliento”, “expeliendo (en griego eksepneusen) su espíritu, su pneuma, entregando su espíritu a Abba y entregándonos su Espíritu para que nos haga vivir, dándones la fe en la resurrección como morir hacia la Vida.

Si el primer grito era el desesperado: “¿hasta cuándo, por qué?, el segundo grito es el que clama: “¡Por fin! ¡Al fin!”. Por fin se llega a un fin que es un comienzo. Aunque al crucificado se le quede todo por hacer en esta vida, su vida y misión sin terminar, sin embargo “todo está consumado y realizado”, no hay que añorar pasados nsotálgicos ni soñar futuros idealizados. Es el “hoy” del Presente de la Vida. Es la entrada en la otra cara del presente: ya no hay engaño de muerte y vida, sino vida verdadera resucitada. Muerte, resurrección y ascensión son todo uno en el Pentecostés del triunfo del Espíritu.

Acostumbrados a la traducción de la Vulgata latina, consummatum est: “todo está consumado” (Jn 19, 30), quizás pasa inadvertido el doble sentido tan rico de esa expresión: ya está cumplido y ya está entregado. Por una parte, Jesús muere demasiado pronto, quedándosele tantas cosas por hacer, tantas palabras que decir, tantos abrazos que dar... en el momento de morir hacia la Vida. Por otra parte, la continuación de su obra y la realización del Reinado de Dios está totalmente entregada en manos de la comunidad que se reunirá por su Espíritu. A ella le entrega el Espíritu al expirar el último aliento del suyo, que es el primero de la constitución de su iglesia por el Espíritu. Esta entrega, dramatizada en el brote de sangre y agua del costado abierto, es recibida por Juan y Magdalena, primera comunidad eclesial, amparada por la Madre de Jesús, la Piedad del Descendimiento, que se convierte en Madre de la Iglesia.

Jesús murió quedándosele mucho por hacer, pero su muerte no es una derrota, porque lo principal está cumplido y entregado. La garantía de su continuidad es su propio espíritu, entregado y vivo como Espíritu de Vida del Resucitado. Por eso pudo morir, por una parte, inclinando la cabeza (Jn 19, 30) y, por otra parte, puede morr gritando (Lc 23, 46 Mc 15, 37 Mt 27, 50). Muere gritando un grito de victoria, porque morir es salir fuera de sí para extenderse a todo, es salir de sí para entrar definitivamente en el misterio de la Vida. Morir es resucitar: no como re-vivir, sino como vivir plenamente y de veras en la vida de la Vida.

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Dejad que Lázaro se marche dignamente hacia la Vida

29.03.17 | 17:53. Archivado en Bioética, Eutanasia, Iglesia católica

No pensaba escribir una vez más sobre Lázaro (quinto Domingo de Cuaresma), para no abusar de repeticiones hermenéuticas. Pero veo que todavía abundan las lecturas literales que confunden la resurrección con el revivir. Lázaro no revive, no vuelve a esta vida, sino sale de esta vida hacia la Vida, es un éxodo hacia la verdadera vida (cf. J. Mateos-J. Barreto, El Evangelio de Juan, Cristiandad, 1982, p. 518)

Tampoco pensaba escribir una vez más sobre la dignidad en el morir, sobre el respeto a la dignidad de la persona moribunda durante y a lo largo de todo el proceso de morir. Pero veo que no desaparecen los malentendidos en los debates de proyectos legislativos sobre limitación o regulación de los esfuerzos terapéuticos y el uso de los recursos paliativos y sedación; todavía no desaparece la confusión entre un “buen morir, digno y justo” y un “mal morir, sin respetar la dignidad y autonomía de la persona paciente”. (cf. Cuidar la vida. Debates bioéticos, Herder, 2012, pp.123-162).

Curiosa coincidencia en torno a estos dos temas: las mismas mentalidades que se escandalizaron cuando apoyé el rechazo de Inmaculada Echeverría a la respiración asistida (2007) o el uso responsable de la sedación terminal por el doctor Montes en el Severo Ochoa (2005) o la ley andaluza sobre Derechos y garantías de la persona en el proceso de morir (2010), esas mismas personas se escandalizaron cuando comenté (en Religión Digital, 6 abril, 2015)la palabra clave de la perícopa sobre la muerte( y éxodo hacia la vida de Lázaron en el evangelio según Juan (Jn 11, 44).

En un caso, falta de fe en la resurrección; en otro caso, falta de respeto a la dignidad personal. Y en ambas casos, falta, sobre todo, de crítica, de hermenéutica y de esperanza.

Reavivaré aquí la reflexión sobre Jn 11, 44: dejadlo que se marche. Quédese para el siguiente post la reflexión sobre el buen morir, que no se indigeste la consumición de ambos platos en el mismo menú...

¿Nos damos cuenta de que el versículo 44 sugiere el sentido de: Dejadlo irse más allá, dejadlo irse hacia la Vida de la vida?

“Jesús gritó muy fuerte: -¡Lázaro, sal fuera de este mundo! Salió el muerto con las piernas y los brazos atados con vendas; su cara estaba envuelta en un sudario. Les dijo Jesús: -Desatadlo y no lo retengáis, dejadlo que se marche junto a Abba...

La mentalidad dualista no sale de la disyuntiva entre literalidad y ficción. Por eso le cuesta tanto comprender los evangelios. El lenguaje religioso es cien por cien simbólico. Sin sensibilidad para la creatividad mitopoética es imposible dejarse transformar por la relectura evangélica. Pero el problema se remonta a la escuela elemental: aprender a leer, releer e interpretar.

Releamos, por tanto, y reinterpretemos recreando la narración a la luz de las palabras de Jesús: Yo soy la Resurrección y la Vida.

“Dejadlo irse, dejadlo que se marche”: es la palabra que Juan pone en labios de Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11, 44). Lázaro no resucita de la tumba para volver a esta vida. Este episodio del evangelio según Juan no es un milagro de resurrección, sino la puesta en escena del mensaje de Jesús: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11, 25). Si Lázaro saliera vivo de la tumba, lo normal sería que los familiares se precipitaran a abrazarlo, darle algo de comer y beber o ponerle ropa de abrigo.

En una escena así parece que no es apropiado decir: “Dejadlo que se marche” (A menos que la relectura se tome la libertad de traducir libremente: “Dejadlo marcharse de este mundo”). Parece que no cuadra el guion con esa escena. Para entenderla hay que darse cuenta de que no se trata de una salida de la tumba para volver a esta vida. Jesús, que ha levantado los ojos al cielo, mira ahora fijamente a la tumba donde sigue estando el cadáver. Sabe Jesús que no es ese el lugar de buscar entre los muertos a quien va a vivir desde ahora en el seno de la vida divina; “sal fuera” no es “sal fuera de la tumba”, sino “sal de esta vida y entra en la vida de Abba”.

“Dejadlo ir (Jn 11, 44)” significaría: “Dejadlo que siga atravesando la muerte para entrar en la vida. Lázaro no está donde están sus restos. Lázaro está ascendiendo a Abba. Dejadlo morir hacia el Padre”.

Si fuera hoy día, en un telefilme, el evangelista habría hecho un montaje muy bueno para su guión. Imaginemos la figura blanca de Lázaro envuelto en un sudario que se va convirtiendo en túnica gloriosa a medida que asciende y se pierde en las alturas, yéndose a lo lejos la imagen difuminada. Cambia la cámara a una panorámica de los familiares entristecidos que extienden sus manos como queriendo retenerle. Se escucha una voz en off que repite las palabras de Jesús a Magdalena en la mañana de resurrección: “No me retengas.” “Me voy hacia mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios” (Jn 17, 20).

De nuevo un primer plano de Jesús, rostro sereno, mirando alternativamente al interior de la tumba y a lo alto de los cielos. Y repite Jesús: “Dejadlo ir, dejadlo y no queráis retenerlo aquí en este mundo con vosotros. Dejadlo morir hacia la vida. No busquemos entre muertos a quien vive”.


Obispos japoneses con Amoris laetitia (antes y después)

13.03.17 | 05:31. Archivado en Japón, Iglesia católica

Lo dijeron en 2001. Lo repiten en 2017.

(Antes, en y después de dada a luz Amoris laetitia.

“Cuando, tras lamentar un divorcio, se produce el encuentro con una nueva pareja, la iglesia ha de estar cercana y acogedora para apoyar a los cónyuges que emprenden un nuevo camino para rehacer su vida. La iglesia, que les acompañó con corazón de madre durante el recorrido de preparación prematrimonial, desea seguir acompañándoles en el nuevo camino y estar cercana como comunidad con la que consulten sus pesares y ansiedades. Es misión de la iglesia proporcionar nueva luz y esperanza,acogiendo a cualquier persona sin excluirla, sea cual fuere su pasado”.

Estas palabras, corroboradas por una cita del n. 242 de Amoris laetitia, son el colofón de los párrafos dedicados al amor, matrimonio y divorcio, en la carta pastoral Mirada de Dios sobre la vida (en japonés, Inochi he no manazashi) , publicada al comienzo de esta Cuaresma de 2017 por el episcopado japonés, que la firmó por total unanimidad el 1 de enero de 2017, Jornada mundial por la paz.

No es la primera vez que lo afirman. En realidad, esta carta pastoral es una reedición, en versión corregida, aumentada y actualizada, de la que, con el mismo título, hicieron pública en 2001 para tratar a comienzo del nuevo milenio las cuestiones del amor, la familia y la ética de la vida.

(Una presentación de aquella carta pastora, en: Homenaje a Javier Gafo, por la Catedra de Bioética de la UPComillas, 2002, "Boética y fe según el episcopado japonés", pp.947-958)

Aquella carta, en la que adoptaban una postura positiva, acogedora y abierta, a la vez que responsable, ante las cuestiones de sexualidad, bioética, natalidad, etc, se difundió con diez reimpresiones y diez mil ejemplares durante la primera década del siglo, algo inédito e inaudito en el caso de documentos oficiales del episcopado en este país...

En la versión actual reiteran lo que dijeron entonces sobre familia o sobre ecología, pero ahora lo hacen citando al Papa Francisco en Laudato si y Amoris laetitia.

El cardenal Shirayanagi (q.e.p.d, de agradecida memoria) fue uno de los pocos obispos que se atrevió a pedir, en el Sínodo sobre la familia, de 1980, alguna de las reformas hoy favorecidas por el Sínodo de 2015 y por el Papa Francisco, pero que solo tuvieron un eco tímido y minimalista en el n. 84 de Familiaris consortio (Juan Pablo II), obsesionado con la cuestión de la participación en los sacramentos (un pseudoproblema superado hace tiempo en la práctica pastoral, y hoy al fin superado en la enseñanza oficial eclesiástica después del último Sínodo).

Los obispos japoneses, en la versión de 2017, reiteran una de las afirmaciones más fuertes de su carta del 2001 (la novedad es que lo hacen citando a pie de página los nn. 242 y 299 de Amoris laetitia) :

Su preocupación pastoral como obispos les lleva a decir así, sin tapujos:

"Nosotros tenemos que reconocer, arrepintiéndonos, que la iglesia se ha venido comportando hasta hace poco más bien como juez que como madre, por lo que se refiere a las personas que no han podido salvar su matrimonio. Pero hoy pensamos que se debe acoger y abrazar cálidamente, como hizo Jesucristo, el sufrimiento de las personas, y que debemos apoyarlas y animarlas, acompañándolas en el camino para rehacer de nuevo su vida”. (n. 34, pag. 61 del texto oficial japonés)


Del proselitismo al silencio: cristiandad protegida y cristianismo perseguido

04.03.17 | 16:57. Archivado en Japón, Iglesia católica

El filme reciente de Scorsese (Silencio, 2017) y su trasfondo en la novela Silencio (1966), de Endô Shûsaku (1923-1996), invitaban a reflexionar sobre el conflicto interior de la fe puesta a prueba en la encrucijada de “martirios y apostasías”. (cf. mis dos posts anteriores).

Pero el examen de conciencia sobre la memoria histórica del cristianismo misionero en sus encuentros y desencuentros con otras cuturas y religiones, aconseja reconocer honestamente las ambigüedades de la misión cristiana cuando la propagación de la fe olvida el respeto a las culturas, confunde la evangelización con el proselitismo y, en el peor caso, se deja utilizar por intereses colonizadores.

Historiadores católicos acredItados como el investigador J. Schütte, especialista sobre san Francisco Javier, han reconocido las ambigüedades de la cristiandad japonesa protegida por gobiernos locales de daimyös regionales con anterioridad al rechazo del cristianismo por parte de las políticas de expulsión de misioneros, prohibición del cristianismo y persecución de los cristianos (1587,1597 y 1612).

Cuando, en 1580, el daimyô (gobernador) cristiano Omura Sumitada cede el puerto de Nagasaki a los jesuitas, crece la situación de cristiandad protegida en algún área de Japón.

En 1587, Toyotomi Hideyoshi promulga decretos controladores de la práctica cristiana y de expulsión de misioneros extranjeros. Se pasa de la situación de cristiandad protegida a la era del cristianismo perseguido, que culmina en el edicto de Tokugawa Ieyasu, en 1612, una de las marcas del aslacionismo japonés durante más de dos siglos

Los historiadores han constatado actos de agresividad misionera y violencia contra la cultura y religión locales por parte de cristiandades en las que la conversión al cristianismo del señor feudal había conllevado conversiones en masa de sus súbditos.

Por ejemplo, en la década siguiente a la conversión del gobernador de Omura (actualmente provincia de Aichi), se registra un aumento de cuarenta mil bautizados y del número de iglesias hasta ochenta y siete, a la vez que se citan actos de destrucción de templos budistas o sintoistas en 13 aldeas de dicha provincia. Este caso es solo una muestra entre la decena de ejemplos que leemos en el Archivum Romanum Societatis Iesu.

Estos hechos son de la década anterior al decreto citado de 1587, en que se critica al cristianismo diciendo que “acercarse al pueblo de nuestras provincias y distritos y convertirlos en sectarios cristianos, hacerles destruir los santuarios de sus divinidades y los templos de los budas es algo inaudito...”

Hoy día nos resulta inconcebible esta intolerancia exclusivista. Pero los europeos del siglo XVI, aunque no tuvieran la facilidad de comunicar rápidamente navegando por nuestras redes mediáticas, sí tenían acceso a la información sobre aquel proselitismo intolerante a través de las cartas de misioneros.

Un reflejo de esa mentalidad en el arte religioso: la estatua inmensa conocida con el nombre de “Triunfadora sobre los ídolos”, que contemplamos en la iglesia del Gesú, en Roma, junto al altar de san Ignacio. Es una imagen de María pisando una serpiente y unos libros paganos. La inscripción reza así: “Camis, Fotoques, Amidas, Xacas
(Es decir, divinidades sintoistas,Kami;Budas; el Buda Amida y el Buda Shakamuni"

Pero el problema del proselitismo exclusivista no se reduce a episodios del pasado. En plena actualidad, y en el contexto de la llamada a una nueva evangelización, los obispos japoneses se han visto confrontados con la irrupción en la iglesia japonesa desde España, Filipinas o Brasil de grupos –supuestamente evangelizadores-, enviados por nuevos movimientos eclesiales (con etiquetas de “carisma”, “catecumenado” “neo-espiritualidad” etc.,.) con características de proselitismo fanático, exclusivismo eclesiástico e intolerancia dogmática y rechazo de la cultura, a la vez que rechazo de las directrices del Concilio Vaticano II.

Otra es la orientación del Papa Francisco, en su carta La Alegría del Evangelio: “Que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura”(Evangelii gaudium, 129).

“No podemos pretender los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia” (id., 118) .


Ni el uno apóstata, ni el otro suicida, sino nuevo bautismo para los dos

15.02.17 | 23:41. Archivado en Japón, Compañía, Iglesia católica

También Sebastián y Francisco, en "Silencio" de Scorsese son mártires, testimonios de bautismo y muerte salvadores.

Fui a ver “Silencio” por tercera vez, acompañado por unos amigos japoneses, un matrimonio joven de antiguos alumnos míos en la universidad Sophia. No son católicos, pero están familiarizados con lo cristiano por su contacto con jesuitas. Quería conocer su reacción espontánea ante la proyección de los martirios y torturas. Por eso guardé silencio , para no condicionar su interpretación con la mía.

A la salida del cine, hacia la cafetería, caminábamos los tres sin decir palabra. Silencio japonés significativo. Como si los tres presintiéramos que cualquier comentario precipitado estropearía la impresión con que nos ha tocado hondo el impacto de las escenas martiriales.

Sentados ya a la mesa, tras el primer sorbo de té, dice mi amigo: Yahari yokatta , que significa,”Muy bien, por supuesto, me gustó...”.

¿Y a tí también?, digo dirigiéndome a su mujer. “Sí, mucho, me ha emocionado”, dice ella, y añade: “... Sasuga, ano futari... Aquellos dos misioneros hicieron lo que propio de ellos...” “(Sasuga significa “como era de esperar”, ano futari significa “aquellos dos”. Sin duda se refiere a Sebastián y Francisco, los dos protagonistas)

“Precisamente sobre esos dos quería yo saber vuestra reacción”. “ ¿Cuál de los dos...?”, digo sin acabar la frase, con ambiguedad japonesa.

A lo que responde él: “Los dos sufren y les cuesta dar el paso que dan”.

Y añade ella: “Los dos están dando la vida tirándose al agua para salvar a otros”

(En japonés, al pie de la letra, mi wo nagedasu significa “arrojar la propia persona”, es decir, arriesgar la propia vida dándola como quien se tira al agua desde un trampolín).

Tienes razón, Teruko-san, los dos dan la vida. Dices bien, Iwao san, los dos sufren al dar ese paso. Yo también le he percibido así. Creo que los tres hemos captado la genialidad de Scorsese al filmar en cámara lenta a Sebastián pisando el icono, en paralelismo con la escena de Francisco arrojándose al agua, mientras grita que lo lleven a él para ahogarlo en lugar de los que iban a ser martirizados. Más aún, la imagen de Sebastián, boca abajo en el suelo después de pisar, puede parangonarse con la del cadáver de Francisco, al salir a flote.

Me satisfizo comprobar que mis amigos, antiguos alumnos, habían captado intuitivamente el mismo vínculo de motivación que aúna dos opciones diferentes. Merecía la pena esforzarse en clase por aprender la ética del amor en situación, para poder vivir y convivir desviviéndose por los demás...

Hasta aquí mi comentario en torno a la charla con mis amigos japoneses. Pero mi lectura de la obra maestra de Scorsese va mucho más lejos, prolongando su intuición en una reflexión teológica, con la que no era oportuno fatigarles a ellos en aquel momento. Mi lectura en clave teológica de las dos escenas mencionadas es la siguiente.

Francisco no es un mártir suicida, al elegir ofrecerse como víctima en lugar de otros (como haría en otro caso, por ejemplo, el P. Maximiliano Kolbe )
Sebastián no es un “apóstata al pie de la letra” (ni rechaza creencias, ni rechaza a Cristo), sino hace una opción de morir a sí mismo de algún modo redentor.

Francisco y Sebastián se sumergen en un agua de bautismo, muerte y resurrrección.

Si en las escenas de los mártires crucificados, el oleaje de la marea protagonizaba el mensaje bautismal de muerte y ascensión, también la curva cóncava en cámara lenta de la caída de Sebastián sobre el icono (caída en la que pisar se torna abrazo), en el momento siguiente se hace plana sobre el suelo para pasar a convexa y elevarse conectando en el plano inmediatamente siguiente con el alzar del brazo que da la orden de elevar a los mártires colgados para liberarlos.

Sebastián no pisa el icono para librarse de torturas, ni lo pisa para quejarse del silencio divino. Lo pisa abrazando al crucificado, dejándose bautizar, es decir, morir con él para conseguir así liberar de sus cruces a los otros crucificados.

En japonés la apostasía se llama haikyô (que significa “dar la espalda a la creencia”) o kikyô (que significa “tirar o desechar la creencia”). Pero de los cristianos que pisaron el icono se dice que “cayeron tropezando” (en japonés, koronda) La ambigüedad del verbo korobu (tropezar y caer) abre la puerta a lecturas diferentes: ¿caer en pecado escandalizando o caer abrazando compasivamente al “Caído y Pisoteado” para unirse a su acción redentora que libra los que iban a ser ejecutados?...

Creo que Scorsese, con la hondura de estas escenas, ha superado al fin la “última tentación”. En el caso de su película La última tentación, tanto el público que le acusaba de blasfemo como quienes le alababan la originalidad, no percibían el enigma del silencio de Dios vivido por el mismo Cristo. Pensaba la gente que la tentación era Magdalena. Pero la última tentación para Jesús era la tentación de bajarse de la cruz (Véase Lc 4, 13: relacionado con Lc 22, 41-46)

Esta vez Scorsese no oculta que Jesús es el primero en angustiarse en la pasión ante el silencio de Dios. Ese Cristo no es un Pantocrator dominador, amenazante y exclusivista (que hubiera dicho: “prohibido pisarme”), sino un Cristo redentor y misericordioso (que dice: “puedes pisarme, que para eso he venido, para dejarme pisar y que puedan ser así desclavados de sus cruces otros crucificados”).

Esto es reconfortante para quienes creemos en Jesucristo, no porque nos resuelva el problema teórico del mal, ni porque nos resuelva el problema existencial del silencio de Dios, sino a pesar de que no los resuelva racionalizándolos, sino haciéndonos capaces de quedarnos junto con él en silencio ante el misterio y sumergirnos en el bautismo y éxodo pascual de muerte y resurrección liberadoras.

La última escena, con la serenidad y paz profunda que sugiere la despedida de la esposa, nos lleva de nuevo al mundo de lo misericordioso y maternal: la tinaja que sirve de féretro evoca un útero maternal y la esposa introduce discreta y silenciosamente en su interior la cruz que Sebastián ha conservado a escondidas. Este epílogo es una ascensión, como también en el pórtico de la película, con los tres jesuitas bajando y subiendo a la vez aquellas escalinatas, jugaba con la imagen de la ascensión: subir hacia abajo para llenarlo todo (cf. Ef 4, 10). Obertura y final han marcado el mismo ritmo que la escena del clímax, en la que caer tropezando es caer abrazandoy caer hacia arriba, sumergirse bautismalmente para ascender pascualmente...


Misioneros bautizados por inmersión en "Silencio"

03.02.17 | 08:53. Archivado en Japón, Iglesia católica

También Sebastián y Francisco son mártires, testimonios de bautismo y muerte salvadores.

Fui a ver “Silencio” por tercera vez, acompañado por unos amigos japoneses, un matrimonio joven de antiguos alumnos míos en la universidad Sophia. No son católicos, pero están familiarizados con lo cristiano por su contacto con jesuitas. Quería conocer su reacción espontánea ante la proyección de los martirios y torturas. Por eso guardé silencio , para no condicionar su interpretación con la mía.

A la salida del cine, hacia la cafetería, caminábamos los tres sin decir palabra. Silencio japonés significativo. Como si los tres presintiéramos que cualquier comentario precipitado estropearía la impresión con que nos ha tocado hondo el impacto de las escenas martiriales.

Sentados ya a la mesa, tras el primer sorbo de té, dice mi amigo: Yahari yokatta , que significa,”Muy bien, por supuesto, me gustó...”.

¿Y a tí también?, digo dirigiéndome a su mujer. “Sí, mucho, me ha emocionado”, dice ella, y añade: “... Sasuga, ano futari... Aquellos dos misioneros hicieron lo que propio de ellos...” “(Sasuga significa “como era de esperar”, ano futari significa “aquellos dos”. Sin duda se refiere a Sebastián y Francisco, los dos protagonistas)

“Precisamente sobre esos dos quería yo saber vuestra reacción”. “ ¿Cuál de los dos...?”, digo sin acabar la frase, con ambiguedad japonesa.

A lo que responde él: “Los dos sufren y les cuesta dar el paso que dan”.

Y añade ella: “Los dos están dando la vida tirándose al agua para salvar a otros”

(En japonés, al pie de la letra, mi wo nagedasu significa “arrojar la propia persona”, es decir, arriesgar la propia vida dándola como quien se tira al agua desde un trampolín).

Tienes razón, Teruko-san, los dos dan la vida. Dices bien, Iwao san, los dos sufren al dar ese paso. Yo también le he percibido así. Creo que los tres hemos captado la genialidad de Scorsese al filmar en cámara lenta a Sebastián pisando el icono, en paralelismo con la escena de Francisco arrojándose al agua, mientras grita que lo lleven a él para ahogarlo en lugar de los que iban a ser martirizados. Más aún, la imagen de Sebastián, boca abajo en el suelo después de pisar, puede parangonarse con la del cadáver de Francisco, al salir a flote.

Me satisfizo comprobar que mis amigos, antiguos alumnos, habían captado intuitivamente el mismo vínculo de motivación que aúna dos opciones diferentes. Merecía la pena esforzarse en clase por aprender la ética del amor en situación, para poder vivir y convivir desviviéndose por los demás...

Hasta aquí mi comentario en torno a la charla con mis amigos japoneses. Pero mi lectura de la obra maestra de Scorsese va mucho más lejos, prolongando su intuición en una reflexión teológica, con la que no era oportuno fatigarles a ellos en aquel momento. Mi lectura en clave teológica de las dos escenas mencionadas es la siguiente.

Francisco no es un mártir suicida, al elegir ofrecerse como víctima en lugar de otros (como haría en otro caso, por ejemplo, el P. Maximiliano Kolbe )
Sebastián no es un “apóstata al pie de la letra” (ni rechaza creencias, ni rechaza a Cristo), sino hace una opción de morir a sí mismo de algún modo redentor.


Francisco y Sebastián se sumergen en un agua de bautismo, muerte y resurrrección.

Si en las escenas de los mártires crucificados, el oleaje de la marea protagonizaba el mensaje bautismal de muerte y ascensión, también la curva cóncava en cámara lenta de la caída de Sebastián sobre el icono (caída en la que pisar se torna abrazo), en el momento siguiente se hace plana sobre el suelo para pasar a convexa y elevarse conectando en el plano inmediatamente siguiente con el alzar del brazo que da la orden de elevar a los mártires colgados para liberarlos.

Sebastián no pisa el icono para librarse de torturas, ni lo pisa para quejarse del silencio divino. Lo pisa abrazando al crucificado, dejándose bautizar, es decir, morir con él para conseguir así liberar de sus cruces a los otros crucificados.

En japonés la apostasía se llama haikyô (que significa “dar la espalda a la creencia”) o kikyô (que significa “tirar o desechar la creencia”). Pero de los cristianos que pisaron el icono se dice que “cayeron tropezando” (en japonés, koronda) La ambigüedad del verbo korobu (tropezar y caer) abre la puerta a lecturas diferentes: ¿caer en pecado escandalizando o caer abrazando compasivamente al “Caído y Pisoteado” para unirse a su acción redentora que libra los que iban a ser ejecutados?...

Creo que Scorsese, con la hondura de estas escenas, ha superado al fin la “última tentación”. En el caso de su película La última tentación, tanto el público que le acusaba de blasfemo como quienes le alababan la originalidad, no percibían el enigma del silencio de Dios vivido por el mismo Cristo. Pensaba la gente que la tentación era Magdalena. Pero la última tentación para Jesús era la tentación de bajarse de la cruz (Véase Lc 4, 13: relacionado con Lc 22, 41-46)

Esta vez Scorsese no oculta que Jesús es el primero en angustiarse en la pasión ante el silencio de Dios. Ese Cristo no es un Pantocrator dominador, amenazante y exclusivista (que hubiera dicho: “prohibido pisarme”), sino un Cristo redentor y misericordioso (que dice: “puedes pisarme, que para eso he venido, para dejarme pisar y que puedan ser así desclavados de sus cruces otros crucificados”).

Esto es reconfortante para quienes creemos en Jesucristo, no porque nos resuelva el problema teórico del mal, ni porque nos resuelva el problema existencial del silencio de Dios, sino a pesar de que no los resuelva racionalizándolos, sino haciéndonos capaces de quedarnos junto con él en silencio ante el misterio y sumergirnos en el bautismo y éxodo pascual de muerte y resurrección liberadoras.

La última escena, con la serenidad y paz profunda que sugiere la despedida de la esposa, nos lleva de nuevo al mundo de lo misericordioso y maternal: la tinaja que sirve de féretro evoca un útero maternal y la esposa introduce discreta y silenciosamente en su interior la cruz que Sebastián ha conservado a escondidas. Este epílogo es una ascensión, como también en el pórtico de la película, con los tres jesuitas bajando y subiendo a la vez aquellas escalinatas, jugaba con la imagen de la ascensión: subir hacia abajo para llenarlo todo (cf. Ef 4, 10). Obertura y final han marcado el mismo ritmo que la escena del clímax, en la que caer tropezando es caer abrazandoy caer hacia arriba, sumergirse bautismalmente para ascender pascualmente...


En "Silencio", el Pisoteado rompió el silencio

22.01.17 | 16:25. Archivado en Religion y sociedad, Iglesia católica

-Apariencia de renuncia, realidad de abrazo-

“Ofrecí la espalda a los que me apaleaban” Isaías, 50, 6

La novela de Endo Shûsaku, Silencio, se publicó en 1966, el año de mi llegada a Japón. En los debates sobre literatura y religión, se dividían las opiniones: de un lado, quienes ensalzaban al “Grahanm Green japonés”; por otra parte, quienes sospechaban de la heterodoxia de la obra, presunta apología de actitudes apóstatas.

Mi escaso conocimiento de la lengua, con la que me debatía de la mañana a la noche durante el bienio de aprendizaje, no me permitía leerla, pero en la comunidad de estudiantes jesuitas discutíamos sobre la obra de Endo, apoyándonos (unos, para bien; otros, para mal) en recensiones publicadas en lenguas extranjeras.

Algunos misioneros y teólogos de la generación anterior juzgaban duramente a Endo, considerándolo peligroso para la fe de los japoneses bautizados de adultos. Otros, más abiertos, coincidían con los que acabábamos de vivir en Europa el entusiasmo por la apertura del Concilio Vaticano II. Los temas del silencio de Dios, la inculturación, la iglesia viajera en medio del mundo, el encuentro con las otras religiones y la opción por las víctimas oprimidas eran, para nosotros,algo obvio; en cambio, resultaban novedosos para una mayoría del público católico japonés.

Cuatro años después, mi primera lectura de Endo en japonés coincidió con mi traducción al japonés de San Manuel Bueno, de Unamuno,y espontáneamente surgió la idea de titularla El silencio de Dios.

En la década siguiente, tuve ocasión de comprobar con satisfacción que, entre el alumnado universitario no católico, estas dos lecturas suscitaban interés por la cuestión de fe, e incluso sirvieron para motivar la entrada en el catecumenado de algunos alumnos y alumnas. Para otros, en cambio, provocaban rechazo por parecerles “demasiado católicos”estos autores que, para el catolicismo “pre-conciliar”, más bien olían a heterodoxia.

Gracias a Scorsese, la problemática de Endo vuelve a primer plano. Dejando para otras plumas la crítica de cine, voy a pensar sobre cuestionamientos teológicos a propósito de la obra de Endo, a la que dedicaré los post de este blog durante las próximas semanas.

De momento, solo dos reflexiones, sobre el Pisoteado y sobre los pisoteados.

1. En el climax del filme y de la novela, la voz del Pisoteado rompe el silencio: el crucificado invita a pisar a quien “para eso se ha abajado, para eso ha venido”, rompe el silencio divino, para convertir el silencio del Padre en clamor del Hijo, puesto de parte de las víctimas de modo incondicional e irreversible, sumiso y comprometido. A partir de ese momento el tema deja de ser el silencio, para convertirse en la voz del Pisoteado.

El P. Adelino Ascenso, autor de una disertación doctoral sobre literatura y teología en la obra de Endo, escribe así sobre el momento crucial que convierte la apariencia superficial de apostasía en realidad profunda de encuentro con la misericordia del crucificado:

“Rodrigo se encontró implicado en un diálogo delicado cuando decidió pisar el emblemático icono del fumie como un acto de amor y compasión para con sus hermanos cristianos japoneses. Un diálogo tan arriesgado como ese es lo que necesita la teología cristiana... Rodrigo desafió y confrontó la imagen de Jesús que le había sido presentada hasta ahora y descubrió, oculto bajo la superficie, al auténtico Jesús, doliente con quienes sufren”. Transcultural Theodicy in the Fiction of Shûsaku Endo, P. U.G., Roma, 2009, p. 283
1. Los pisoteados siguen exigiendo hoy que se rompa el silencio sobre ellos. .Un ejemplo de pisoteados: los enterradores no cristianos de los mártires cristianos. Cuando se celebró, el 24 de noviembre de 2007, la beatificación de 188 mártires japoneses, se planteó la necesidad de revisar la memoria histórica cristiana en Japón, para no olvidar a otras víctimas del entorno de los mártires. Se trata de otras víctimas que suelen quedar olvidadads y no reconocidas.

En las representaciones artísticas del martirio nos impresionaba ver a los crucificados, alanceados sobre sus cruces mientras bajo ellas ardía la hoguera, a la vez ejecución y pira crematoria. No se nos había ocurrido pensar que, además de los mártires, hubo otras víctimas. Ni habíamos caído en la cuenta de que los verdugos podían serlo.

¿Quiénes ejecutaban la sentencia? ¿Quiénes acarreaban la leña para la pira? ¿Quiénes se encargaban de la tarea enojosa de recoger los cadáveres? ¿Quiénes vigilaban en la prisión? A estas preguntas y a un largo etcétera que las sigue, responde el profesor Aoyama: Para esos trabajos enojosos había una mano de obra forzada, obligada a realizarlos, se les reclutaba en el barrio discriminado en que vivían quienes eran considerados hinin, es decir, no-humanos y no-ciudadanos por estar dedicados a trabajos considerasdos contaminantes (matanza de animales, curtir pieles, etc...). (cf. Boletín de la Asociación cultural de estudios de la era cristiana de Nagoya, nn. 41 y 46).

Lo fuerte del caso es que los descendientes de esa casta discriminada siguen arrastrando hoy el peso de la discriminación. Han de ocultar el domicilio natal en el barrio discriminado (buraku) y el nombre de familia, si no quieren sufrir dicriminación a la hora de encontrar empleo o contraer matrimonio.

En medio de uno de esos barrios, en Kyoto, hay erigido un monumento conmemorativo a los mártires. Dicen los descendientes de quienes participaron obligatoriamente en la ejecución que, así como los mártires fueron víctimas por su fe (claro que no sólo por la fe, sino también por no someterse a la ideología política del estado), los antepasados de los discriminados de hoy también fueron víctimas, cuyos derechos humanos eran totalmente conculcados.

Olvidar esto mientras se celebraba una concentración masiva en Nagasaki para festejar la beatificación de los mártires habría sido una contradicción e incongruencia.
La iglesia de Japón, cuyos obispos publicaron un mensaje en defensa de los derechos humanos, en el 60 aniversario de la Declaración de Derechos, no puede cerrar los ojos a este problema, aunque, tanto dentro de la Iglesia como fuera de ella, haya quienes sigan diciendo que “entre nosotros no hay problema de discriminación”.


Quien me ve, ve a Abba

02.01.17 | 05:20. Archivado en Mística, Iglesia católica


Camino, Verdad y Vida con Jesús y Buda

Para empezar el año con un día de espiritualidad compartida, se reúne una pequeña comunidad de personas budistas y cristianas, que pasan un día de retiro, meditando y conversando sobre Verdad, Vida y Camino en torno al Evangelio y el Sutra del Loto.

Un tema central en el Evangelio y en el Loto: el Camino hacia la Verdad de la Vida: Discernir la Verdad última de la vida más allá de las verdades aparentes, agradecer la Vida verdadera de la Fuente de Vida Eterna; y practicar el Camino de la misericordia compasiva.

Despertar a la luz de la Verdad del Dharma, vivir respirando en el seno de la Vida Verdadera y practicar el camino de los bodisatvas: vivir y convivir dándonos vida mutuamente.

Evangelizar es dar vida, dice Francisco (EG n. 10)

Origen y fruto de esta espiritualidad compartida, es la alegría del Dharma (en japonés; hou-etsu), alegría del Evangelio, alegría de la lucidez cordial del discernimiento y la misericordia.

Textos para primera lectura de sutras y lectio divina de Evangelio:

Del Sutra del Loto:

“No estoy en la otra orilla, sino aquí,
entre vosotros, anunciando
día a día el mensaje del Dharma.
Habito permanentemente entre vosotros…
Veo a todos los vivientes
sumidos en un mar de sufrimiento
Por eso no me muestro como soy,
sino que incito a que me añoren
para que se revele el Dharma
cuando despierte el anhelo…
Los dóciles de corazón
me verán tal cual soy.
Entonces se percatarán
de que habito entre vosotros proclamando el Dharma.

(Sutra del Loto, trad. de poemas: J. y E. Masiá, ed. Sígueme, Salamanca, 2009, cap. 16, p 180-181)

Del Evangelio según Juan:

No os voy a dejar desamparados, volveré con vosotros.
Dentro de poco, el mundo dejará de verme;
vosotros, en cambio, me veréis,
porque de la vida que yo tengo
viviréis también vosotros.
Aquel día experimentaréis
que yo estoy identificado con mi Padre,
vosotros conmigo y yo con vosotros. (Jn 14, 18, 20)

Meditación:

Al desenterrar el tesoro de la interioridad y descubrir, en uno mismo y en todo la Vida, se comprende que quien me ve, ve la Vida, “quien me ve, ve al Dharma” (Gautama, el Buda), “Quien me ve, ve a Abba (Jesús, el Cristo). Ver más en: Vivir. Espiritualidad en pequeñas dosis. Religión Digital y Ed.Desclée, 2015, cap. 29, p. 77).


Natividad, Puerta de la Vida

19.12.16 | 14:48. Archivado en Bioética, Iglesia católica


Concebir y dar a luz, virginidad consumada

En el uso corriente del lenguaje, cuando se habla de ”ser o no ser virgen” se suele aludir a la primera relación sexual, penetración vaginal, ruptura del himen, sangrado, etc, y semejantes connotaciones fisiológicas; o también a los efectos que conlleva psicológica, social o moralmente la llamada “pérdida de la virginidad”.

Otras veces podrá ser el anuncio de la clínica de cirugía plástica o ginecología estética que ofrece una operación de reconstrucción del himen. Si se trata del guión para un telefilme cómico de ambientación medieval, quizás se harán chistes con el cinturón de castidad y la pérdida de la llave del candado. Más seriamente la antropología social y cultural se dedicará a explicarnos el significado de la virginidad como producto social y los tabùes consiguientes.

Pero cuando estamos ante el tema de la virginidad en las narraciones mitopoéticas de los evangelios según Mateo y Lucas, el tema no es fisiológico ni biocultural. La anunciación a María y la anunciación a José, como vimos en el post de la semana pasada, están encuadradas ambas en un sueño y no son ni una clase de biología, ni una sesión de sexología, ni una crónica histórica de un matrimonio excepcional, ni siquiera de un nacimiento sobrenatural. Estas narraciones son poesía y teología, mejor dicho, simbólicas y de fe. Cuesta imaginar que el mejor poeta y el mejor teólogo consiguieran expresarlo mejor de como lo plasmaron Mateo y Lucas en su interpretación de la Buena Noticia de Manuel, el que salva y libera...

¿Se entiende en toda su profundidad el sentido humano y divino, poético y de fe, que entraña el cruce de ese umbral del hymen, tanto para que entre y salga por esa puerta el enigma de la vida, al concebir y al dar a luz? Porque se trata, efectivamente, de una Puerta de la Vida.

Por esa Puerta de la Vida entra lo que prepara el comienzo de una nueva vida y sale por ella la nueva vida que nace. Y también entra y sale al mismo tiempo el Espíritu de Vida, Espíritu Santo, para que se realice la co-creación de una nueva vida, co-creando los progenitores con el Creador.

Lo cual es bien distinto del pensamiento dual que imagina a un Espiritu Santo viniendo en vuelo desde arriba a infundir un alma en un cuerpo todavía presuntamente “inanimado”.

No. El Espíritu actúa desde dentro: desde dentro de la evolución; desde dentro del óvulo y desde dentro del esperma; desde dentro del seno materno que acoge al pre-embrión al realizarse y comsumarse la concepción al final de la implantación en su seno; desde dentro del corazón de los progenitores que desearon esa nueva vida y la esperaron ya desde antes que se cerciorasen del embarazo; desde dentro de la decisión de cuidar esa gestación hacia el nacimiento, en vez de rechazarla abortándola después de haberla aceptado biológica y humanamente al consumarse la concepción; desde dentro de la puesta de acuerdo en darle nombre a la criatura, como gratitud por su vida, como promesa de criarla y educarla en la vida y en la fe (lo que se hace cuando el bautismi infantil se entiende bien y no según esquemas agustinianos de supuesta culpa original...) y como súplica de bendición para su crecimiento;...es decir, desde dentro de esos procesos biológicos y humanos, actúa el Espíritu para que se consume la co-creación de esa nueva vida y su personalización individual irrepetible

(Claro, esto está dicho en lenguaje no-dual; lo contrario de ese lenguaje que habla de un “instante de la concepción” o traza una línea límite para determinar el presunto momento en que se infunde un alma desde fuera).

Los antiguos catecismos decían inapropiadamente “virgen antes del parto, en el parto y después del parto”. Pensaban que, antes del parto, la penetración sexual rompe la virginidad; pensaban también que la criatura que nace, al romper y herir esa puerta, mancha a la madre, que tendría que purificarse; pensaban también que si María y José engendraban otros hijos e hijas, hermanos y hermanas de Jesús, María dejaba de ser virgen. Pero hay que decir que ni la unión por amor mancha, ni la sangre contamina, ni el dar a luz produce impureza.

Hoy no podemos pensar así. Quien insista en seguir usando imágenes medievales, podrá decir que hay que cuidar esa puerta del castillo. Bien pero... según quien vaya a entrar y salir, se abrirá o se cerrará. Si viene el enemigo a matar vida, cerrará la puerta. Si viene el amigo a dar vida y a que nos la demos mutuamente y co-creemos nueva vida, entonces se abrirá la puerta y se bajará el puente levadizo.

Hagamos un poco de travesura con las etimologías. Himen es, en griego hymen, membrana. Himeneo era el dios griego protector de las bodas. Se suponía que en la noche de bodas se parte el hymen, algo que puede ser doloroso y gozoso al mismo tiempo. Según otros diccionarios se puede relacionar con la etimología de hymnos. En ese caso, la connotación es de canto de alegría.

Por tanto la virginidad no se pierde o se guarda con solo la ruptura o el cierre de la puerta. Si violan a una mujer y fuerzan esa puerta, la herida será doble, física y psicológica. Pero no se podrá decir que ese día ha perdido la virginidad. Su puerta sigue siendo puerta de la vida. La próxima vez, cuando quien venga no sea un violador, sino la persona amada que viene para que ambos se den vida mutuamente, para co-crear nueva vida y para dar juntos vida alrededor, entonces hay que decir que la virginidad de esa mujer no se ha perdido, está ahí como capacidad de acogida de la vida, confianza en que la acción de dar via es “al alimón” con el Espíritu de Vida; capacidad de gratitud por la vida; y capacidad de dar vida de mil maneras a su alrededor. Lo mismo se puede decir de la decisión de aceptar y acoger la nueva vida (con lo que se completa el proceso –no el instante- de concebir-, al consumarse la concepción; ya el embrión recibe el nombre de feto...).

Por eso el título del post reza así: Concebir y dar a luz es la consumación de la virginidad.

No se pierde, se realiza. No rompe la virginidad de María, ni la mancha, sino que la realiza, el hecho de que José entre con amor por esa puerta. No hace impura ni mancha a María el nacimiento de Jesús hiriendo físicamente y causando dolor en esa puerta de María. La paternidad y maternidad carnal, biológica y humana de José y María no es incompatible con que ambos sean vírgenes que realizan y consuman su virginidad al engendrar a Jesús con el soplo del Espíritu de Vida que actúa desde dentro de José y María.

Al meditar esto en Navidad nos brtota una gratitud inmensa hacia nuestros progenitores que nos engendraron con amor y gracias al Espíritu de Vida que nos hizo nacer por obra y gracia de Espíritu Santo. Y también sentimos la responsabilidad de proteger y cuidar toda vida y de vivir todos y todas (hombres y mujeres, célibes o casados, fértiles o estériles, de sexualidad mayoritaria o minoritaria, sin ninguna discriminación ni exclusión) para darnos vida mutuamente y dar vida al mundo.

Permitiéndome repetir lo dicho en el post de la semana pasada:

La Navidad pone de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano”, decía Juan Pablo II (Evangelium vitae, 1995, n.1).
Toda criatura nace por Espíritu Santo.
Todo padre y madre pueden llamarse con propiedad co-creadores de la nueva vida, nacida de varón y mujer con la bendición del Espíritu de Vida y acogida por quienes le ponen nombre (como promesa de creación continua durante la crianza), tanto si nació de esa pareja por el proceso habitual, como si nació por medios de reproduccion asistida, o si fue adoptada en otras circunstancias (otra pareja, una maternidad subrogada, una adopción por parte de una pareja LGBTetc...)


Todo progenitor es adoptivo y toda criatura nace de Espíritu Santo

11.12.16 | 16:13. Archivado en Bioética, Iglesia católica

La Navidad pone de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano”, decía Juan Pablo II (Evangelium vitae, 1995, n.1).

El Evangelio según Lucas cuenta la Anunciación a María, que sueña despierta el deseo y la incógnita de la nueva vida con la consiguiente ansiedad. Dice el mensajero celeste: “No te angusties ante el embarazo, María, congraciada con Dios que te ha favorecido. Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, el Salvador” (Lc 1, 31).

El Evangelio según Mateo cuenta la Anunciación a José, que en medio de un sueño despierta a la incógnita y el deseo de acoger la nueva vida con la consiguiente ansiedad. Díce el mensajero angélico: “No tengas reparo, José, en llevarte contigo a María, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, el Liberador” (Mt 1, 20-21. Tercer Domingo de Adviento).

El nombre lo escoge Dios, pero lo imponen la madre y el padre. Contra la costumbre patriarcal de que el padre imponga el nombre, el mensajero celeste encarga tanto a María, la madre (en Lucas) como a José, el padre (en Mateo), la imposición del nombre. Nada de prejuicios de género en nuestra relectura evangélica.

Madre y padre imponen el nombre a la nueva vida que han recibido como don, a la que acogen, adoptan, prometen y se comprometen a cuidar. Por eso todo padre y madre puede, en cierto sentido, llamarse “adoptivos”).

Toda criatura nace por Espíritu Santo. Todo padre y madre pueden llamarse con propiedad co-creadores de la nueva vida, nacida de varón y mujer con la bendición del Espíritu de Vida y acogida por quienes le ponen nombre
(como promesa de creación continua durante la crianza), tanto si nació de esa pareja por el proceso habitual, como si nació por medios de reproduccion asistida, o si fue adoptada en otras circunstancias (otra pareja, una maternidad subrogada, una adopción por parte de una pareja LGBTetc...)

Todo pareja progenitora puede llamarse adoptiva porque esa criatura vino al mundo por obra y gracia del soplo de vida infundido por el Espíritu en la evolución del proceso embrional que se completa una vez que tiene éxito el arraigo de la implantación del embrión en el seno materno (para el que se ha ido preparando hormonal e inmumnológicamente la madre. Entonces (y no en el mal llamado “instante de la concepción”) es cuando se puede decir con propiedad que está siendo sido concebida y va siendo recibida esa nueva vida. El proceso de acogida se hará consciente en los días siguientes, vivido en el propio cuerpo por la gestante (deseablemente por ambos progenitores, que esperan y acompañan el proceso de nacer, apoyados por el entorno social favorable).

Otro detalle importante del significado de “poner el nombre”: toda criatura que viene al mundo, cualesquiera que sean las circunstancia de su nacimiento tiene una dignidad personal inviolable y no puede ser objeto de discriminación. Cuando discriminamos, vulneramos la dignidad, suprimiendo el nombre y poniendo una etiqueta.

Cuando decimos; usted como español no puede entender esto, usted como célibe no puede hablar de este tema o usted como no heterosexual no tiene derecho a..., estamos etiquetando y discriminando. Dirá alguien: Pero ¿no es cierto que Fulano es español, o es célibe o es no heterosexual? No , esa persona es X (con su nombre propio) que nació en España, o que es célibe o que no es heterosexual u otras muchas cosas más. Pero primero es una persona con un nombre y una dignidad irrepetible.

Hemos meditado estas consideraciones al hilo del evangelio para el tercer domingo de Adviento, cuando estamos reunidos, para la Eucaristía mensual, en la comunidad CJ LGBT (LGBT Catholic Japan) de la diócesis de Tokyo. Oramos juntos por una mayor concienciación dentro de la iglesia para evitar toda clase de discriminaciones.

http://lgbtcj.blogspot.jp/2016/11/201612-lgbt.html


Sábado, 27 de mayo

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