Convivencia de religiones

Siesta de Transfiguración y psicoanálisis en el Tabor

30.07.17 | 04:35. Archivado en Mística

Sueño y despertar de transfiguración en el monte Tabor,

En la reunión del equipo pastoral, preparando la homilía del 6 de agosto, nos hizo reir la catequista Herminia contando el cuento de las tres tiendas de campaña en lo alto del monte Tabor:

“¿Por qué tres solamente, si los personajes son seis en total, contando a los discípulos con los dos profetas y el Maestro? Es que Moisés y Elías son mayores, serios, estirados y encima roncan, necesitan estancia individual. En cambio, los discípulos se acurrucan en la misma tienda con Jesús, que reclina la cabeza en cualquier sitio, aun con menos de dos estrellas”.

Bromas aparte, el resto del equipo dudaba entre subir a montes de contemplación o bajar a rutas de compromiso.
Alicia, catequista de los pequeños, prefiere Lucas a Mateo y propone escenificar el sueño; “Pedro y sus compañeros estaban amodorrados por el sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria” (Lc 9, 32). De fondo, el salmo: “contempladlo y quedaréis radiantes"; aunque no todo es luz resucitadora, sino mitad ilusión de luz y mitad pesadilla de tinieblas en este “éxodo de pasión” que comentan Moisés y Elías (Lc 9, 30).

Enrique, catequista de confirmandos, insistía en que no vale la misma interpretación en la misa de infancia y en la de mayores. Es que no acababa de convencerles mi propuesta de centrarse en nuestros propios sueños, como en el sueño de Pedro, Juan y Santiago.

Los tres discípulos –invitados a quedarse en silencio ante el Enigma para escuchar al Misterio de Vida, que eso es orar...-, simplemente cayeron en el sopor de sobremesa, aunándose los temores con el mesenterio productor de ensoñaciones.

Los tres se quedaron dormidos en la siesta del monte Tabor (Mc 9, 2-13; Mt 17, 1-20; Lc 9, 28-36; cf Jn 12, 22-33), como también se les pegaron las sábanas, un año antes, en la madrugada de Cafarnaúm (Mc 1, 35-38) y como caerían rendidos de sueño, un año después, a media noche en Getsemaní (Lc 22, 39-46; Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42).

Estamos cotejando estos textos en el equipo, pero me parece que nos condiciona demasiado la preocupación con que solemos preparar las homilías: polarizados en cómo explicar la historia, o cómo contar el cuento de la manera que lo cuenta con su intención cada evangelista o cómo aclarar significados convirtiéndo los símbolos en alegorías que racionalicen la fe.

Quizás para Pedro, Juan y Santiago –y para nosotros hoy también- haga falta ayuda consejera: que, en vez de interpretarlo, nos plantee qué vamos a hacer con el sueño.

Y si el psicoanalista es Jesús en persona, escucharé la palabra que me hiere y abraza al mismo tiempo: levántate!

Levántate significa: despierta. Levántate significa: ponte en pie y echa a andar. Levántate significa: resucita.
“Levantaos” es palabra clave en esta escena: Mt 17, 7:, Levantáos (Gr. Egérzete), no tengáis miedo; Mt 26, 46: Levantáos (Gr. egéireze), vamos.

Nada extraño que tengan pesadillas de miedo los discípulos que, por el camino, habían oido de labios de Jesús el anuncio de la Pasión. Se mezclan en el sueño los miedos de muerte y tinieblas con los anhelos de vida resplandeciente: ellos habían dicho en la crisis galilea: “Nosotros no te dejamos, tú tienes palabras que dan vida definitiva (Jn 6, 68). Pero al abrir los ojos no saben con qué carta quedarse, con el recuerdo del miedo o con la lucidez de la esperanza. Se quedan inmóviles, “aterrados, no sabían cómo reaccionar” (Mc 9, 6), “al verse envueltos por la nube tormentosa se asustaron” (Lc 9, 34) a pesar de que la voz escuchada en sueños les había animado así: “Escuchadlo, es mi Hijo, al que tanto quiero” (Mt 17, 5)

Y Jesús sigue invitando a despertar del ensueño, del engaño; y abrir los ojos a otro sueño mejor, despertar a la realidad, a la lucidez de la iluminación. Despertar y salir del miedo, resucitar a la lucidez de afrontar la realidad y asumrla. Para Jesús, despertar es resucitar y resucitar es nacer de nuevo por el Espíritu, cuya creeatividad hace siempre posibles renaceres de transfiguración.

Pues levantémonos - y levántese la Iglesia- resucitando del miedo a la lucidez tras la consulta de psicoanálisis gratuita con Jesús en el monte Tabor


Los díscolos no captaron la parábola

15.07.17 | 18:34. Archivado en Francisco, Iglesia católica

Si el recién fallecido Cardenal Meissner (q.e.p.d.) pudiera enviar desde su eterno descanso en la vida eterna un e-mail a sus díscolos compañeros del dislate anti-Francisco, tal vez el mensaje rezaría de esta guisa:

“Hermanos, no habíamos comprendido la parábola del sembrador:; el que tenga oidos para escuchar que entienda. El Papa Francisco habla en la Amoris laetitia como Jesús en el Evangelio y nos confronta con el símbolo de la escucha que discierne y la misericordia que sana. Pero nosotros no nos dejamos impactar por el símbolo y nos obsesionamos con la alegoría, que no escucha ni sana, sino racionaliza, moraliza y anatematiza, derecho canónico en mano, disparando misiles de sí o no, blanco o negro”

Este domingo 15 del Tiempo ordinario toca escuchar la perícopa de Mt 13, 1-23 (Salió el sembrador a sembrar su semilla...Mejor leer solo del 1 al 9).

Aprendamos de Jesús que nos lanza un símbolo para sacudir nuestra somnolencia y estimularnos con el enigma: quien pueda escuchar que entienda.

Como cuando el maestro de meditación Zen confronta al discipulo con un koan pradójico para romper su lógica y hacerle pensar sin pensar

Como el oráculo délfico que “ni dice, ni oculta, sino sugiere dejando perplejidad (ainissomai, en griego).

Como cuando Unamuno quería tantoa sus lectores que les sembaraba inquietudes practicando la “obra de misericordia suprema, despertar al dormido”...

La parábola tal como la contó Jesús termina en el versículo 9: ¡Quien tenga oidos, que escuche! Todo lo que viene a continuación desde el v.18 al 23 es un ejemplo de cómo la predicación primitiva convirtió la parábola en alegoría, atribuyendo significaciones para descifrar contraseñas: que si el terreno rocoso significa..., que si las raíces significan..., que si las zarzas significan,,,esto y lo otro, etc...

Con razón recomendaba Francisco en Evangelii gaudium que no prediquemos la homilía así: “La predicación puramente moralista o adoctrinadora y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen la comunicación entre corazones que se da en la homilía...” (EG, n. 142).

Ante los escrúpulos del ex-prefecto Müller, recuerda el cardenal Schönborn que lo importante es “escuchar”: “El clero debe escuchar como tal vez no lo hemos hecho antes, y escuchar a todo el mundo, a las personas en relaciones regulares y en las llamadas relaciones irregulares”

Habrá que aplicar a las “teologías de funcionario eclesiástico” lo que decía Paul Ricoeur de las filosofías faltas de hermenéutica; “no se acaba de dejar morir a los ídolos y apenas se tiene oidos para escuchar a los símbolos”. Hoy diríamos a los “escribas o escribanos de curia”: “no se acaba de dejar morir el derecho canónico y apenas se tiene oidos para escuchar la gratuidad del Evangelio y nutrirse de lo sacramental”.


¿Por qué su carga se hace llevadera?

03.07.17 | 03:55. Archivado en Francisco, Iglesia católica

Conmigo la carga se aligera (Mt 11, 30, Domingo XIV Ordinario)

"Caminen a mi lado, dice Jesús, quienes sienten el peso de la carga de la vida, que abruma a lo largo del camino.Yo me unciré a ustedes con un yugo que nos aúne para tirar juntos del carro de la vida. Asi el esfuerzo será llevadero y sentirán que la carga se aligera". (cf Mt 11, 28-30).

Dice el evangelista Juan en su primera carta (1Jn 5,3): Los mandamientos de Dios no deberían suponer una carga.
Habrá, sin embargo, quien piense que algunos mandamientos sí son una carga pesada, hasta insoportable. Por ejemplo, el mandamiento principal del amor parece una exigencia demasiado radical: ¡misión imposible!

Pero el evangelista Juan, el mismo que insiste en que el encargo de Jesús no es una carga, nos lo aclara al registrar para la posteridad las últimas palabras de Jesús en la cena de despedida, el día antes de su crucifixión. El encargo encarecido de Jesús, en aquellas palabras de testamento, fue el que se llama en el evangelio “el mandamiento nuevo”: Quereos mutuamente del mismo modo que yo os he querido.

¿Por qué nuevo? ¿En qué consiste la novedad del encargo de amarse mutuamente? ¿No era ya muy vieja la tradición de ese mandamiento en la Biblia hebrea?

La novedad del "mandamiento nuevo" consiste an amar “del mismo modo”, “como amó Jesús”.“El evangelista, que lo entendió bien, recomendaría no traducir entolé como mandato o mandamiento, sino como encargo entrañabñe, que no debe ser una carga (“sus encargos, entolé, no son un fardo pesado, bareia ouk eisín, como leemos en la carta de Juan: 1 Jn 5, 3).

Es que, en esa frase clave del testamento de Jesús, que proclamamos solemnemente cada Jueves Santo en la Liturgia de la Cena del Señor, es decisiva la expresión adverbial “del mismo modo” (en griego, hopos) .Si no entendemos su significado, nos parecerá imposible amar como Jesús. Pero Juan nos lo aclara: Jesús promete derramar sobre nosotros su Espíritu de Amor que nos haga capaces de amar con el mismo espíritu que Él amó. En vez de un imperativo imposible de cumplir, su encargo es una palabra esperanzadora que anima a amar.

Por eso insiste Juan en que se trata de amar del mismo modo, de la misma manera, con la misma fuerza (energeia y dynamis del Pneuma), del Espíritu de Vida, que actúa en nosotros capacitándonos para amar (Pablo diría "que nos energetiza con su dinamismo desde dentro de nosotros": cf. Col, 1,29). Es la fuerza del Espíritu, que capacita para amar.

Parafraseando al Jesús del cuarto evangelio, podemos escuchar así: “Ustedes, que se sienten incapaces de amar, podrán amar del mismo modo que yo les amé, si dejan pasar a través de ustedes ese espíritu, si se hacen canales que dejen pasar hacia los demás esa corriente de amor. Mi encargo no es una orden imposible (¿cómo se podría imponer, mandar, obligar a amar?); mi encargo es para animarles a amar, para decirles que es posible amar, si lo hacen del mismo modo y con el mismo Espíritu con el que yo lo hice. Y les prometo que voy a derramar en sus entrañas ese Espíritu, para que, con él, puedan amar”... . Sus palabras son una invitación a creer en el amor.

Y a la hora de aplicar este mensaje a la reforma perenne de la institución social eclesiástica, que el Papa Francisco apela a que se convierta en comunidad eclesial de amor, habrá que meditar de nuevo este domingo el encargo evangélico de llevarnos las cargas mutuamente y no imponer cargas.

Dice Jesús, en los evangelios según Mateo y Lucas, a los dirigentes religiosos: no impongan a las personas unas cargas que ustedes mismos no pueden sostener (cf. Mt 23,4; Lc 11, 46). Es una manera de decirles: en vez de aumentar la carga de los que caminan a su lado, ayuden a que disminuya el peso, compartan el esfuerzo de soportar juntos el tirón de la carga. Lo entendió bien Pablo, que transmitía el encargo de Jesús a la comunidad de la Iglesia de Galacia diciéndoles: “Llevaos mutuamente las cargas, ayudaos unos a otros a soportarlas” (Gal 6,5; cf. 1 Co 3, 8 y Mt 16, 27).


Martes, 24 de octubre

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