Convivencia de religiones

Interrupción tras violación no es aborto injusto

18.01.19 | 11:01. Archivado en Bioética, Religion y sociedad

Se acaba de publicar en RD (2019,1,17) información sobre el caso de embarazo tras violación y solicitud de interrupción no punible de la gestación. Esta vez, la víctima es una menor madura de doce años en Jujuy (Argentina). Se suceden las consabidas reacciones opuestas. Lo delicado de la situación empuja a posturas que se esfuerzan con la mejor intención en salvar ambas vidas. Pero se olvida que la violación y el conflicto de deberes de protección de dos vidas pueden exigir una interrupción responsable del embarazo en casos semejantes.

Por eso me parece pertinente y oportuno repetir para lectores y lectoras de este blog lo dicho en varias ocasiones parecidas, tanto desde la Bioétca como desde la Moral teológica.

Si aborto es la interrupción injusta e irresponsable de un embarazo, no toda interrupción voluntaria de la gestación constituye un aborto en el sentido moralmente negativo de este término
.

No es lo mismo aborto que interrupción de gestación. Tampoco es lo mismo, decía santo Tomás, la mentira y el falsiloquium, ya que mentira sería por definición falsear injustamente la verdad cuando se está obligado a decirla ante quien tiene derecho a preguntarla. Puede haber ocasiones en las que sea irresponsable no interrumpir una gestación antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.

Se plantea mal la pregunta sobre la permisiblidad del aborto en caso de violación cuando la manera de formular la cuestión condiciona estrechamente la respuesta. No ayuda proponer la cuestión como dilema entre derecho a abortar y obligación de gestar.

La violación es una acto que, con su violencia hiere la dignidad de la persona en su mismo centro. El embarazo no deberia ser el resultado de una violencia. Esto se aplica no solamente a los casos de violación en el sentido más estricto de la palabra, sino también a otros casos de violencia más o menos disimulada. Por ejemplo, la presión psicológica ejercida contra una mujer que encuentra difícil rechazar la demanda de una relación sexual por parte de una amistad cercana o pariente. También entraría en esta clasificación la relación sexual realizada entre los mismos esposos sin consentimiento de una de las partes, es decir, no como un acto propiamente conyugal, sino forzando la voluntad de la otra persona.

Otro ejemplo sería el caso de una mujer que no ha podido evitar una relación sexual extramarital, pero que no está en situación de responsabilizarse de un embarazo. Se plantea en estos casos la pregunta sobre si es lícito impedir que el proceso de concebir y gestar se consume. Hay casos en que interrumpir ese proceso no es solamente lícito, sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a un aborto injusto en una etapa mucho más avanzada del desarrollo del feto.

En vez de plantear la cuestión como un enfrentamiento entre dos derechos –derecho de la vida nascitura frente a un presunto derecho a suprimirla-, es preferible el planteamiento como pregunta y búsqueda: 1) sobre cómo acoger responsablemente la vida nascitura, y 2) cómo, cuando y con qué condiciones asumir la interrupción justificada del proceso de engendrar una nueva vida en aquellos casos en que sería irrresponsable no detenerlo antes de que sea demasiado tarde.

No se trata de una confrontacion entre dos realidades en el mismo plano, una con derecho a vivir y otra con supuesto derecho y libertad para matar, sino se trata de plantear cómo acoger responsablemente la vida nascitura (más exactamente, nascibilis –que puede llegar a nacer-, en vez de decir, sin más, nascenda-que debe nacer-) y cómo acompañar responsablemente ese proceso biológico y humano camino del nacimiento. Se trata también de cuándo y cómo podría darse una obligación de interrumpirlo responsablemente antes de que sea demasiado tarde.

Este enfoque se sitúa en el marco de una ética de la responsabilidad: a) responsabilidad de adoptar una actitud de acogida ante el valor de toda vida, b) responsabilidad ante las normas –escritas o no escritas- que protegen ese valor, pero también 3) responsabilidad ante las circunstancias que plantearían en su caso posibles excepciones, debidamente
justificadas y asumidas en conciencia, de esas normas.

No se trata de pensar dilemática o disyuntivamente sobre la acogida de la vida frente a su supresión; tampoco se trata de confrontar una obligación incondicional de maternidad contra un presunto derecho -¡impensable!- a suprimir vidas. Optamos por la acogida responsable del proceso de vida emergente y nascente, que implica la exigencia de que, si se plantea su interrupción excepcional, sea de modo responsable, justo, justificado, y en conciencia.

La postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable. La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Por ejemplo, cuando el embarazo es consecuncia de una violación o cuando hay un conflicto entre la protección simultánea de dos vidas, la madre y el feto. Ejemplos de estos casos de conflicto de valores serían: cuando la continuación de ese proceso entra en serio y grave conflicto con la salud de la madre o el bien mismo de la futura criatura. En estos conflictos, a la hora de sopesar los valores en juego y jerarquizarlos, el criterio del reconocimiento y respeto a la persona deberá presidir la deliberación. Cuando, como consecuencia de esta deliberación, se haya de tomar la decisión de interrumpir el proceso, esta decisión corresponderá a la gestante y deberá realizarse, no arbitrariamente, sino responsablemente y en conciencia, con el debido acompañamiento humano, familiar y médco, a la vez que legalmente protegido

(Remito, para ver más a: B.Forcano Fedeico Mayor, Nuria Terribas, Javier Elzo y Juan Masiá, Debate en torno al aborto, Désclés,2014


Interrupción tras violacl

18.01.19 | 10:49. Archivado en Bioética

Se acaba de publicar en RD (2019,1,17) información sobre el caso de embarazo tras violación y solicitud de interrupción no punible de la gestación. Esta vez, la víctima es una menor madura de doce años en Jujuy (Argentina). Se suceden las consabidas reacciones opuestas. Lo delicado de la situación empuja a posturas que se esfuerzan con la mejor intención en salvar ambas vidas. Pero se olvida que la violación y el conflicto de deberes de protección de dos vidas pueden exigir una interrupción responsable del embarazo en casos semejantes.
Por eso me parece pertinente y oportuno repetir para lectores y lectoras de este blog lo dicho en varias ocasiones parecidas.
Si aborto es la interrupción injusta e irresponsable de un embarazo, no toda interrupción voluntaria de la gestación constituye un aborto en el sentido moralmente negativo de este término. No es lo mismo aborto que interrupción de gestación. Tampoco es lo mismo, decía santo Tomás, la mentira y el falsiloquium, ya que mentira sería por definición falsear injustamente la verdad cuando se está obligado a decirla ante quien tiene derecho a preguntarla. Puede haber ocasiones en las que sea irresponsable no interrumpir una gestación antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.
Se plantea mal la pregunta sobre la permisiblidad del aborto en caso de violación cuando la manera de formular la cuestión condiciona estrechamente la respuesta. No ayuda proponer la cuestión como dilema entre derecho a abortar y obligación de gestar.

La violación es una acto que, con su violencia hiere la dignidad de la persona en su mismo centro. El embarazo no deberia ser el resultado de una violencia. Esto se aplica no solamente a los casos de violación en el sentido más estricto de la palabra, sino también a otros casos de violencia más o menos disimulada. Por ejemplo, la presión psicológica ejercida contra una mujer que encuentra difícil rechazar la demanda de una relación sexual por parte de una amistad cercana o pariente. También entraría en esta clasificación la relación sexual realizada entre los mismos esposos sin consentimiento de una de las partes, es decir, no como un acto propiamente conyugal, sino forzando la voluntad de la otra persona.
Otro ejemplo sería el caso de una mujer que no ha podido evitar una relación sexual extramarital, pero que no está en situación de responsabilizarse de un embarazo. Se plantea en estos casos la pregunta sobre si es lícito impedir que el proceso de concebir y gestar se consume. Hay caos en que interrumpir ese proceso no es solamente lícito, sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a un aborto injusto en una etapa mucho más avanzada del desarrollo del feto.
En vez de plantear la cuestión como un enfrentamiento entre dos derechos –derecho de la vida nascitura frente a un presunto derecho a suprimirla-, es preferible el planteamiento como pregunta y búsqueda: 1) sobre cómo acoger responsablemente la vida nascitura, y 2) cómo, cuando y con qué condiciones asumir la interrupción justificada del proceso de engendrar una nueva vida en aquellos casos en que sería irrresponsable no detenerlo antes de que sea demasiado tarde.
No se trata de una confrontacion entre dos realidades en el mismo plano, una con derecho a vivir y otra con supuesto derecho y libertad para matar, sino se trata de plantear cómo acoger responsablemente la vida nascitura (más exactamente, nascibilis –que puede llegar a nacer-, en vez de decir, sin más, nascenda-que debe nacer-) y cómo acompañar responsablemente ese proceso biológico y humano camino del nacimiento. Se trata también de cuándo y cómo podría darse una obligación de interrumpirlo responsablemente antes de que sea demasiado tarde.
Este enfoque se sitúa en el marco de una ética de la responsabilidad: a) responsabilidad de adoptar una actitud de acogida ante el valor de toda vida, b) responsabilidad ante las normas –escritas o no escritas- que protegen ese valor, pero también 3) responsabilidad ante las circunstancias que plantearían en su caso posibles excepciones, debidamente justificadas y asumidas en conciencia, de esas normas.
No se trata de pensar dilemática o disyuntivamente sobre la acogida de la vida frente a su supresión; tampoco se trata de confrontar una obligación incondicional de maternidad contra un presunto derecho -¡impensable!- a suprimir vidas. Optamos por la acogida responsable del proceso de vida emergente y nascente, que implica la exigencia de que, si se plantee su interrupción excepcional, sea de modo responsable, justo, justificado, y en conciencia.
La postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable. La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Por ejemplo, cuando el embarazo es consecuncia de una violación o cuando hay un conflicto entre la protección simultánea de dos vidas, la madre y el feto. Ejemplos de estos casos de conflicto de valores serían: cuando la continuación de ese proceso entra en serio y grave conflicto con la salud de la madre o el bien mismo de la futura criatura. En estos conflictos, a la hora de sopesar los valores en juego y jerarquizarlos, el criterio del reconocimiento y respeto a la persona deberá presidir la deliberación. Cuando, como consecuencia de esta deliberación, se haya de tomar la decisión de interrumpir el proceso, esta decisión corresponderá a la gestante y deberá realizarse, no arbitrariamente, sino responsablemente y en conciencia, con el debido acompañamiento humano, familiar y médco, a la vez que legalmente protegido


Interrupción tras violacl

18.01.19 | 10:48. Archivado en Bioética

Se acaba de publicar en RD (2019,1,17) información sobre el caso de embarazo tras violación y solicitud de interrupción no punible de la gestación. Esta vez, la víctima es una menor madura de doce años en Jujuy (Argentina). Se suceden las consabidas reacciones opuestas. Lo delicado de la situación empuja a posturas que se esfuerzan con la mejor intención en salvar ambas vidas. Pero se olvida que la violación y el conflicto de deberes de protección de dos vidas pueden exigir una interrupción responsable del embarazo en casos semejantes.
Por eso me parece pertinente y oportuno repetir para lectores y lectoras de este blog lo dicho en varias ocasiones parecidas.
Si aborto es la interrupción injusta e irresponsable de un embarazo, no toda interrupción voluntaria de la gestación constituye un aborto en el sentido moralmente negativo de este término. No es lo mismo aborto que interrupción de gestación. Tampoco es lo mismo, decía santo Tomás, la mentira y el falsiloquium, ya que mentira sería por definición falsear injustamente la verdad cuando se está obligado a decirla ante quien tiene derecho a preguntarla. Puede haber ocasiones en las que sea irresponsable no interrumpir una gestación antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.
Se plantea mal la pregunta sobre la permisiblidad del aborto en caso de violación cuando la manera de formular la cuestión condiciona estrechamente la respuesta. No ayuda proponer la cuestión como dilema entre derecho a abortar y obligación de gestar.

La violación es una acto que, con su violencia hiere la dignidad de la persona en su mismo centro. El embarazo no deberia ser el resultado de una violencia. Esto se aplica no solamente a los casos de violación en el sentido más estricto de la palabra, sino también a otros casos de violencia más o menos disimulada. Por ejemplo, la presión psicológica ejercida contra una mujer que encuentra difícil rechazar la demanda de una relación sexual por parte de una amistad cercana o pariente. También entraría en esta clasificación la relación sexual realizada entre los mismos esposos sin consentimiento de una de las partes, es decir, no como un acto propiamente conyugal, sino forzando la voluntad de la otra persona.
Otro ejemplo sería el caso de una mujer que no ha podido evitar una relación sexual extramarital, pero que no está en situación de responsabilizarse de un embarazo. Se plantea en estos casos la pregunta sobre si es lícito impedir que el proceso de concebir y gestar se consume. Hay caos en que interrumpir ese proceso no es solamente lícito, sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a un aborto injusto en una etapa mucho más avanzada del desarrollo del feto.
En vez de plantear la cuestión como un enfrentamiento entre dos derechos –derecho de la vida nascitura frente a un presunto derecho a suprimirla-, es preferible el planteamiento como pregunta y búsqueda: 1) sobre cómo acoger responsablemente la vida nascitura, y 2) cómo, cuando y con qué condiciones asumir la interrupción justificada del proceso de engendrar una nueva vida en aquellos casos en que sería irrresponsable no detenerlo antes de que sea demasiado tarde.
No se trata de una confrontacion entre dos realidades en el mismo plano, una con derecho a vivir y otra con supuesto derecho y libertad para matar, sino se trata de plantear cómo acoger responsablemente la vida nascitura (más exactamente, nascibilis –que puede llegar a nacer-, en vez de decir, sin más, nascenda-que debe nacer-) y cómo acompañar responsablemente ese proceso biológico y humano camino del nacimiento. Se trata también de cuándo y cómo podría darse una obligación de interrumpirlo responsablemente antes de que sea demasiado tarde.
Este enfoque se sitúa en el marco de una ética de la responsabilidad: a) responsabilidad de adoptar una actitud de acogida ante el valor de toda vida, b) responsabilidad ante las normas –escritas o no escritas- que protegen ese valor, pero también 3) responsabilidad ante las circunstancias que plantearían en su caso posibles excepciones, debidamente justificadas y asumidas en conciencia, de esas normas.
No se trata de pensar dilemática o disyuntivamente sobre la acogida de la vida frente a su supresión; tampoco se trata de confrontar una obligación incondicional de maternidad contra un presunto derecho -¡impensable!- a suprimir vidas. Optamos por la acogida responsable del proceso de vida emergente y nascente, que implica la exigencia de que, si se plantee su interrupción excepcional, sea de modo responsable, justo, justificado, y en conciencia.
La postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable. La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Por ejemplo, cuando el embarazo es consecuncia de una violación o cuando hay un conflicto entre la protección simultánea de dos vidas, la madre y el feto. Ejemplos de estos casos de conflicto de valores serían: cuando la continuación de ese proceso entra en serio y grave conflicto con la salud de la madre o el bien mismo de la futura criatura. En estos conflictos, a la hora de sopesar los valores en juego y jerarquizarlos, el criterio del reconocimiento y respeto a la persona deberá presidir la deliberación. Cuando, como consecuencia de esta deliberación, se haya de tomar la decisión de interrumpir el proceso, esta decisión corresponderá a la gestante y deberá realizarse, no arbitrariamente, sino responsablemente y en conciencia, con el debido acompañamiento humano, familiar y médco, a la vez que legalmente protegido


Navidad y Año Nuevo se abrazan:

24.12.18 | 01:52. Archivado en Iglesia católica

Navidad y Año Nuevo se abrazan: son Pascuas

Una universitaria japonesa -bautizada católica en el último curso de su bachillerato en colegio rellgioso- pregunta : - ¿Cómo sabemos que el 25 de diciembre es el cumpleaños del Niño Jesús? (Si se hubiera educado en el parvulario budista quizás preguntaría si el 8 de abril es el cumpleaños de Buda)

Aclarémonos, no celebramos una fecha de cumpleaños, sino un sentido admirable de
nacer y vivir para dar vida. La alumna que buscaba pruebas de una fecha conocía las genealogías de Mateo y Lucas, pero le faltaba hermenéutica. Para empeorar la cuestión oyó decir a un predicador fundamentalista que "Navidad es cristiana, Año Nuevo sintoista, Abril budista y fiestas de invierno a primavera son para el mundo laico del consumo"...

Por eso preguntó, fingiendo ingenuidad: ¿Cómo debo felicitar mejor las fiestas, con christmas navideños o con las postales japonesas (nenga) ?

-Pues precisamente ayudan los nenga a recordar el abrazo de la Navidad con el Año Nuevo, porque el Año Nuevo oriental ayuda a redescubrir raíces pre-cristianas de la Pascua. Se quejaban algunos por la pérdida de símbolos visibles navideños y protestaban otros por el árbol de Noel en el Vaticano. Pero la historia recuerda orígenes ancestrales de solemnidades religiosas en festivales autóctonos. La Navidad “bautizó” las fiestas del solsticio de invierno -paso de tinieblas a luz- y la Pascua las de primavera: de muerte a vida.

En japonés, el uno de enero es Shin-shun, que significa“Nueva Primavera”. Ya en diciembre, la caída de las últimas hojas del cerezo se solapa con la aparición de los primeros botones que luego, en abril,se abrirán en floracón, deslumbrando por su blancura. Empieza el tránsito, pascua o paso de invierno a primavera justamente esos días de fin y comienzo de año.

El Año Nuevo oriental nos recuerda que Navidad y Resurreccón concuerdan como Pascuas de Primavera para celebrar el nacer y renacer que transforma vida en eternidad,

Navidad y Año Nuevo son Epifanía de la Vida. “La buena noticia es que hay Vida desde siempre en la Fuente de la Vida; os anunciamos la vida que se manifestó en Jesús” ( 1Jn 1-4)... Esa Fuente de Vida no la ha visto nadie, pero Jesús nos mostró su rostro y la interpretó (Jn 1, 18); os lo contamos para que os fieis de Él y os dejeis dar vida (Jn 20, 31).

Tiene mucho sentido decir en español “felices Pascuas” y llamar Pascuas a esta temporada de Navidad y Epifanía, comienzo primaveral que culminará en abril con una explosion de vida. De las Pascuas a la Pascua, el tema central la Epifanía de la Vida.

Esta fue la solemnidad cristiana más antigua; ya en el siglo II, era el Bautismo de Jesús en el Jordán, manifestación de la Vida; siguió el recuerdo de los peregrinos de Oriente: unos caminantes capaces de andar a oscuras siguiendo una estrella.

(Ver más en: El Que Vive. Relecturas de Evangelio, Desclée, cap. 14: Pascuas, Año Nuevo y Primavera).


Navdad y Año Nuevo se abrazan:

24.12.18 | 01:51. Archivado en Bioética

Navidad y Año Nuevo se abrazan: son Pascuas

Una universitaria japonesa -bautizada católica en el último curso de su bachillerato en colegio rellgioso- pregunta : - ¿Cómo sabemos que el 25 de diciembre es el cumpleaños del Niño Jesús? (Si se hubiera educado en el parvulario budista quizás preguntaría si el 8 de abril es el cumpleaños de Buda)

Aclarémonos, no celebramos una fecha de cumpleaños, sino un sentido admirable de
nacer y vivir para dar vida. La alumna que buscaba pruebas de una fecha conocía las genealogías de Mateo y Lucas, pero le faltaba hermenéutica. Para empeorar la cuestión oyó decir a un predicador fundamentalista que "Navidad es cristiana, Año Nuevo sintoista, Abril budista y fiestas de invierno a primavera son para el mundo laico del consumo"...

Por eso preguntó, fingiendo ingenuidad: ¿Cómo debo felicitar mejor las fiestas, con christmas navideños o con las postales japonesas (nenga) ?

-Pues precisamente ayudan los nenga a recordar el abrazo de la Navidad con el Año Nuevo, porque el Año Nuevo oriental ayuda a redescubrir raíces pre-cristianas de la Pascua. Se quejaban algunos por la pérdida de símbolos visibles navideños y protestaban otros por el árbol de Noel en el Vaticano. Pero la historia recuerda orígenes ancestrales de solemnidades religiosas en festivales autóctonos. La Navidad “bautizó” las fiestas del solsticio de invierno -paso de tinieblas a luz- y la Pascua las de primavera: de muerte a vida.

En japonés, el uno de enero es Shin-shun, u significa“Nueva Primavera”. Ya en diciembre, la caída de las últimas hojas del cerezo se solapa con la aparición de los primeros botones que luego, en abril,se abrirán en floracón, deslumbrando por su blancura. Empieza el tránsito, pascua o paso de invierno a primavera justamente esos días de fin y comienzo de año.

El Año Nuevo oriental nos recuerda que Navidad y Resurreccón concuerdan como Pascuas de Primavera para celebrar el nacer y renacer que transforma vida en eternidad,

Navidad y Año Nuevo son Epifanía de la Vida. “La buena noticia es que hay Vida desde siempre en la Fuente de la Vida; os anunciamos la vida que se manifestó en Jesús” ( 1Jn 1-4)... Esa Fuente de Vida no la ha visto nadie, pero Jesús nos mostró su rostro y la interpretó (Jn 1, 18); os lo contamos para que os fieis de Él y os dejeis dar vida (Jn 20, 31).

Tiene mucho sentido decir en español “felices Pascuas” y llamar Pascuas a esta temporada de Navidad y Epifanía, comienzo primaveral que culminará en abril con una explosion de vida. De las Pascuas a la Pascua, el tema central la Epifanía de la Vida.

Esta fue la solemnidad cristiana más antigua; ya en el siglo II, era el Bautismo de Jesús en el Jordán, manifestación de la Vida; siguió el recuerdo de los peregrinos de Oriente: unos caminantes capaces de andar a oscuras siguiendo una estrella.

(Ver más en: El Que Vive. Relecturas de Evangelio, Desclée, cap. 14: Pascuas, Año Nuevo y Primavera).


8 de Diciembre: Agraciadas concepciones, benditos nacimientos

07.12.18 | 12:32. Archivado en Mística, Iglesia católica

Diciembre 8: Virginidad simbólica y materno-paternidad agraciada

Ave María, plena de gracia. Agraciada al ser concebida por Ana y Joaquín con la gracia del Espíritu Santo. Agraciada al concebir con José a Jesús por cooperación con el Espíritu Santo. Agraciada al dar a luz a Jesús y a sus hermanos y hermanas.

Ave, María y José, agraciados y bendecidos, junto con todas las madres y padres que reciben como un don del Espíritu los hijos que procrean y, al engendrarlos , consuman la virginidad simbólica que se realiza en la maternidad y paternidad.
Porque no es incompatible la unión de los progenitores con la acción del Espíritu: la criatura nace por la unión de sus progenitores y por gracia del Espíritu Santo.

El Espíritu entró en Ana por la puerta de la vida a través de Joaquín. El Espíritu entró en María por la puerta de la vida a través de José. María salió del seno de Ana por la puerta de la vida, empujada y atraída por el Espíritu. Jesús salió del seno de María por la puerta de la vida, empujado y atraído por el Espíritu. Sin comadrona a mano, José ayudaría en el parto.

Hoy es la fiesta de la gracia original. Pero María llena de gracias no es una excepción. Toda criatura nace en gracia original. Las metáforas del bautismo como borrador de manchas originales y la metáfora de la inmaculada como preservada de manchas originales provienen de una confusión y malentendido sobre el pseudo-símbolo del pecado original.

El mal llamado pecado original no es originario ni mancha antes de nacer. Su nombre exacto es el pecado del mundo. La criatura, que nace sin ninguna mancha, sale a la luz en un mundo en el que está ya extendida una red de pecado. Como quien entra en una sala de fumadores y se contamina con el humo. No es apropiado comparar el bautismo con una lavadora; más pertinente sería la comparación con la vacuna.

En todo caso, dejando aparte malentendidos sobre culpas originales y concepciones manchadas, en vez de hablar de la Inmaculada como excepción, deberíamos celebrar a María, como el símbolo de la gracia original y purísima gratuidad de la criatura creada para ser creadora.

María recuerda a todo padre y madre que su unión esponsal y el nacimiento de su prole son obra de la pareja por gracia de Espíritu Santo. Agraciada al ser concebida, agraciada al unirse a José, agraciada al concebir a Jesús. Bendita y agraciada “la que escuchó, la que creyó y la que concibió” : estos son los tres sentidos profundos de la virginidad como acogida simbólica de la gratuidad del amor.

Ojalá en nuestras catequesis podamos hablar a los adultos como a niños y a los niños como a adultos sobre el sentido profundo de la virginidad simbólica es perfectamente compatible con la procreación biológica o la pluralidad de formas de adopción y de unión de vida y amor en las diversas orientaciones de la sexualidad.

(Para ver más: El Que Vive. Relecturas de Evangelio, caps 7 y 8: Sueños de alumbramiento virginal, Sueños de virginidad procreadora, ed. Desclée Dd Brouwer, Bilbao, 2017).


R.I.P. Juan Sánchez Rivera, jesuita hispano-japonés

07.11.18 | 11:54. Archivado en Compañía

Juan ya vive en El Que Vive.

Con su nariz aguileña, rostro barbudo y porte estilizado de cuadro del Greco, el abulense dejó desconcertado al funcionario de aduanas que revisaba su pasaporte en Barajas. “No me diga que es usted japonés”. “Pues sí, lo soy, español nacionalizado japonés y jesuita para más señas”.

No era la primera vez que Juan sorprendía a un policía celoso. Recién llegado de Japón en visita de verano, conducía un vehículo de alquiler por Rosales y se saltó un semáforo. El municipal que le obliga a frenar le increpa: “¿Es que no tiene usted ojos para ver que está en rojo?” “ Sí, sí, lo he visto, pero me llevó la prisa, perdone, perdone...”dice Juan mientras saca la cartera y pregunta al agente; “¿Cuanto le debo por la multa?“ El agente no da crédito a la escena inusitada (En este país no es corriente pedir perdón y dar gracias). “Pero hombre de Dios, ¿usted de donde ha salido?” Juan se ríe: “Lo de hombre de Dios es verdad, porque soy cura. De donde vengo es de Japón...” El agente lo toma por loco y dice: “Ande, váyase y lleve cuidado”...

El P. Juan Sánchez-Rivera Peiró (Hoan Ribera,1938-2018), después de una larga etapa de docencia en la Universidad Sophia (Psicología, Antropología, counseling) y de haber desempeñado, entre otros cargos, el de superior de la comunidad del teologado, fue enviado para dirigir la enfermería de los jesuitas de la provincia japonesa.

En esa enfermería está ahora cuidando su salud el ex-Superior General, Adolfo Nicolás que, desde su silla de ruedas, nos dice escuetamente el mejor obituario para Rivera: “Juan era una persona destinada a humanizar las comunidades en las que vivió, sobre todo, en los once años de acompañar en esta etapa ascendente a sus hermanos”.

Sus compañeros de los años de escolasticado en Alcalá de Henares recuerdan el impacto de dos de sus libros que fueron emblemáticos de tiempos postconciliares. Recomendarlos me parece oportuno como recordatorio: Manifiesto de la nueva humanidad, y El rostro del hombre. (Ed.San Pablo)

Juan M. Sánchez-Rivera nació en Piedrahíta (Ávila) el 18 de junio de 1938, ingresó el 3 septiembre 1955 en la Compañía de Jesús,y fue ordenado sacerdote, en Tokyo, por el arzobispo Shirayanagi el 24 marzo de 1973. Descanse en paz en la Vida de la vida.


Acompañar dignamente el buen morir

19.10.18 | 14:40. Archivado en Bioética, Eutanasia


Respetemos dignamente la dignidad de la persona moribunda

Cuando se dividen las opiniones partidarias de una ley de muerte digna y las de una ley de eutanasia, conviene recordar que ninguno de los dos títulos es apropiado, ni gramaticalmente ni éticamente.

“Ley de eutanasia” conlleva ambigüedad y dificulta distinguir entre una eutanasia injustificada y la opción justa y responsable por aceptar la llegada irreversible del final de la vida.

“Ley de muerte digna” tiene el inconveniente del uso adjetivo de la dignidad para calificar a la muerte, en vez del uso sustantivo de la dignidad como cualidad inalienable de las personas. El adjetivo "digna" califica a la persona, no a la muerte. La persona tiene derecho a vivir dignamente hasta el momento de morir, mientras y cuando muere...

Además, no se debería plantear la cuestión como un dilema entre opción por los cuidados paliativos y opción por la eutanasia, como si fuesen alternativas paralelas.

Me parece más apropiado el uso adverbial de la dignidad (“dignamente”) para calificar al acompañamiento humano, respetuoso y responsable –a nivel individual, familiar, médico y social- del proceso de morir.

En esta regulación social para acompañar dignamente a la persona moribunda deberían tener cabida, con la gradualidad oportuna, diversos pasos como los siguientes:

aplicación adecuada de la medicina curativa;
regulación del uso proporcionado de los medios de prolongación de la vida;
aceptación de la renuncia a (o suspensión de) medicaciones o tecnologías biomédicas fútiles –incluida, cuando lo sea, la renuncia a la alimentación e hidratación artificiales-;
concentración en el uso de los recursos paliativos –incluida la sedación terminal, debidamente protocolizada y consentida-;
y también, finalmente, la necesidad de proteger los derechos, autonomía y dignidad de la persona paciente en los casos especiales de opción responsable y justificada por una aceleración del proceso de morir –que, al menos, debería estar despenalizada-.

Por eso propuse, en 2007, que sería deseable una legislación sobre buen morir, como título general, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una solicitud de eutanasia sea justa y autónoma y pueda llamarse “buen morir responsable de la persona digna hasta el final”.

(Véase el estudio Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007).

Permítanme, lectores y lectoras de este blog, que remita, para los detalles de esta enumeración de etapas en el proceso de morir, a lo escrito en los dos posts anteriores:

Opción pro-vida y buen morir, compatible con eutanasia despenalizada- (Religión digital 25.08.2018).

No confundir eutanasia injusta con buen morir o eutanasia responsable (Religión digital 27.06.2018).


Opción pro-vida y buen morir, compatible con eutanasia despenalizada

25.08.18 | 21:49. Archivado en Bioética, Eutanasia

Permítaseme insistir y perdón por el titular largo. Así tiene menos garra, dirá la dirección de RD; pero no valgo para propaganda comercial o política, mi deformación profesional es hermenéutica: “aclaremos, que algo queda”.

Con expresiones exageradas, algún comentarísta menos amable juzgaba mi post anterior en este blog con el letrero de pro-eutanasia y pro-abortista. Temo que ese juicio precipitado fomente precisamente los malentendidos en bioética que intento deshacer.

El títular de mi entrada en el blog el 27 de junio pasado rezaba así:
No confundir eutanasia injusta con buen morir o eutanasia responsable .

No se trata de estar a favor o en contra de una “eutanasia”(así entre comillas), en la que se confunda lo justo con lo injusto o lo responsable con lo irresponsable.

No se trata de dividirse las opiniones de un modo partidario (por ¿oportunismo electoralísta?)entre quienes “están a favor” y quienes "están en contra”, como si fuera una cuestión de aficionados a favor de uno u otro equipo. Se trata de aclarar y no confundir. Que no nos pase como en aquella manifestación en que gritaban desaforadamente: “¡Abajo el energúmeno!” Y entre grito y grito, uno de los que portaban la pancarta en cabeza, con señera de la región le dice al de al lado: “Oye, ¿quién era el energúmeno?” ...

Bromas aprte, mi opinión principal en el post anterior era: “ sería deseable una legislación sobre buen morir, como título general, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una solicitud de eutanasia sea justa y autónoma y pueda llamarse “buen morir responsable de la persona digna hasta el final”. (Véase el estudio Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007).

Los puntos de confusión que puse como ejemplo pretendían precisamente ayudar a no confundir lo justo y responsable con lo injusto e irresponsable.

Por eso la insistencia en subrayar la importancia de no dividir en dos equipos, uno rojo y otro azul; uno, pro-paliativos; y otro, pro-eutanasia; unos, pro-eutanasia en general para todos; otros, anti-eutanasia en todos los casos.
Por eso mi interés en subrayar, en el informe tan competente y completo del P. Francesc Abel, SJ (q.e.p.d.), desde el Instituto Borja de Bioética, la frase siguiente:

‘ Lucidez y responsabilidad en el último acto de la vida pueden significar una firme decisión de anticipar la muerte ante su irremediable proximidad y la pérdida extrema y significativa de calidad de vida. En estas situaciones se debe plantear la posibilidad de prestar ayuda sanitaria para el bien morir, especialmente si ello significa apoyar una actitud madura que concierne al sentido global de la vida y de la muerte ‘.

Hecha esta aclaración, propongo que se tome en serio en el debate legislativo la conveniencia, necesidad y oportunidad de garantizar la seguridad jurídica para la protección de los cuatro pasos siguientes en el cuidado del proceso de morir:
A) Ante las solicitudes de ayuda en el proceso de morir:

1) Proteger la práctica de la moderación del esfuerzo terapéutico (incluida la retirada de alimentación e hidratación artificiales)

2) Proteger la gradualidad en el uso de los recursos paliativos, así como el acceso justo a ellos

B) Ante las solicitudes de ayuda para morir dulcemente:

3)Proteger el control prudente de la sedación profunda en fase terminal

4) Proteger las decisiones autónomas y responsables de aceleración del proceso de cese vital, asegurando que no se viole la dignidad y derechos de las personas pacientes (despenalización de la aceleración assitida del proceso de morir).

(Ver más detalles en Cuidar de la vida. Debates bioéticos, Herder, 2012, pp. 123-163)


No confundir eutanasia injusta con buen morir o eutanasia responsable

27.06.18 | 14:09. Archivado en Bioética, Eutanasia

Escribir sobre este tema no apetece. Dirán: “ya está muy visto”. Pero se repiten los malentendido cada vez que se debate sobre regular el buen morir y la necesidad de legislarlo. Hay que aclarar la cuestión y divulgar la aclaración. De momento, cinco puntosas:

1. Estar en contra de la regulación no significa ser pro-vida. Estar a favor no es ser anti-vida. (Como tampoco ser católico significa votar a determinado partido, ni la opinión de dicho partido representa la ética católica).

2. El buen morir respetando la dignidad de la persona (que puede conllevar a veces una solicitud de eutanasia justa) no se debe confundir con la eutanasia irresponsable.

3. Una eutanasia justa (cumplidas las condiciones de respeto a la dignidad y libertad de la persona) no se puede equiparar con el homicidio, como tampoco puede ni debe llamarse suicidio al asumir responsable y libremente la propia muerte.

4. La opción responsable por una eutanasia justa no significa optar por la muerte y contra la vida, sino elegir cómo vivir cuando se muere (how to live while dying, R. Mc Cormick).

No se debe llamar a esa opción “muerte digna”, sino respeto de la dignidad en el proceso de morir.

Por eso sería deseable una legislación sobre buen morir, como título general, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una splicitud de eutanasia sea justa y aiutónoma y pueda llamarse “buen morir responsable de la persona digna hasta el final”. (Véase el estudio Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007).

5. En los debates sobre regularización legislativa no debería plantearse el tema del recurso a paliativos como si fuera un dilema entre paliativos y eutanasia. Hay que garantizar, ante todo, el acceso equitativo al uso de paliativos, así como el de la sedación terminal debidamente consentida y protocolizada. Pero, eso supuesto, teniendo en cuenta las situaciones de solicitud de eutanasia, habrá que garantizar las condiciones para que sea justa, es decir, “buen morir responsable de la persona digna”.

Hace ya años que, con la guía de pioneros de la bioética católica en nuestro país (como Javier Gafo SJ y Francesc Abel SJ), se venían debatiendo y estudiando profesionalmente estas cuestiones con la colaboración de la Cátedra de Bioética de la U.P. Comillas, en Madrid, y en el Instituto Borja de Bioética, en Cataluña. Me permito remitir a mi ensayo de divulgación Cuidar la vida. Debates bioéticos, Herder, Barcelona 2012, del que tomo la cita siguiente del Informe del Instituto Borja (que fue un hito significativo en el giro del debate desde el doble punto de vista de una ética civil y religiosa :

“Presupuesta la apuesta por la vida de toda persona, con la debida atención sociosanitaria y la exigencia de asumirla responsablemente como un don, pero teniendo en cuenta aquellas situaciones en que la vida se percibe solo como carga en la espera dolorosa y agónica de la muerte, hay que reflexionar sobre las condiciones médicas, legales y éticas para la protección del buen recorrido del proceso de morir en los diversos casos, incluidos aquellos de solicitud de eutanasia justa. Dice así el citado Informe:

‘ Lucidez y responsabilidad en el :ultimo acto de la vida pueden significar una firme decisión de anticipar la muerte ante su irremediable proximidad y la pérdida extrema y significativa de calidad de vida. En estas situavciones se debe plantear la posibilidad de prestar ayuda sanitaria para el bien morir, especialmente si ello significa apoyar una actitud madura que concierne al sentido global de la vida y de la muerte ‘.


Los del 58, en el Colegio marista del Malecón,sesenta años después

09.06.18 | 06:06. Archivado en Religion y sociedad, Iglesia católica

Dedicado a la fe vacilante de nuestro curso en el Colegio marista del Malecón.

¿Un autor reseñando su propio libro? Parece pedante. Más valdría encargar la propaganda laudatoria a un amigo, cuyo nombre venda bien. En mi caso, pecaré de inmodesto a fuer de sincero. Quiero celebrar, con la dedicatoria del librito, el sesenta aniversario de la promoción que cursaba el Preuniversitario de 1958 en Murcia, en el Colegio del Malecón (Hermanos Maristas).

Estudiábamos a Calderón, la historia de Portugal, el griego de Sócrates y la doctrina social de la Iglesia. Durante los siete años de enseñanza secundaria no faltó nunca la clase de religión con los textos de la época preconciliar: nada de aspirina infantil, sino dosis fuertes de antibióticos de dogma, moral y liturgia.

Una “miajica” distinto de aquellos manuales de Edelvives es el libro que hoy presento inmodestamente, dedicándoselo a mis compañeros de clase de aquellos días. Se titula El que vive. Relecturas de Evangelio,l Que Viv ed.Desclée de Brouwer, Bilbao, 2017.

Recuerdo un episodio de cuando los militantes de acción católica íbamos el fin de semana a dar catecismo a los niños en La Arboleja y se repartía la ayuda americana de alimentación. Alargaba la explicación difícil el catequista, Ripalda en mano, comparando la salida del Niño Jesús del seno de su madre con la de “un rayo de sol atravesando un cristal, sin romperlo ni mancharlo”. Uno de los peques, con cara de inopia y moco sin limpiar, sacudía la cabeza extrañado. Él había visto nacer más de una cabrita en el corral. Su madre, que aguardaba de pie bajo la higuera, le chilló al catequista: “Corte el rollo, hombre, que los críos a lo que vienen es a por el queso americano”.

Cuando me despedí en 1958 para entrar en el noviciado de la Compañía de Jesús, pontificaba hieráticamente Pío XII. Cuando me volví a despedir en 1965 para partir hacia Japón, estaba concluyendo el Concilio Vaticano II y se respiraban los aires tonificantes de Juan XXIII (ahora recuperados medio siglo después, gracias a la humanidad evangélica de Francisco el Misericordioso).

En los años siguientes, cada viaje de vuelta a Murcia era una ocasión de repetir, entre tapa y tapa con los ya menos jóvenes amigos, la conversación del “cuéntame lo que pasó, seténtame, ochéntame...”, cuestionando la fe inestable, vacilante y vacilada, de nuestra generación.

Reflejo de esas tertulias son las entradillas, entre corchetes y en cursiva, que encabezan cada capítulo de estos ensayos. Imitando el aire de las narraciones bíblicas “midrash”, intenta el autor redescubrir el sentido de la Palabra y recrearla releyéndola a la luz de experiencias de vida. Agrupadas al hilo del calendario eclesial, señalan estas escenas hitos del camino para la fe vacilante: advientos esperanzados, navidades entrañables, epifanías de vida, vía crucis cuaresmales, espinas de pasión, luces de Pascua, seismos de Pentecostés y encrucijadas de iglesia en crisis.

Me pregunto qué pensarán mis compañeros de promoción, sI se dejan seducir por mi reseña y alegran a editorial y librero adquiriendo un ejemplar.

Si hay quien tienda a fundamentalista, se podría escandalizar al comprobar que Lazaro no sale de la tumba o que en Caná de Galilea faltó agua y sobró vino, o que en Naím fue la viuda, y no su hijo, la que revivió, o que Jesús reprende a Ratzinger como a Pedro, o que la virginidad no se pierde con la maternidad de María y la paternidad de José, o que hubo mujeres protagonistas en La Última Cena y concelebrantes femeninas en Emaús...

Si los hay más radicalres, quizás alguno ironizará: “Este amigo, a fin de cuentas, es jesuita y, por detrás del aparente desenfado, es muchísimo más carca de lo que ustedes sospechan”.

O tal vez alguno pregunte: “¿Qué clase de fe es la de este cura?”

Confío que haya quien reaccione sin tapujos confesando: “Lo que cuentas, amigo, es obvio y lo pensábamos desde siempre sin osar decirlo. Por eso nos aburríamos tanto en alguna “asignatura María” o cuando escuchábamos, por compromiso con la cofradía de la que éramos nazarenos, los sermones del quinario cuaresmal.

Pues a unos y otros les diré: gracias por haceros con el libro, pero no os fatiguéis leyéndolo de un tirón. Con el título ya está dicho todo. El Que Vive. Es el mejor de los nombres de Cristo. El autor pretende dar testimonio de creer que Él Que Vive nos hace vivir. ¿Increible, dirán? Pero lo creemos porque su Espíritu nos hace creer.


No al exorcismo mágico. Sí a la bendición espiritual

14.04.18 | 14:03. Archivado en Iglesia católica

No al exorcismo mágico. Sí a la bendición espiritual

-Rita (nombre ficticio para salvar privacidad): Una pregunta, padrecito, ¿usted cree en el diablo?

P. Juan: ¿Por qué me lo pregunta, Rita?

R: Es que necesito encontrar un padrecito que crea en el diablo para que me pueda hacer un exorcismo, y me libre de estas convulsiones que me dan y de esta furia que me entra por romper cosas y enfadarme contra mi familia y me dan ganas de hacer daño a la gente. Mi madre dice que me tienen que hacer un exorcismo, que estoy poseída por Satanás. Pero mi padre, que es de otro país y no es católico, dice que donde tengo que ir es al médico, que esto es enfermedad mental. Ya una vez fui a un cura a pedirle que me eche agua bendita, pero dijo que no hay que creer en tonterías. Por eso le pregunto a usted.

J: Ya, comprendo pero ¿te das cuenta, hija, que me estás haciendo tres preguntas distintas al mismo tiempo. Vamos por partes.Me has preguntado tres cosas.
1.Me has preguntado si existe el diablo y si yo creo que existe
2 Me has preguntado si te puedo hacer un exorcismo
3. Me has preguntado si te puedo ayudar a curarte porque estás sufriendo mucho. ¿No es así?
R.Sí, padrecito, entonces ¿qué me dice?

J. Pues empecemos por la tercera pregunta. Si te ayuda que hable contigo para que me cuentes lo que te pasa, y que recemos juntos para que Dios te ayude a librarte del mal (como decimos en el Padre nuestro, “líbranos del mal”) estoy a tu disposición para lo que pueda ayudarte. Vamos a rezar juntos con fe y confianza en que el poder de Dios es más fuerte que cualquier poder maligno que nos atormente (lo mismo da que ese poder maligno sea un diablo o sea el lado oscuro de cada uno de nosotros). Lo importante es creer en el poder de Dios, y en el poder que Dios ha puesto dentro de nosotros para que nos curemos. Por eso Jesús decía, cuando curaba a una persona: “tu fe en el poder de Dios es lo que te ha curado”

R. Bueno, algo es algo, padrecito, pero...

J: Ya sé, la segunda pregunta, tú lo que quieres es un exorcismo.

R: Sí

J. Pues mira, yo no puedo hacerte un exorcismo como magia para expulsar fuera de tí a un diablo que te tenga poseída. Lo que sí puedo hacer es algo mucho mejor y más eficaz, que es darte de parte de Dios la bendición, mejor dicho, rezar junto contigo para que Dios te bendiga. Para eso lo que hace falta es que tú y yo creamos, que tengamos fe en el poder de Dios.

R: Y me va a dar esa bendición con agua bendita y con el arma de la cruz?

J Sí, pero el agua no es magia, sino un símbolo precioso de la bendición y la vida que Dios quiere derramar sobre tí como en el bautismo. Y la cruz no es un amuleto ni un arma para matar demonios, sino la señal de Cristo crucificado y vivo para siempre, que te quiere dar vida. Y la bendición no es como si dijeras “abracadabra”, la bendición es una oración y una acción de gracias, una medicina de Dios para tu cuerpo y tu espíritu, y un derramar sobre tí gracia y paz y alegría.

R Entonces bendígame padrecito. Y ¿puedo venir también otro día por si se me acaba el efecto?

J Puedes venir siempre que quieras. Pero que sepas que esto no es como la batería del móvil, que hay que recargarla. La energía de la bendición de Dios te la está dando Él continuamente, Dios mismo te está recargando la batería a cada momento. La bendición que te doy ahora es una señal de que esa bendición te la está dando Dios siempre. Así que, levanta el corazón a Él cuando estés bien para darle gracias y cuando estés mal para pedirle ayuda, y puedes estar segura de que lo tienes siempre a tu lado para bendecirte.

R Pues ya me voy más tranquila.

J Y no necesitas que hablemos de la pregunta que quedaba, lo de si existe el diablo y si este cura cree o no cree en el demonio.

R. Bueno, lo cierto es que por curiosidad... además, que el otro día dijeron por la radio que el Papa Francisco ha ha dicho que el diablo existe y no se qué pensar después de lo que usted me ha dicho...
J. Eso lo podemos aclarar, mira precisamente en la reunión de catequesis después de la misa de hoy vamos a leer y comentar una carta muy buena que acaba de escribir el Papa sobre la importancia de vivir bendiciendo a Dios que nos bendice y de descubrir lo santo en lo cotidiano. Toma, te doy la página que explica lo que ha dicho el papa sobre el poder de Dios más fuerte que el poder del mal, ya sea un diablo o no lo sea.

(Copio el resumen de la catequesis sobre el final del Padre Nuestro: Líbranos del mal y de todo lo maligno)

PUNTOS DE CATEQUESIS SOBRE EL PODER MALIGNO. dice que el poder diábolico se expresa en un ser personal, pero no que el diablo sea un dios maligno. No se puede decir que el diablo sea un dios maligno o una divinidad del mal enfrentada en igualdad de condiciones con el Dios bueno. Cuando el influjo de otras religiones dualistas penetró a nivel popular en el pueblo del Antiguo Testamento hubo necesidad de decirle al pueblo creyente en el Dios único que ni ángeles ni demonios pueden ser divinidades sino criaturas, por eso se simbolizó al poder diabólico como “ángel caido”.

2. El Papa no afirma el fenómeno de la posesión diabólica. Al contrario, dice que “Él diablo no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios”.

3. Más que preguntarse si existe, tendríamos que preguntar cuántas veces todos y cada uno de nosotros, al dejarse llevar por su lado oscuro, ha expresado el poder diábolico en su vida.

4. Habría que decir que el diablo, más que “un ser “ es toda una legión (como se insinúa en el evangelio según Marcos 5,9: mi nombre es legión, porque somos muchos. Mis muchos “yoes”, los de mi lado oscuro, el de mi yo engañado, arrastrado, seducido, extraviado... todos esos son los diablos, expresión en forma de seres personales (no de divinidades malignas) del poder del mal, que puede y debe ser vencido por el poder divino.

5. El Papa no recomienda exorcismos de magia contra Satanás, sino la bendición espiritual de los sacramentos. Para el combate, dice, tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero.

6. Lo principal en toda esa parte final de la carta del Papa no es la cuestión de si existe o no el diablo, sino el tema del discernimiento en nuestra vida de si actuamos de acuerdo con el buen espíritu o el mal espíritu dentro de nosotros.


Miércoles, 23 de enero

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