"Me considero hoy, con mis 86 años, una militante cristiana, procurando ser testigo de Cristo en todos los momentos de mi vida"
Juliana Gómez Erradón*
(Ex-presidenta de la HOAC femenina. Este testimonio fue escrito para esta revista hace 14 años. Lo retomamos como homenaje con motivo de los 100 años que cumplirá el próximo 22 de diciembre.)
Queridos amigos de Id y Evangelizad:
Me pedís que escriba un pequeño testimonio. Os quiero tanto, que no soy capaz de negarme, pero sabéis que he tenido poco tiempo de adquirir cultura.
Trabajé prácticamente desde que tenía uso de razón. Lo poco que sé, he sido yo sola a fuerza de tesón, y por el cargo que me encomendó la Iglesia, muchas noches, mis pocas horas de sueño, las pasé aprendiendo lo poco que sé. No es una disculpa. De mi edad, de la clase trabajadora, están más o menos como yo. Sobre todo por esos pequeños pueblos que la mayoría de las veces no teníamos ni maestros.
Un abrazo muy fuerte para vosotros en Cristo obrero y pobre,
hasta mañana en el altar,
Juliana.
Me considero hoy con mis 86 años una militante cristiana, procurando ser testigo de Cristo en todos los momentos de mi vida. La trayectoria para llegar a este encuentro con Cristo y su Iglesia ha sido :
Nací en un pueblecito de la provincia de Toledo. Fuimos 12 hermanos. Mis padres eran pequeños terratenientes. Como todos los demás vecinos, no tenían grandes inquietudes por nuestra formación. Bautizados, sí, pero sin la menor idea de este maravilloso sacramento. Hice mi primera comunión con las mismas características que el bautismo.
Con 15 años me vine a Madrid. No tenía ni la menor idea de lo que suponía ser cristiano. Donde trabajaba me mandaban todos los domingos a misa y yo aprovechaba para, en compañía de otras amigas, pasear por el Retiro (¡cuánta inocencia !).
Ya adulta, sin ser una gran pecadora, tampoco era una santa (todas las personas por incultas que seamos, sabemos lo que está bien y lo que está mal, y esto sí que me lo inculcaron mis queridos padres, que Dios tenga en el Cielo), me casé a los 28 años. También sin la menor idea del sacramento que recibíamos. Mi marido (que tengo la seguridad que me espera en el Cielo -para mí no tengo esa seguridad-) era un hombre bueno, honrado y trabajador. Tuvimos tres hijos de los que hoy me siento orgullosa.
A partir de entonces yo sentía deseos de aprender todo lo que fuera útil para mi hogar, mis hijos y mi marido, así que me apuntaba en la parroquia a los cursos que ofrecían. Aprendí cosas como primeros auxilios, vendajes, inyecciones... También nos daban charlas de distintas cosas, y así, como si fuera de poca importancia, nos daban temas de religión. Esto a mí me hizo profundizar en el tema. Me molestaba que nos hicieran rifas. A las que no faltaban y eran puntuales, les daban una toalla o una sábana. Por supuesto, yo no cogí nunca nada.
Surgió entonces la Hermandad de Acción Católica a la que yo me apunté enseguida. Aquello me llenó desde el primer momento. Allí no se daban cosas; allí se hacían personas. Yo aprendí a valorar todo lo que quería para la educación de mis hijos: que tuvieran una cultura y fueran buenos cristianos, cosas que yo no había recibido.
Pero mi encuentro de verdad con Cristo fue en un cursillo de esta Hermandad que nos dieron don Tomás Malagón y Guillermo Rovirosa. Los dos están gozando ya del Padre. Aquello fue para mí como un coger un calcetín y darlo la vuelta: cambió mi vida totalmente. Todas las personas que me rodeaban se dieron cuenta. Mis hijos no; eran demasiado pequeños, aunque estoy convencida que fueron, juntamente con mi marido, los más beneficiados.
Empecé a sentir orgullo de pertenecer a la clase obrera y a ser la esposa de un obrero. Ya todo lo que hacía tenía otro sentido. ¡Qué grandioso era ver a Cristo en el otro, sobre todo en los más necesitados! Vivir la pobreza, la austeridad con alegría; saber compartir hasta lo que necesitas para vivir; saber que nada es tuyo sino de aquel que lo recibe: Cristo mismo. Amar y defender todo lo que es justo; poner tu granito de arena para conseguir ese mundo nuevo, más justo, más solidario; ser portadores de paz: de la paz que da el saberse hijos de Dios. Que sólo nos produzca intranquilidad ver tanta injusticia, tanto sálvese el que pueda, pasar como el fariseo ante el samaritano herido.
Yo, os aseguro, que a partir de mi encuentro con Cristo, todo lo que he tenido que hacer, con familiares o extraños, a Cristo, se lo he hecho, con alegría y cuando me han llegado cosas duras, es cuando más he agradecido a Dios con toda mi alma el ser hija de la Iglesia Esposa de Cristo.
Siento una gran pena por las personas que no tienen fe. Admiro y pido mucho por las monjas y frailes de clausura que piden mucho por nosotros los pecadores. También por los misioneros que tanto están ayudando espiritual y materialmente a nuestros hermanos los más necesitados.
Por esos pueblos ricos empobrecidos por el egoísmo y la insolidaridad pido a Dios, y para que nos dé muchos militantes seglares que trabajen, como ya muchos lo están haciendo, por la cultura y la promoción de los pueblos en organizaciones de la Iglesia.
Yo me digo militante cristiana. En realidad, y con mis 86 años, pido y pido a Dios por todos, y en mi intento de hacer todo el bien que puedo, pienso que me pedirá Dios cuentas de mis pecados de omisión.
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Domingo, 19 de febrero
Asoc. Humanismo sin Credos
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