Publicado en Id y Evangelizad nº56
"Llevo años con un peso angustioso en el corazón... Hace unos domingos que vengo a misa y mis ojos miraban y miraban a los que se acercan al confesionario... Yo no me atrevía, pero hoy ya no podía más y aquí estoy, padre. ¡Ayúdeme, no confieso desde que recibí la Confirmación, hace más de diez años...! He abortado, padre... No puedo perdonarme a mí misma".
La angustia de aquella joven, casi una niña, se palpaba. Sus lágrimas eran sobradamente elocuentes. Las de ella y las de tantos otros, madres y padres que tienen clavado en el alma ese cuchillo terrible de un remordimiento sin fin, imposible de extirpar por cirugía ni psicología alguna de este mundo. Se habla del síndrome postaborto en las madres que lo han provocado, pero cuantos tratan de describirlo no alcanzan a imaginar, ni de lejos, la real desesperación que encierra; en el confesionario, sí que se percibe. Al igual que se percibe cómo se transforma en la paz verdadera, la que sólo Dios puede dar.
Así pude verlo aquel domingo en la joven que se acercó a confesar. Su rostro comenzó a iluminarse con sólo abrir sus labios temblorosos y descargar el peso inmenso que oprimía su corazón diciéndole a Cristo, presente en el Sacramento, todo ese dolor tantos años carcomiendo su alma, con el dolor añadido de estar ocultando la carcoma ante los demás con el disfraz de la falsa alegría. Se iluminó como el rostro de aquel muchacho poseído al que los discípulos, según refieren los evangelios, no podían sanar y fue Jesús quien lo liberó del Maligno: ¿Por qué nosotros -le preguntaron- no pudimos expulsarlo? La respuesta del Maestro fue reveladora: Esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración. Si no hay bálsamo humano capaz de curar plenamente las heridas del alma, por pequeñas que sean, ¿cómo lo va a haber cuando se trata de la clase de herida más mortal que pueda existir? Sólo el Dueño de la vida puede resucitarla. Acudir a Él es el único camino, y eso es la oración: abrir el alma a la luz infinita del amor de Dios, abrirla de par en par, tanto más cuanto más sumida está en las tinieblas.
Yo vi esa Luz, poderosa y suave al mismo tiempo, repetidamente. La de aquella muchacha no fue la única confesión de aborto provocado aquel día. Hubo más, y también en otros sucesivos, de madres y de padres, jóvenes y menos jóvenes, con angustia acumulada de años, que podía ver cómo se transformaba en esa paz y esa alegría divinas, desconocidas para el mundo. Y, sin embargo, no podían ser más plenamente humanas. Se hacía evidente cómo la esencia de lo humano es justo la imagen de Dios que lo llena de vida y de esperanza. Por ello no sirve lo de Yo no tengo por qué ir al confesionario, yo me confieso directamente con Dios. ¡Pues de eso se trata! ¡Directamente! De tal modo que pueda sentir sus manos visibles que abrazan y su voz humana que lleva el perdón y la paz hasta el fondo del corazón. ¿Por qué, si no es por esta exigencia humana, el Hijo Unigénito de Dios se ha hecho carne y vive para siempre encarnado en su Cuerpo que es la Iglesia?
De la desesperación, a la esperanza
La desesperación que provoca el pecado, ¡y de qué modo el del aborto provocado!, sumiendo en la más espantosa soledad, sólo Dios puede curarla. Y, aquel domingo, sentí con fuerza la gran verdad de lo que dice Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana: Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad...; el que reza nunca está totalmente solo. En efecto, esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración.
Se nos quiere vender, en ese mercado de la apariencia del Matrix irreal que hoy pretende invadirlo todo, que abortar es una liberación para la mujer. O que liberación y progreso es también el divorcio, eso sí, vistiéndolo con la categoría del glamour de los famosos de moda; y toda clase de promiscuidades sexuales, eso sí, utilizando, y así profanando, la palabra amor; y el asesinato de los ancianos y los enfermos que molestan, eso sí, llenándose la boca con la palabra dignidad... Pero la realidad es muy distinta. Exactamente, la contraria. ¡Bien que lo testimonia ese confesionario que dicen tantos tenebroso y oscuro, cuando realmente es el lugar de la luz infinita que descubre hasta qué punto la mujer, y el hombre, cada vez en edades más tempranas, se hallan sumidos en la más horrible esclavitud, por mucho que se les quiera hacer creer que viven en el más feliz de los mundos!
El libro El genocidio censurado, de Antonio Socci, recoge palabras de Juan Pablo II a vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto, que expresan admirablemente donde está la verdadera liberación, que toma cuerpo concreto en ese espacio de libertad y de esperanza plena que es el sacramento de la Misericordia. Habrá quien piense -muchos menos de los que lo dicen- que es algo para gentes a las que les van esas cosas de la Iglesia, pero cada día veo más claro que se trata de la primera necesidad de todo ser humano, si no quiere perderse en la soledad espantosa de la desesperación, o en el horrible cinismo que destruye el alma.
Vale la pena terminar este testimonio evocando esas palabras de Juan Pablo II en su encíclica Evangelium vitae, rebosantes de la misericordia de la Iglesia, que sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que, en muchos casos, se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática, y que consuela a estas mujeres comprendiendo que su herida aún no ha cicatrizado, sin ocultarles la verdad, porque el Amor infinito nos da la capacidad de mirarla de frente, de que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Pero añadiendo inmediatamente: No os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Porque en la Confesión, abiertas con humildad y confianza al arrepentimiento, el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz.
En mi experiencia sacerdotal, puedo testificar, sin duda ninguna, lo que les dice Juan Pablo II a continuación: Os daréis cuenta de que nada está perdido, ¡e incluso encontraréis la paz de poder pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor!
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Martes, 9 de febrero
Robert Blair Kaiser
Asoc. Humanismo sin Credos
Ediciones Khaf
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Urbano Sánchez García