Contracorriente

Rechazo a la eutanasia desde el ateismo

30.12.08 | 13:33. Archivado en Defensa de la vida
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Bruno Moreno Ramos, viene planteando en su blog un tema muy de fondo al que le vengo dando vueltas.

¿Que razones pueden tener los no creyentes para rechazar la eutanasia y el suicio? Sabiendo que todas las sociedades de la Historia (con las religiones más variadas o basadas en el agnosticismo o el ateísmo) han considerado que podían imponer distintas limitaciones a esa libertad ¿Cómo justificaban esas limitaciones?

¿Creían que era un derecho del Estado por ser Estado o que se basaba en algo aún más importante? ¿Por qué es algo común a todas las épocas, creencias y zonas geográficas?

¿podría usted precisar quién es el titular de la vida humana para alguien que no sea creyente?

Esta pregunta plantea un tema esencial, porque, nosotros los cristianos, al hablar de la eutanasia, solemos alegar inmediatamente que la vida es de Dios y no nuestra. Sin embargo, las normas morales tienen que ser universales y, si la eutanasia es rechazable, lo tiene que ser para todos los hombres, también para los que no creen en Dios. Puede que los cristianos lo vean con más facilidad, pero debe ser posible argumentar desde la razón humana y la naturaleza del hombre, desde lo que es bueno, justo y adecuado, desde lo que le lleva a la felicidad.

En mi opinión, podemos comenzar nuestra argumentación desde un hecho muy simple: si aceptamos la eutanasia porque el ser humano es titular de su propia vida y puede disponer libremente de ella, llegamos inmediatamente a consecuencias inaceptables. Esto es sólo el punto de partida, pero debería hacernos pensar que tiene que haber algo incorrecto en ese razonamiento.

Por ejemplo, si aceptamos que una persona ponga fin a su vida porque le pertenece y puede hacer con ella lo que le parezca mejor, sería igualmente aceptable la venta de órganos, ya que si uno puede disponer libremente de su vida, ¿cómo no va a poder disponer libremente de sus propios órganos, vendiéndolos al mejor postor? Especialmente cuando, en muchos casos, esa venta de órganos responde a situaciones dificilísimas de pobreza extrema. Sin embargo, tengo entendido que la venta de órganos está prohibida por todas las legislaciones del mundo, considerando que atenta contra la dignidad humana.

Otra consecuencia inmediata es que cualquier suicidio sería aceptable. Una vez que hemos admitido que un enfermo puede acortar sus sufrimientos con la eutanasia, ¿por qué tenemos que limitarnos a los sufrimientos físicos? Por definición, el suicida padece graves sufrimientos psicológicos, así que, con los mismos argumentos, sería admisible su suicidio. Más aún, esos sufrimientos pueden ser presentes o temerse su aparición en el futuro, así que también sería aceptable el suicidio por miedo al mañana. Y, siguiendo en la misma línea, no podríamos rechazar ninguna causa de suicidio, por superficial que nos parezca, porque ninguno de nosotros puede entrar en la mente de otro ni medir sus sufrimientos con una regla para decir “los de aquel son importantes pero los tuyos no”. Finalmente, si cualquier suicidio es respetable, recomendar el suicidio también sería aceptable y podrían y deberían hacerlo los profesores, psiquiatras, padres, esposos, hijos o amigos.

La cosa no acaba aquí, sino que, con el mismo razonamiento, podríamos justificar toda una serie de prácticas que, con razón, consideramos absolutamente rechazables. En primer lugar, la esclavitud, siempre que se origine por una decisión voluntaria, como sucedía en muchos casos en la antigüedad. En segundo lugar, la prostitución, como una actividad perfectamente respetable siempre que no haya coerción (eso sí, nunca he encontrado a nadie que desee esa actividad respetable para su mujer, su hija o su madre). También la pederastia, siempre que sea consentida. O los combates públicos a muerte, al estilo de los antiguos gladiadores.

No hay porqué limitarse al campo de la moral de la persona, también en la moral social hay consecuencias inaceptables. Por ejemplo, sería admisible la explotación obrera, con salarios de hambre y jornadas de quince horas diarias, siempre que el obrero los acepte, como sucedía en el s. XVIII, porque no tenga otra opción. Igualmente estaríamos obligados a aceptar el trabajo infantil, con el consentimiento paterno y del interesado.

Termino ya, que esto fatiga. Parece evidente que la idea de que el ser humano puede disponer libremente de su propia vida, sin otra limitación que la libertad de los demás, lleva a consecuencias inaceptables. Como es evidente, esto no responde a la cuestión que nos planteamos, sino que lo único que hace es descartar una posible respuesta: la libertad absoluta del ser humano para hacer con su vida lo que quiera.

Yo tengo ya ciertas ideas sobre el tema, pero creo que es el momento de que los lectores sugieran posibles soluciones para este problema. En este blog, los lectores también trabajan y, a menudo, lo hacen mucho mejor que el autor.

La idea de todos los ejemplos que di es mostrar que, de hecho, todas las sociedades han considerado que esa libertad de disponer sobre la propia vida tiene sus límites. Esto, creo yo, es un hecho indiscutible, que debería hacernos pensar en porqué existen esos límite y en qué se basan. En la práctica, esos límites los suele imponer el Estado en casos graves, pero no de forma arbitraria, sino porque reconoce unos límites ya existentes, que es de lo que tendremos que discutir. Es decir, esos límites no se basan en el propio Estado sino en alguna otra cosa.

Hay que explicar el extraño hecho de que todas las sociedades de la Historia (con las religiones más variadas o basadas en el agnosticismo o el ateísmo) han considerado que podían imponer distintas limitaciones a esa libertad. ¿Cómo justificaban esas limitaciones? ¿Creían que era un derecho del Estado por ser Estado o que se basaba en algo aún más importante? ¿Por qué es algo común a todas las épocas, creencias y zonas geográficas?


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