EL VOTO EGOÍSTA
Por Armando Vallejo Waigand
¿Votaría usted a un partido que propusiese subir los impuestos, para dedicarlos a condonar la deuda externa de los países empobrecidos? No le hablo de dejar de llevar comida a su mesa, sino de subir ligeramente la presión fiscal para ayudar al planeta y a los que viven en él, sacrificando apenas unas migajas de nuestros caprichos.
Este es solo un ejemplo que nos puede ayudar a medir nuestra escala de valores al introducir nuestro voto en una urna.
Quién no ha oído hablar del famoso «voto útil» del que sacan tajada PP y PSOE en cada convocatoria de elecciones. O del «voto cautivo», cuya sola mención nos hace viajar en el tiempo, hasta la Andalucía de los años 80 y 90, cuando Felipe González atemorizaba a los ancianos y a los desempleados con quedarse sin sus prestaciones sociales si ganaba la «derecha». El chantaje ha resultado ser tan eficaz que ahora todos lo practican. El «voto de castigo» es otro viejo conocido de los comicios, y que según los expertos dio la victoria a José María Aznar en 1996. Mucho menos nombrado, aunque no inexistente en el análisis sociológico, es el «voto egoísta».
Dispuesto a utilizar este término en el presente artículo, realicé una búsqueda en Google para averiguar lo original de mi ocurrencia. Suponía que no sería el primero en mentarlo, aunque el sonido de su pronunciación no le resultaba demasiado familiar a mis oídos. Y así es, existen referencias, pero son pocas. En algunas de ellas se eleva a la categoría de valor el concepto de «egoísmo», ideal —y casi imprescindible según sus partidarios— para decidir el voto «adecuadamente» en unas elecciones. El escritor Fernando Sánchez Dragó lo promueve en un artículo publicado en «El Mundo», colgado también en su blog particular bajo el título «Reflexiones electorales de un ciudadano excéntrico», con motivo de las Elecciones Autonómicas y Municipales de mayo pasado. No sé por qué no me sorprende.
A su más puro estilo, parapetado en sus 70 años y su bien ganado título honorífico de intelectual de España, se permite burlarse de quienes creemos que la democracia de un país madura —entre otras cosas— en la medida en que dejamos de pensar exclusivamente en nosotros mismos; en relación al voto y a cualquier otra decisión que exija decantarse por una alternativa entre varias. Pero no tenía yo intención de polemizar en estas líneas con el conductor de Diario de la Noche de Telemadrid, sino más bien reflexionar en voz alta sobre el modo más razonable de depositar el voto en una urna.
Los líderes políticos, siempre bien asesorados, cuentan con nuestro egoísmo —"defensa propia", según Sánchez Dragó— a la hora de votar, y sobre esa base diseñan su estrategia de campaña. Le dicen a cada colectivo, y si pudieran a cada persona, exactamente lo que quiere oír. Por supuesto, saben que no pueden cumplir con todos, entre otras cosas, porque muchas de sus promesas son incompatibles entre sí, algo que trae sin cuidado a los reyes de la demagogia.
El voto egoísta consiste en dar nuestro apoyo al mejor postor, así que los hombres-cartel solo tienen que esforzarse en subir la oferta, que después adornarán con pinceladas de política social, política económica eficaz, o cualquier otra mentira semejante.
Otra tara de la democracia la encontramos en el «voto forofo». Los forofos son los incondicionales —aún sin ser militantes—, que por definición, no ponen condiciones, no dudan, no critican, no exigen, no reflexionan sobre la conveniencia de votar a «su» partido. Más que partidarios de un programa político, son aficionados «ultras» de unas siglas, como lo son los hinchas de un equipo de fútbol —¡los colores son los colores!—, con la diferencia de que los resultados deportivos no tienen consecuencias en las leyes y la economía, mientras que los resultados electorales sí. Es por tanto, una actitud irresponsable.
En el lado contrario se sitúan los indecisos. A mi juicio, ésta es la actitud que denota mayor madurez. El indeciso necesita información para decantarse, y la analizará, previsiblemente, de modo aséptico, aunque siempre bañada en su propia ideología, cuando la hay. Esto no quiere decir que no se deba militar en un partido político. Todo lo contrario. Pero los militantes deben ser los más críticos con sus propios dirigentes, haciendo oír su voz y creando corrientes de opinión internas. Yendo aún más lejos, un militante coherente con sus ideas, será capaz de votar en blanco, o incluso por otro partido, si la dirección programática del suyo le parece inadmisible en determinado momento, lo cual no exige que abandone su afiliación, sino que continúe trabajando para ayudar a recuperar el rumbo que un día le hizo pedir el carnet.
Tampoco puedo obviar en mi reflexión la gran pregunta que nos hacemos muchos católicos cuando llega el momento de votar: ¿existe el «voto cristiano»? Mi opinión es que sí, pero no corresponde a unas siglas determinadas, sino a la forma global de aproximarse a la política.
En concreto, el voto de un cristiano debe ser la antítesis del «voto forofo» y del «voto egoísta». Del primero por irreflexivo y del segundo por antievangélico. La preocupación por las consecuencias del voto en la defensa de los más desfavorecidos —aunque no estemos entre ellos—, en la educación —aunque no tengamos hijos—, en la igualdad de género —aunque no seamos mujer—, en la lucha contra el hambre en el mundo —aunque seamos españoles y estemos a dieta—, por poner algunos ejemplos, debe ser la base de una decisión coherente con nuestra fe. Y por supuesto, la participación ciudadana, más allá de los comicios.
«Las elecciones son la fiesta de la democracia», le encanta proclamar solemnemente a los líderes políticos. En sentido estricto, es más bien la fiesta de ellos. Es cuando reciben el baño de masas que les situará en algún despacho desde el que gobernarán durante los siguientes cuatro años, sin tener la menor intención de volver a escucharnos en ese tiempo. Por eso, participar en la democracia es mucho más que depositar el voto en una urna —eso es lo que a ellos les gustaría para tener un mandato apacible y sin sobresaltos—.
Quien vota se compromete a seguir de cerca la acción política de sus gobernantes para formarse su propia opinión, y desde sus posibilidades, ejercer presión para que las ideas por las que dio su apoyo a un programa electoral, o por las que no se lo dio a ninguno —voto en blanco—, se vean reflejadas en las decisiones que se toman. Cualquier ámbito es válido para hacerlo: partidos políticos, sindicatos, asociaciones vecinales, ONG, agrupaciones culturales, el APA y el Consejo Escolar de los centros educativos, movimientos religiosos...
Esta es la democracia en la que creo, a la que aspiro y por la que trabajo, orientado por mi fe. Por mucho que Fernando Sánchez Dragó me califique por ello como «nocivo» para mis semejantes.
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Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
JC Rodríguez, A Eisman
Josemari Lorenzo Amelibia
Movimiento Rural Cristiano
Angel Moreno
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni