Contracorriente

Creo en la Iglesia.

30.11.08 | 13:23. Archivado en Comunión eclesial
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Por Juan de Dios Martín Velasco
Publicado en Id y Evangelizad nº 60.

El que esté libre de pecado que lance la primera piedra.

De su tiempo escribió R. Guardini que la Iglesia se había despertado en las almas. De los años que han seguido puede decirse que en ellos la Iglesia está siendo exculturada de las sociedades europeas y corre el riesgo de verse expulsada de la conciencia de muchos cristianos.

Las razones de este hecho son numerosas, externas e internas, y suficientemente conocidas para que necesitemos detallarlas.

Precisamente en esta situación estimo más necesario que nunca que los cristianos recuperemos la eclesialidad como dimensión insoslayable de nuestra identidad y confesemos, sin ostentación, pero con gozo, convicción y agradecimiento de poder hacerlo: Creo en la Iglesia. La pertenencia a la Iglesia no comporta ponerla en el centro de nuestra identidad. La fe sólo puede dirigirse a Dios.

Pero la fe cristiana, teologal en su término, sólo puede ser vivida eclesialmente, en el interior de la comunidad que continúa sacramentalmente la presencia del Señor en la historia. En ella me ha sido dado creer en Jesucristo y me ha sido otorgado el Espíritu. Sostenido por ella puedo mantener mi fe, mi esperanza y el amor como principio de mi vida.

Es verdad que la pertenencia eclesial no consiste en la identificación incondicional con una jerarquía que puede en ocasiones no ser fiel al Evangelio. Pero esa pertenencia tampoco será verdadera si de una pretendida infidelidad de la jerarquía tomo excusa para convertir el enfrentamiento con ella en rasgo distintivo de la definición de mi propia identidad cristiana.

Porque los enfrentamientos con la jerarquía surgen muchas veces de la denuncia en ella de formas de pensamiento y de conducta propias de los personajes a los que Jesús se opuso. Pero, si somos sinceros, no nos será difícil percibir en los que hacemos esas denuncias elementos que delatan las mismas actitudes y nos hacen justos destinatarios de las mismas críticas.

Y, antes de someter a la jerarquía a inmisericordes lapidaciones públicas, echando así leña a la hoguera que nuestra sociedad tiene siempre encendida para ella, deberíamos recordar: El que esté libre de pecado que lance la primera piedra. Por eso las inevitables situaciones de conflicto en la Iglesia nos invitan a todos los implicados en ellas, más que a someter a los otros a juicios severos, a dejarnos juzgar todos por los criterios evangélicos y a contribuir todos juntos a su siempre necesaria reforma.


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