
NI SE COMPRA NI SE VENDE
Por Jose Ramón Peláez. Sacerdote diocesano. Publicado en "Iglesia en Valladolid" nº94
Suele decirse que quien va de traje y corbata viste dignamente y que es
indigno presentarse a la misa del domingo en zapatillas; y es que hasta una liturgia es “digna” por los dorados en trajes y vasos litúrgicos. En realidad es bien poca esa dignidad que se compra, y se vende y se paga a base de dinero y de corresponder a las exigencias de la moda
del momento.
El caso es que a base de llamar dignidad al cumplimiento de los convencionalismos sociales y las apariencias, se ha ido poniendo el modelo de la dignidad del hombre en el patricio romano, el caballero
medieval, en el cortesano renacentista, en el ilustrado de la revolución o en el héroe rojo, siempre un triunfador y siempre los adjetivos con que subraya un tipo de hombre cada época. Y siempre una excusa para seguir pisoteando la dignidad del hombre en el pobre, fuera bárbaro, esclavo, vasallo, indio, campesino o inmigrante.
Quizá por eso la Trinidad decidió que uno de ellos se hiciera hombre, se hiciera pobre, a ver si de ese modo quien acogiese el Evangelio aprendía a amar al hombre en cuanto hombre con su digna condición de esclavo propia de un hombre cualquiera.
Una dignidad que lo mismo tenía como embrión en el seno María, en un
pesebre, emigrando en Egipto, de carpintero o clavado en cruz.
En efecto la dignidad de la persona es ser hijo de Dios; imagen y semejanza suya. Y con su encarnación en los pobres, Cristo enseña que esta dignidad debe brillar más a los ojos de un creyente cuanto más esté humillada a los ojos de los hombres.
No se trata de que “nos de pena”, otra forma de menosprecio, sino de descubrir en el pobre las potencialidades que Dios ha puesto en él para ser protagonista de su vida, por sí mismo, y asociado en solidaridad con otros
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
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Movimiento Rural Cristiano
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