
El Partido Socialista ha celebrado su Congreso. Parece que lo más novedoso ha sido la decisión de fomentar en España el aborto libre, la eutanasia y el laicismo. Ante semejantes previsiones, uno no tiene más remedio que preguntarse ¿qué tienen que ver estos objetivos con el verdadero socialismo? Históricamente el socialismo tenía el atractivo de mantener una dura lucha contra la injusticia.
¿Dónde quedan ahora el carácter público de los medios de producción, la distribución de los bienes de la tierra, la sociedad sin clases? La conclusión es inevitable. Nuestros socialistas no son ya socialistas. Utilizan lo que queda de mayo del 68 para ofrecernos una sociedad nueva. Pocos argumentos. Estamos en el mundo de los sentimientos y de los resentimientos.
El socialismo se ha convertido en progresismo y el progresismo consiste en ampliar las libertades y los derechos de los ciudadanos. La justificación teórica de sus mesianismos transformadores se apoya en las ideologías más radicales surgidas en Europa en la segunda mitad del siglo pasado. Hasta ahí llega su progresismo. Para ellos, como para los adolescentes del 68, libertad es la capacidad de afirmar y de hacer cada uno lo que en cada momento le venga mejor, sin ninguna referencia a la verdad de las cosas, que no podemos conocer, ni a la verdad de nuestra condición humana, que es absolutamente mudable, ni a ninguna valoración de bien o de mal, que depende en cada momento de las conveniencias de cada uno. Estamos en pleno relativismo subjetivista.
Este concepto de libertad individual, sin referencias a la verdad objetiva, sin sometimiento a ninguna realidad anterior y superior a nosotros, sin ninguna consideración a norma alguna moral fundada en la naturaleza de las cosas, es un mito seductor que nos saca de la realidad. La libertad así entendida es como un gran depósito vacío que el gobierno nos va llenando con los pretendidos derechos que nos concede. Según este modo de ver las cosas, los ciudadanos somos criaturas del poder. Tenemos libertad para hacer lo que ellos nos dejen hacer, y tenemos los derechos que ellos nos quieran conceder. No hay otro criterio para discernir el bien o el mal que la mayoría parlamentaria.
Y si hablamos en directo, sin comparaciones, la libertad viene a ser una completa indeterminación de nuestro ser que cada uno iría determinando del mejor modo posible para alcanzar su felicidad dentro del marco de existencia que nuestros gobernantes nos concedan. Porque la existencia y la consistencia de los ciudadanos se programa y se dirige desde el poder.
Lo que se nos presenta como una sociedad super libertaria, termina siendo una verdadera dictadura espiritual. Somos libres con una libertad puramente subjetiva, que no se siente normada por nada ni por nadie, pero que tampoco está sostenida ni garantizada por ninguna realidad exterior y objetiva, independiente de los poderes políticos. Ellos solos, desde el Olimpo de su poder, son los únicos que pueden definir en qué consisten nuestros derechos y hasta dónde llegan nuestras libertades, lo que podemos y lo que no podemos hacer. Una visión de las cosas bastante sencilla. Pero terrorífica. Los ciudadanos –porque no somos más que ciudadanos- vamos desplegando y configurando nuestra existencia en el molde de la sociedad que ellos nos preparan desde el poder. Por eso pueden decir que “el cambio” va mucho más allá de lo que podría ser una alternancia política normal. Pretenden hacer un cambio substancial de la sociedad, y con el cambio de la sociedad un cambio substancial de nuestra vida personal.
Aquí no hay ya un verdadero concepto de persona como sujeto libre y responsable. Somos ciudadanos. Nuestro ser es sólo ciudadanía. Por eso “educación para la ciudadanía”, en esta mentalidad, significa educación para vivir en la verdad de la propia existencia. Estas son las últimas consecuencias prácticas de una visión de la vida sin referencias a un Dios eterno, creador y providente. En virtud de un inicio que nadie explica y de un proceso más imaginativo que científico, surge el hombre indeterminado y polivalente que tiene que ir dándose forma a sí mismo en una sociedad en la que unos hombres poderosos le van abriendo los espacios de su existencia. Todo muy lógico, muy bien imaginado, pero terriblemente inhumano. Una ideología que comienza pretendiendo divinizar al hombre y termina convirtiéndolo en un muñeco hinchable. No se dedica mucho tiempo a justificaciones teóricas. Manda el sentimiento revanchista que ha ido recogiendo lo más radical que apareció hace treinta años en una Europa que busca ya otros rumbos.
El camino es relativamente sencillo. Basta con quebrar las normas y los usos tradicionales, apoyándose en los grupos más antisistema, respondiendo a los grupos de presión y dando satisfacción a los deseos de algunos ciudadanos mentalizados previamente, sin tener en cuenta la esencial referencia de nuestra inteligencia a la verdad objetiva de las cosas, ni ponderar el valor moral de nuestras apetencias. Semejante propósito es iniciar un camino que no lleva a ninguna parte. Renunciar a la vigencia de una norma moral objetiva, fundada en la misma naturaleza humana y vinculada al bien del ser humano, es dejarnos llevar por un torbellino de intereses y ambiciones que nadie sabe hasta dónde nos pueden arrastrar.
Tienen razón los socialistas cuando dicen que ellos no tienen conflicto con la Iglesia. Es más grave todavía. Su conflicto es con la razón, con la historia y la realidad de España, con el patrimonio cultural y moral de la mayoría de los españoles. Su conflicto es con la responsabilidad moral del futuro de los españoles. Da la impresión de que dentro del mismo Partido Socialista hay personas que se dan cuenta de la gravedad de la situación y tratan de poner alguna moderación en esta exultante euforia nihilista.
Ante esta exaltación del radicalismo, la primera necesidad es comprender lo que ocurre. No podemos caer en la ingenuidad de pensar que estas orientaciones se quedan en el terreno de una explicable rectificación de viejas costumbres clericales o confesionales, o que se justifican por una razonable modernización de nuestra sociedad, tal como nos explican con sus persuasivas referencias a la laicidad. Se trata más bien de una quiebra cultural que niega las bases espirituales y morales de nuestra sociedad. La dura verdad es que estamos en manos de una ideología radical, extremadamente peligrosa, capaz de destruir la conciencia y la consistencia moral de nuestra sociedad. Aunque nadie lo haya formulado explícitamente, estamos asistiendo a la entronización de una concepción relativista del bien y del mal, una concepción narcisista y hedonista de la vida que, por no sustentarse en la verdad objetiva de las cosas, termina siendo destructora y nihilista.
Lo mucho o lo poco que haya de verdad en estas consideraciones, nos obliga a preguntarnos qué podemos y debemos hacer ante semejante situación. No quiero entrar en análisis ni sugerencias de orden político. Me parece más importante atender a las ideas y los comportamientos. Pienso que para los cristianos está llegando un momento de prueba, en el que tenemos que intensificar la fidelidad y la coherencia. Llevamos demasiado tiempo jugueteando con progresismos de salón y cómodas ambigüedades. Es la hora del ser o no ser, de la claridad y de la unidad, con todas las consecuencias. La fe ardiente en Jesucristo y la adoración sincera del Dios verdadero son la mejor levadura para purificar y vitalizar la cultura de una sociedad. Siendo buenos cristianos seremos también buenos ciudadanos.
Pero el problema no es sólo de católicos. La alternativa no es entre católicos y no católicos. Ni es tampoco cuestión de derechas y de izquierdas. Está en juego no sólo nuestra identidad cultural, sino la salud espiritual y moral de nuestra sociedad. Estamos ante una cuestión de sensatez y de responsabilidad antropológica. Por eso los españoles en general, la mayoría del sentido común, tienen que ser capaces de ir al fondo de la cuestión, no dejándose paralizar por las etiquetas, los chantajes o los circunloquios. Quienes quieran defender nuestra pervivencia como sociedad libre y justa, tienen que reaccionar ante esta ideología relativista y nihilista, capaz de destruir el alma y la consistencia moral de nuestra sociedad. Luego ya habrá tiempo para discutir de otras cosas.
+ Fernando Sebastián Aguilar
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marcpalma
Mons Sebastian no se está refiriendo sólo al aborto, va mucho más allá.
Precisamente poruqe los del PSOE ya no luchan por la justicia es por lo que necesitan meterse a definir una nueva "moral" progresista, para esconder su sometimiento al capital.
Una sociedad que justifica y practica el aborto ha llegado a un punto de inmoralidad y de falta de respeto por los débiles nuevo en la historia.
Es el mismo sistema capitalista, que mata de hambre y de explotación, el que está fomentando la cultura del aborto y de la anti-natalidad, que se da sobretodo entre los más empobrecidos.
Una cosa es la paternidad responsable (que la iglesia propugna) y otra plantear que la solución al hambre es que nazcan menos pobres...eso, además de ser falso técnicamente hablando es una canallada
Pero que bien vivíamos antaño, en aquellos tiempos en los cuales no se daba ni había opción para reaccionar, todo era perfecto y tranquilo. Todos eran católicos como Dios manda, la salud espiritual y moral de la sociedad era ideal, vamos inmejorable. No había ricos ni pobres, ya se sabe las derechas son siempre equitativas y todos iban a buenos colegios de pago, la mayoría comandados por religiosos en los cuales los pobres brillaban por su ausencia como es obvio.
La planificación familiar; ¿para que?, Si los niños venían con un pan debajo del brazo, los hijos que Dios quería, que es lo que toca. Ahora todo es malo; perversión, decaimiento moral. Vamos que se os ve el plumero a la legua, ya sabemos que buscáis el poder y control de las masas, no queréis que la gente tome decisiones sin consultaros, a pesar de que muchos no sean creyentes. Derecho a decidir pero sin obligar, cuando tantas veces se nos ha obligado por activa y por pasiva, sin venir a cuento a celebrar rituales que no compartíamos, santas fiestas religiosas que tampoco, pero claro ahora lo que preocupa es el aborto, es el mal de todos los males, lo peor de la historia del hombre.
Ya no es el hambre, ya no son las guerras de las cuales tan amigas han sido y son muchas religiones, ya no es la explotación. El gran mal, es la planificación familiar, los métodos anticonceptivos, el aborto, eso atenta contra Dios, lo demás, ya estamos acostumbrados a verlo.
Estoy de acuerdo en que socialismo no hay. Pero cristianismo de Cristo tampoco y eso duele que es un contento, porque a Jesús bien poco os parecéis y vuestra iglesia/s no son pobres. Por un lado y por el otro sermoncillos, pero ricos y pobres en su lugar. Las grandes fortunas y capitales, cambien o no los colores del régimen siguen estando en las mismas manos, los bancos siguen haciendo su Agosto, a pesar de la crisis engordan sus cuentas. Son siempre los pobres las víctimas, si hay trabajo te dejan respirar un poco; no mucho no sea que té mal acostumbres y si te falta, las puertas de la miseria te abren su paraíso.
No hay ricos en las pateras ni en los cayucos, tampoco en las colas del paro. La pobreza huele a llanto y muerte mientras el potentado sabe lo que quiere; masas de pobres que se peleen por un mendrugo, que cojan armas y maten a otros pobres. Bien sabe el rico que la prole es necesaria para llenar su despensa de viandas, cuantos más haya mejor, son una bendición de los dioses de la muerte, para que sean explotados, esquilmados mientras no despierten y se reproduzcan sin control; las cadenas de dolor se harán mas pesadas y el Dios de justicia no quiere eso, sino un cuerpo en el cual como buen árbol reparta la savia por todas sus ramas, alimentando cada una de sus hojas como hijos llenos de vida. Pobres del mundo no llenemos los campos de comensales, cuando se niega el pan nuestro de cada día a millones de seres humanos, limitad el numero de hijos, planificada vuestras familias. Dios en su justicia y amor nos quiere felices, buenos pero no tontos.
Buen comentario, Jalon.
Hasta pronto, Rodrigo. Me solidarizaré con vuestra manifestación aunque no pueda ir. Suerte.
y el carácter de búsqueda que tiene el verdadero conocimiento. La esencia del cristianismo está siempre en esta línea de la libertad para buscar la verdad sin encerrarla en moldes ideológicos con pretensiones universales. La verdad nos hará libres. Ser o no ser cristianos es ser o no ser de Cristo, no de Pablo ni de Apolo. Y el encuentro de cada uno con Cristo es personal e intransferible, por muy comunitario que pueda ser.
En la lucha por la libertad de buscar la verdad y la justicia podemos unirnos a todos los que persiguen el mismo fin. Respetando sus diferencias, lo que no significa que relativicemos nuestro camino, sino que sabemos que quizás otros caminos tampoco anden descaminados y quien no está contra nosotros, con nosotros está, y nosotros no podemos hacer otra cosa que exponer la verdad tal como la vemos, sin imposiciones.
No es relativismo, sino realismo, afirmar que nos podemos acercar más o menos a lo objetivo de la realidad, pero nada garantiza que nuestro mapa mental sea 100% correcto, y aunque lo creamos así, eso sólo lo hace válido para nosotros mismos, pero no nos da derecho a imponerlo, aunque sí a defenderlo: tenemos ese derecho, e incluso ese deber.
También estoy de acuerdo en esto: "Es la hora del ser o no ser, de la claridad y de la unidad, con todas las consecuencias. La fe ardiente en Jesucristo y la adoración sincera del Dios verdadero son la mejor levadura para purificar y vitalizar la cultura de una sociedad. Siendo buenos cristianos seremos también buenos ciudadanos."
Pero en la lucha contra el relativismo nihilista no podemos caer en la negación de la relacionalidad y la subjetividad y caer en el error de la rigidez dogmática que se presume objetiva poseedora de la única verdad. Tendremos que reconocer nuestros límites y el carácter de búsqueda que tiene el verdade...
"No hay otro criterio para discernir el bien o el mal que la mayoría parlamentaria" Es cierto que corremos este peligro de una dictadura espiritual que identifique lo legal con lo moral.
Una frase genial: "Una ideología que comienza pretendiendo divinizar al hombre y termina convirtiéndolo en un muñeco hinchable"
Sin embargo, también es importante reconocer como un bien la convivencia basada en acatar las leyes que se basan en la mayoría parlamentaria, en tanto en cuanto no vayan directamente en contra de nuestra conciencia, mientras intentamos convencer al resto de los ciudadanos defendiendo nuestra propia posición.
Además tenemos que tener en cuenta que si bien debemos intentar ser objetivos, siempre queda algo de subjetividad, y aunque tengamos la obligación de buscar la verdad, aunque creamos que la poseemos, no podemos imponérsela a los demás, sino más bien intentaremos convencerlos de nuestro punto de vista.
No es relativismo, sino realismo, afirmar que ...
Específicamente, estamos ante un meridiano esfuerzo de apuntalamiento de una sin-razón nietzscheano - sesentayochista / postmoderna que, en su endeblez epistemológica que es generacional, va a encontrar finalmente refugio en una concepción del mercado que, desde una base idealista, se estima eventualmente puede llegar a resolver las dificultades humanas en el sentido del progresismo que apunta Mons. Sebastian.
Muy bien - por Schleiermacher - podemos acertar a decir entonces que el desenlace final del triunfo de la especulación ontica y del idealismo consumado sin un contrapeso que le oponga un realismo superior; destruirá el ser de las cosas.
Destruirá cuando parezca que está formando.
Degradará a la condición de alegoría la misma existencia...
Habrá que repensar las actitudes con que se acoge cada nuevo brote de vida. No sólo la madre y el padre, sino todo el alrededor participa de la responsabilidad de acogida: fomentar las condiciones (sociales, económicas, jurídicas, políticas, psicológicas...), para hacer posible recibirla como don. Como decía Juan Pablo II, no podemos olvidar que en cada aborto procurado, la víctima no es sólo el feto, sino también la madre (cf. Evangelium vitae, 195, nn. 58 y 59).
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
JC Rodríguez, A Eisman
Josemari Lorenzo Amelibia
Movimiento Rural Cristiano
Angel Moreno
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni