Por Jose Ramón Peláez, sacerdote diocesano de Valladolid
Si un domingo es la hora de la misa y el cura no ha llegado la gente
empieza a pensar: “hoy nos quedamos sin misa”. Porque la Iglesia no celebra la Eucaristía sin un sacerdote ordenado que la presida. Pero, ¿qué ocurre si ha llegado el cura y no tienen pan y vino? Pues, que
tampoco se puede celebrar la Eucaristía.
Sin pan y vino la Iglesia tampoco celebra la Eucaristía, y no siempre hemos pensado en el profundo significado que esto tiene. Tan importante como la presencia del sacerdote, que ejerce el sacerdocio ministerial, es el trabajo de los hombres, que ha convertido la tierra en el pan y el vino para las ofrendas.
En ellos se hace presente el trabajo que han llevado a cabo los laicos en el ejercicio de su sacerdocio bautismal. El espiritualismo que predomina en nuestra formación hace que no le demos importancia,
incluso omitimos ese gesto de que los laicos lleven las ofrendas al altar, pero es parte fundamental del sacramento.
El Padre Dios ha creado la tierra y ha dado al hombre la ley de trabajo para continuar su obra. El Hijo trabajó treinta años en un taller para enseñarnos el sentido sacerdotal del trabajo unido a su sacrificio en la cruz. El milagro de la transustanciación, que convierte el pan en el Cuerpo del Señor resucitado, comienza mucho antes, cuando la tierra se hace vida, materia vegetal, trigo y uva, y por el trabajo de los hombres son transformados en pan y vino, se hacen cultura por la experiencia de los siglos y los sudores de la generación presente.
El Magisterio recuerda que esta transformación que une tierra, trabajo y sacramento se da también en el compromiso político de los laicos, llamados a consagrar el mundo y transformar las estructuras de pecado y opresión en una nueva Civilización del Amor y de la Vida. Con razón no hay misa si no hay pan; porque el sacerdocio de la Iglesia no está completo sin el trabajo que prepara el ofertorio y transforma el mundo para que tenga a Cristo por cabeza
Los comentarios para este post están cerrados.
Pues sí, P. Peláez, toda la razón. Sólo un Dios auténtico, un Dios encarnado, sólo Cristo Hijo de María pudo poner toda su Pasión (con mayúscula y con minúscula)en algo tan sencillo como un trozo de pan y un poco de vino, dando a los sacerdotes poder transformarlos en Su Cuerpo y Su Sangre...y a los laicos el mandato de consagrar el mundo (¡está muy difícil, muy "inconsecrable", no se deja!). Esto recuerda a las Eucaristías de Foucauld allá en el desierto o del Card. Van Thuan en prisión cuando sólo disponía de una gotita de vino con agua en la palma de su mano...
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
JC Rodríguez, A Eisman
Josemari Lorenzo Amelibia
Movimiento Rural Cristiano
Angel Moreno
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni