
Por Mons. Michel Schooyans
Bajo apariencia de tolerancia o de pluralismo, se nada en el relativismo. Consecuencia inevitable: se derogan, en nombre de la mayoría, los derechos más fundamentales. En nombre de los valores, arruinan los valores.
Desde los tiempos antiguos se ha manifestado una cierta protesta: ¿la sumisión a la ciudad debe ser total e incondicional? Hesíodo, Sócrates, Sófocles y Cicerón se plantearon el problema de saber si existe, o no, una justicia superior que se impone a los hombres. La conversión de Constantino fue, en cierto modo, el bautismo del poder. Se puede lamentar esta íntima alianza entre el poder político y el poder espiritual; de todos modos, esta alianza tenía por lo menos una ventaja: el hombre es capaz de descubrir la ley eterna que preside el orden del mundo, la ley natural que regula el ser y el obrar de las criaturas, y la ley divina, gracias a la Revelación.
(...)
En resumen, tanto la experiencia histórica como la reflexión filosófica nos muestran que no es posible pensar la democracia en un sistema político en el que Dios ha sido suprimido. ¡Aviso para los eurócratas y para sus administrados! No hay fraternidad posible sin Padre.
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Domingo, 27 de mayo
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