
Por D. Tomás Malagón, sacerdote formador de militantes cristianos.
Publicado en Id y Evangelizad nº 57
Cabe destacar en la voluntad de Jesús dos aspectos que se ponen de relieve en los Evangelios: la firmeza y la ternura.
1. La firmeza de su voluntad: De tal reciedumbre y estabilidad en su propósito que no se doblegó nunca ante nadie. Tuvo que luchar ante las autoridades religiosas y políticas de su país, contra la incomprensión de sus familiares (Mc 3, 21; Jn 7, 4), contra la ignorancia, la dureza de entendimiento y la mezquindad de sus discípulos (Mt 15, 16; Lc 9, 55); contra los fariseos y los escribas, contra la volubilidad y las expectativas materiales del pueblo… Y siguió adelante frente a todo y frente a todos. Hasta la muerte en la cruz.
2. Pero al mismo tiempo resplandece en él su inmensa ternura, frecuentemente ausente en los hombres dotados de gran inteligencia abstracta y en los grandes líderes sociales. Su mensaje de amor, el más tierno y sublime que se haya pronunciado, es inseparable del conjunto de su personalidad y de la vida real. Pone delante de nuestros ojos la infinita misericordia de Dios con el hombre en las tres parábolas de Lc 15: el hijo pródigo, el buen pastor, la dracma perdida.
Esta misericordia de Dios, con el cual estamos en deuda permanente e impagable, de modo que, por mucho que hagamos, nunca haremos todo cuanto debemos, debe ser siempre el modelo para nuestra conducta con el prójimo. Servir al prójimo es servir al mismo Cristo, y servirle a él es servir a Dios. Por eso, el amor debe consistir, sobre todo, en hechos y debe ser sin límites, para convertir así aún a los enemigos en prójimos nuestros, como el buen samaritano de la parábola.
Pero este mensaje es inseparable de la persona y de la actitud de Jesús. Sentía por el pueblo una inmensa compasión (Mc 8, 2), porque eran como ovejas sin pastor (Mc 6, 34). Llora las desgracias que aguardan a Jerusalén (Lc 19, 41). Le conmueve el dolor de los enfermos y la situación de los pecadores (Mc 2, 6; Lc 4, 40). Impide que condenen a la mujer adúltera (Jn 8, 7). Cura a los enfermos y trata con los publicanos, aún exponiéndose a graves acusaciones, como la de quebrantar el sábado (Mc 1, 21) y de convivir y alternar con los pecadores (Mc 2, 16). Prorrumpe en llanto ante la tumba de Lázaro (Jn 11, 33-35). Ofrece su amistad al mismo Judas en el momento de la traición (Mc 16, 50). Mira a Pedro en el momento de cometer su triple negación con tal amor que el corazón del apóstol, reconociendo su pecado, estalló en llanto (Lc 22, 61-62). Ni siquiera las torturas de su agonía le impiden atender al buen ladrón para prometerle que tendría parte en su gloria (Lc 23, 43). Y muere disculpando a sus propios asesinos (Lc 23, 34).
Es un amor inserto en la viva realidad. No es una especie de culto a la humanidad. Ve a ésta como es, con sus contradicciones y flaquezas: raza, de suyo, adúltera y perversa (Mt 16, 4); no más culpables aquellos galileos a quienes mató Pilatos, o los que aplastó la torre de Siloé, que los demás habitantes de Jerusalén (Lc 13, 4). Ve siempre lo que hay de demasiado humano o inferior en el hombre, de modo que todos necesitan hacer penitencia (Mt 4, 17). Es un amor consciente y realista. Por ello comprende la fragilidad y la flaqueza humana, y quiere por ello que se evite todo juicio duro contra el otro (Lc 6, 37-41), reprende a sus discípulos que querían hacer llover fuego del cielo sobre las ciudades que no los recibieron (Lc 9, 55), desea que se aguarde hasta el fin, hasta la siega, sin tener prisa para arrancar la cizaña, por si acaso con ella se arrancase también el trigo (Mt 12, 29); y cuando Pedro le pregunta si hay que perdonar hasta siete veces al hermano que nos ha ofendido, Jesús proclama: No siete veces, sino setenta veces siete (Mt 13, 22).
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
JC Rodríguez, A Eisman
Josemari Lorenzo Amelibia
Movimiento Rural Cristiano
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