Contracorriente

Como enseñar a los niños el amor a la verdad y la Fé.

27.06.07 | 13:45. Archivado en Testimonios, espiritualidad de encarnación
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Guillermo Rovirosa narra en primera persona cómo aprendió de sus padres el amor a la Verdad y la Fé ante las dificultades. ¡Qué falta les hace a los hijos... y a los padres!

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En un mundo agrícola, con todas sus rutinas y su estrechez de vida, mi padre era una excepción; era abierto y muy deseoso de poner en obra toda la técnica agrícola moderna (de su tiempo), lo que le valió casi su ruina, pues sus colaboradores no podían seguirle. Era, en mi opinión, el prototipo de lo que los ingleses llaman un gentleman farmer.

Perdí a mi padre a la edad de nueve años, pero guardo de él un recuerdo muy vivo y preciso y una gratitud inmensa, pues él ha marcado toda mi vida en lo que voy a decir: de pequeño yo no era como los otros niños, sino diez veces peor que todos juntos; no había maldad de la que yo no fuera el organizador y el principal o único autor. Pues bien: mi padre jamás me pegó; si lo hubiera hecho, estoy cierto hoy, jamás hubiera tenido interés en llegar a ser un hombre honrado.

Pero nunca me pegó; él me tomaba sobre sus rodillas y de su boca (rodeada de una barba de patriarca) no salían más que reflexiones, como se le harían a un hombre de treinta años. Comenzaba siempre por una
apología de la verdad que, en su opinión, era la única cosa que hacía verdaderamente HOMBRE al hombre
.

Y entonces con toda paciencia me ‘tiraba de la lengua’ a base de besos y caricias, hasta confesar todas mis maldades, no solamente las hechas, sino también lo más íntimo de mi conciencia. Yo jamás fui capaz de
mentir a mi padre, absolutamente imposible. Después me conducía a hacer por mí mismo el juicio, a hacerme decir lo que yo debía pensar de todo ello... la cosa se terminaba siempre en sollozos; yo me cogía a su
cuello y le pedía solamente que se callara, que yo ya no lo haría otra vez.
Me acuerdo muy claramente de que, numerosas veces, en el momento de preparar o de comenzar cualquier maldad, el recuerdo de lo que me esperaba sobre las rodillas de mi padre era suficiente (ampliamente suficiente) para detenerme y hacerme cambiar. Si me hubiera pegado... no puedo ni pensarlo; hubiera sido la catástrofe. Ese culto de la verdad y ese pánico a mi propio juicio es la maravillosa herencia que yo he recibido de mi padre y que me hace bendecir por siempre su memoria. En mi país existía la costumbre de mejorar al hermano mayor en la herencia, y yo no recibí más que una parte mínima de los bienes materiales de mi padre; hoy comprendo lúcidamente que quien ha sacado el gran lote de mi padre he sido yo.

Mi madre era una mujer de una religiosidad y piedad extremas. Cuando yo tenía solamente unos meses de existencia, fue afectada por una parálisis, reducida a no poder en absoluto moverse. Conservaba en plena lucidez solamente la cabeza, el resto como si estuviera muerta. No me acuerdo de haberle oído nunca ni una queja. Daba gracias al buen Dios de tenerla tan cerca de sí en la cruz. No podía yo entonces comprender todo esto, en realidad lo he comprendido después, y absolutamente en el sentido opuesto, y el espectáculo de mi madre cuando yo la perdí (a mis 18 años) ha sido uno de los principales motivos de mi apostasía. Mi madre, ni se quejaba, ni pedía nunca nada, había que adivinar sus necesidades y deseos. Pero, en su inmovilidad, se ocupaba de todo y de todos los detalles, incluso de los más ínfimos. En mi espíritu, estúpidamente lógico, aparecía con una nitidez excesiva el contraste entero entre lo que mi madre merecía y lo que la vida le había concedido. Esta Providencia, de que se me hablaba, era un sin sentido. Mi exigencia de verdad me llevaba a no concebir como verdadera una tal Providencia.


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