Cuando era jóven, Betty Jenkins recibió un regalo de su madre que tenía por objeto atraer la atención de los hombres. Pero, como confiesa Betty, que ahora tienen 94, no fue el tipo de "atención" que ella ansiaba.
"Yo era muy flaca, y no tenía curvas. Supongo que mi madre estaba preocupada, porque no había manera de que me saliera un noviol y esa clase de cosas, cuando eres joven, te traen a mal traer", explica Betty Jenkins.
El regalo consistió un sujetador hinchable, expresamente diseñado para aumentar su "pechuga". El sistema era simple: se hinchaban las tetas artificiales que habñía sobre cada copa, soplando por un tubito.
"Yo estaba realmente emocionada, así que soplé y soplé hasta lograr una talla 32", dice Jenkins.
Y en esto, le salió un viaje a América del Sur y se encarmó a un avión rumbo a su destino.
El aeroplano volaba sobre la Cordillera de los Andes cuando Betty "la flca" empezó a sentir un preocupante aumento de la presión en los pezones.
El sujetador comenzó a hincharse.
"Al ver que el artefacto se hacía más grande, intenté ponerme de pie", explica Betty, "porque ya no podía ni ver mis pies".
El manual de instrucciones decía que el sujetador de almohadillas podría ser inflado hasta un talla de 48.
"Yo pensé: '¿Qué pasaría si va más allá de 48?"
Betty confiesa que se enteró muy pronto de lo que pasaría:
"Explotó".
Y haciendo un ruido infernal, que alerto a todos los que iban en el avión, incluyendo tripulantes.
"Apareció el copiloto entró en la cabina, epuñando una pistola y preguntando a voces qué había ocurrido. Todos los hombres me señalaron a mí".
"Traté de explicar en español lo que difícilmente podría explicar en Inglés... fue un desastre, aunque yo señalaba la parte de mi anatomía que acababa de volar..."
El avión hizo un aterrizaje de emergencia y Betty Jenkins se entregó a la policía.
Como temían que aquello fuera parte de una bomba, se vio obligada hasta a desnudarse.
Se le permitió volver al avión y continuar su viaje, cuando comprobaron que en la copa izquierda de su sujetador había un agujero.
"Un mes más tarde, recibí una factura de la compañía por un valor de 400 dólares" explica Betty Jenkins, "por una parada no programada".
El artefacto fue durante muichos años una reliquia familiar.
Desgracidamente para la historia de la presunción humana, se ha terminado extraviando.
VÍA NPR
Domingo, 12 de octubre
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