Música: meta-lenguaje de las emociones
16.03.07 @ 23:40:23. Archivado en Opinion
¿Qué fue antes: la musicalidad de la palabra o el sonido significado en música? La pregunta se asemeja a la del enigma del huevo y la gallina. Sin embargo, en este caso tenemos algunas pistas que pueden guiarnos a una solución verosímil.
Una de las evidencias más contundentes es que dominamos la escucha antes que nuestra propia producción de sonidos y fonemas. Los últimos estudios indican a las claras que la audición es el primer canal sensorial que desarrolla el ser humano entre las 20 y 24 semanas de gestación en el vientre materno. En paralelo, comienzan a desarrollarse los canales neuronales capaces de transportar los impulsos eléctricos que generan las ondas sonoras al impactar en nuestros oídos. Durante el período que media entre este nacimiento sensorial y el parto estamos sometidos invariablemente a dos tipos de sonidos: uno regular del pulso cardíaco de la madre, y otro de los sonidos externos tamizados por el medio acuoso en el que crecemos.
La propia naturaleza nos educa musicalmente. Ambos tipos de sonidos están asociados a sensaciones placenteras, mientras que cualquier alteración en el ritmo cardíaco se ve acompañada de la consiguiente descarga hormonal de adrenalina a través del vínculo umbilical. Así, por ejemplo, si la madre se asusta, irrita, enfada, etc. la adrenalina que circula por su torrente sanguíneo no sólo alterará la frecuencia y regularidad del pulso del corazón, sino que llegará a la sangre del nonato, enseñándole (de forma análoga a la re-educación para criminales propuesta en el libro La naranja mecánica) a asociar la irregularidad sonora al desagrado.
Por ello, más allá de los factores ambientales y culturales propios de cada comunidad y familia, todo ser humano nace "sabiendo música", en el sentido de asociar regularidad sonora con placer, y viceversa. Este aprendizaje pre-natal condicionará toda nuestra consiguiente estética sonora, basándola siempre en un lenguaje emocional bi-polar: regularidad-placer vs. irregularidad-desagrado.
De esta manera empieza a desarrollarse en nosotros un lenguaje basado en otro (el de las emociones), lo que se denomina un meta-lenguaje. Y es bastante fácil observar como dicho condicionamiento sirve de base para el lenguaje hablado, especialmente en las primeras etapas. Así, por ejemplo, los recién nacidos ponen más atención a las palabras pronunciadas a un ritmo regular y sin estridencias, como los que llegaban a sus primigenios oídos con la sordina del líquido amniótico. Ésta es razón más que suficiente para explicar por qué los bebés prefieren los arrullos de la música clásica a las estridencias del rock.
Las mismas normas básicas de sintaxis del meta-lenguaje musical (regularidad y sonidos atenuados) condicionan y generan nuevos niveles de sofisticación. Por ejemplo, el sonido musical consta de frecuencias más o menos estables, mientras que el ruido se compone de frecuencias irregulares y cambiantes. De modo similar, los ritmos musicales se construyen basándose en un pulso más o menos regular. Y el alcance va mucho más allá. Los primeros sonidos diferentes respecto a uno básico suelen ser, en la inmensa mayoría de las culturas, los derivados de los llamados armónicos del fundamental, es decir, frecuencias que son múltiplos exactos de la básica: la octava establece una relación del doble de frecuencia, la quinta perfecta representa la relación 2/3, etc. Esta simpleza y regularidad fue la que maravilló a Pitágoras y su secta que descubrió en el sonido una demostración de las relaciones simples (hoy diríamos de regularidad) que rigen el mundo, derivando de ellas una supuesta organización cosmológica representada en la música de las esferas (una relación similar de regularidad compleja entre los objetos celestes).
Por el contrario, el lenguaje hablado se va desprendiendo cada vez más de su valoración sonora-musical, de su regularidad y ritmo, para adquirir una simbolización intelectual que ya no representa emociones sino ideas. En su desarrollo, el homo sapiens se ha valido de la música como expresión simbólica anterior al habla y, por tanto, generalizada y universal. Esta simbolización llega a convertir las primeras herramientas en primigenios instrumentos musicales: chocando rítmicamente las piedras, pulsando la cuerda del arco sin intención de disparar, soplando y haciendo sonar el hueso hueco de su presa o amplificando el sonido con los cacharros domésticos. Los ritmos y melodías son anteriores al habla, son su origen y referencia. La onomatopeya remeda la expresión musical primogénita, adoptando fonemas que servirán de base al nuevo arte de hablar.
En el mismo momento que nace el habla, nace también la música como forma de expresión independiente que supera las necesidades de supervivencia directa para volcarse en otros requerimientos de una evolución avanzada, como la cohesión social, el juego amoroso (la reproducción y conservación del colectivo), o, en las culturas más aventajadas, su super-simbolización como forma de arte (que no responde a las necesidades materiales directas, sino a las espirituales, religiosas y trascendentes).
J.Rozemblum
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