En 1951, Luis Buñuel llevaba varios años viviendo en la Ciudad de México. Para entonces, los trabajos realizados como ayudante y su corto pero reconocido paso por la dirección (con la exitosa comedia El Gran calavera)le dieron credibilidad como artista y logró que los más importantes productores del país le financiaran un guión de su autoría.
“Al que mata frente a frente se le permite huir y vivir en el monte, hasta que se le considera saldada su deuda”.
Según la fructuosa mitología griega, el Río del Leteo era el único en todo el Hades (morada en la que habitaban los muertos) que tenía la particularidad de hacer que quien se bañaba en sus aguas, perdía automáticamente la memoria (Leteo en griego significa olvido, ocultamiento), quedando así despojado de todo lo que había hecho en su vida, tanto de lo bueno como de lo malo. Lo cierto es que desde entonces, dicho mito alimentó no sólo a filósofos que aseguraron que “nadie se baña dos veces en el mismo río” sino también a buena parte de la literatura universal que se nutrió de él y de tantos otros, como ha quedado demostrado a lo largo de la historia.
En Latinoamérica, uno de los que se valió del río del olvido para contar la historia de su novela, fue el dramaturgo mexicano Miguel Álvarez Acosta, quien lo tomó como base a la hora de pergeñar el texto de Muro blanco en roca negra, obra que un tiempo después cayó en manos de Luis Buñuel, quien la adaptó y la llevó a la pantalla bajo el nombre de El río y la muerte.
Desde hace unos días, este video está recorriendo las principales cadenas de música del mundo y , cuando lo ví, realmente me impactó no sólo por su originalidad sino por el excelente trabajo de realización que logró su creador, el director argentino Picky Talarico. Pensado como un largometraje de principios de siglo XX, en él, Julieta Venegas evoca el cuento de Caperucita Roja y el Lobo Feroz, valiéndose de una interesante estética y algunos personajes típicos del expresionismo alemán.
Un verdadero acierto, de esos que no abundan en MTV.
Yo estoy dispuesto a creerlo todo, mi ruina, esta vida de miseria, todo, pero que tu trabajes no me lo trago…
Los últimos años de la década del 40 fueron de profunda crisis en la vida de Luis Buñuel. Instalado en México desde hacía un tiempo y con la Segunda Guerra Mundial en pleno desarrollo, el director se encontraba sin trabajo e inmerso en una angustiante crisis creativa.
Para más, su imagen como realizador había descendido notablemente luego del rotundo fracaso que resultara la comedia Gran Casino (rodada en 1946 y protagonizada por Libertad Lamarque y el mariachi Jorge Negrete) y casi no había productores en México que quisieran producirle algún proyecto.
Pero en 1949, cuando estaba sin dinero y casi al borde de una depresión (recordemos que para entonces era un hombre de unos cincuenta años y con una familia que mantener) apareció una posibilidad de trabajo, ya que lo eligieron para que realizara El Gran Calavera, una comedia guionada por Janet y Luis Alcoriza (una pareja de actores cómicos) y que se perfilaba como un posible éxito de taquilla.
“Mi tribunal es el de Dios y a él me remito. Acepto con resignación el sufrimiento, que por tantos caminos de la maldad humana pueda llegarme”
De todas las películas de Luis Buñuel, Nazarín es, sin lugar a dudas, la más religiosa y teológica de todas. Y eso no es una rareza, ya que el tema de la religiosidad (identificada en la clara exhibición de elementos icónicos cristianos que abundan en su cine) es el punto sobre el cual el cineasta más minutos de celuloide ha dedicado a lo largo de su obra y uno de los que según los estudiosos de su filmografía, más placer le proporcionaba incorporar.
Por eso, no es casual que – conociendo su inclinación hacia el fantástico y misterioso mundo de todo aquello relacionado con el universo clerical – se haya deslumbrado por la historia de Nazarín, novela escrita por el español Benito Pérez Galdós, en la que se cuentan las desventuras que debe sortear un sacerdote que intenta cumplir hasta más no poder con los preceptos que la iglesia católica le exige por haberlo nombrado uno de sus ministros.
Luego de un reciente viaje por México y Guatemala, regreso a los posteos habituales de Cinemaparadiso. Durante este último tiempo, además de conocer, investigar y descubrir algunos de los lugares más significativos de estos dos países (de los cuales pueden leer las crónicas a través de Bitácora de Viajes) dediqué buena parte de ellos a buscar algunas de las joyas que forjaron su cinematografía y que la han hecho (en el caso de México) una de las más prolíficas e interesantes de Hispanoamérica.
Intentar un acercamiento a la cinematografía azteca sin morir en el intento no es tarea fácil, si se tiene en cuenta que a México, el cinematógrafo llegó en 1896, nada menos que ocho meses después de que los hermanos Lumiere lo lanzaran en París con aquella inolvidable proyección del tren en movimiento, el cual propició que los espectadores huyeran despavoridos ante el temor de que la máquina a vapor se saliera de la pantalla y provocara una tragedia.
Junto a Los Bandidos del tiempo (1981) y Las Aventuras del Barón Munchausen (1989), Brazil forma parte de la trilogía creada por Terry Gilliam en los años ochenta, aquella por la que se hizo conocido a nivel mundial y a partir de la cual se lo comenzó a considerar un realizador memorable, capaz de llevar al cine historias humanas que se desarrollan en espacios de ciencia ficción.
Mientras que en la primera, Gilliam le da a un jovencito la posibilidad de viajar a través de diferentes épocas y en la tercera reflota un barón del siglo XVIII, enfrentándolo en una lucha cuerpo a cuerpo nada menos que con su propia muerte, en Brazil, se aparta de la temática del tiempo y se juega por una historia de amor, en la que más allá de contar un romance, el resultado final termina siendo una dura crítica a la automatización a la que las sociedades capitalistas intentan someter al ser humano, valiéndose de la tecnología y el uso excesivo y poco adecuado de la información.
La historia de Mirindas Asesinas es sencilla pero intensa. Un hombre entra en un bar y pide una Mirinda bien helada. Tras un intercambio de palabras con el camarero, desenfunda una ametralladora y lo acribilla a balazos. Del otro lado de la barra, un cliente que estaba tomando una copa lo mira atónito, y se da cuenta de que a partir de ese momento, deberá medir cuidadosamente sus palabras para no provocar la ira del asesino.
A principios de la década del 20, Franz Kafka publicaba su controvertido escrito titulado La metamorfosis, un verdadero manifiesto de literatura expresionista, que poco tiempo después comenzaría un largo camino hasta situarse en una de las piezas fundamentales del arte contemporáneo. Pero no fue Kafka con su personaje de Gregor Samsa (aquel que se despierta una mañana y se encuentra transformado en un asqueroso insecto parecido a una cucaracha) el primero en hablar de la metamorfosis como un hecho susceptible de acontecer en el mundo de los humanos.
Ya en la Europa de los siglos XV y XVI, los alemanes dejaron testimonio en documentos históricos (sobre todo en aquellos del ámbito eclesiástico) respecto de la mutación a la que eran sometidos algunos seres humanos, quienes sufriendo una aparente enfermedad denominada Licantropía, en las noches de luna llena se transformaban en lobos, asesinando y destrozando a mansalva todo aquello que se les pusiera adelante. Incluso, aseguran que en los registros de los autos de fe de la inquisición, pueden encontrarse cientos de testimonios de personas que aseguran haber sido testigos en ejecuciones de varios individuos acusados de transformarse en hombres-lobo.
Editorial Planeta acaba de editar El cine por asalto, un compendio de ensayos y variaciones sobre el mundo del cine, escrito por una de las plumas más lúcidas que ha dado la Argentina en los últimos años; la del filósofo y escritor José Pablo Feinmann.
EL autor, a lo largo de la obra, recorre los momentos más representativos en la historia del cine, y a través de ellos identifica los diferentes arquetipos que la cinematografía mundial ha legitimado a través de las miles de horas registradas en el celuloide.
La primera parte del libro está formada por pequeños ensayos, en los cuales Feinmann pasa revista al tratamiento que hizo el cine de algunos personajes como las prostitutas (desde el Ángel Azul de Marlene Dietrich hasta la Satin de Nicole Kidman en Moulin Rouge) el diablo, las guerras, el western, los piratas, los vampiros y la delicada relación entre policías y ladrones, que tantas producciones alimentó, sobre todo en el cine norteamericano de los años 30 y 40.
Año 1971 en la ciudad de Perpignan. Juan López, un español que emigró hasta allí buscando nuevos horizontes para él y su familia, ya lleva algunos años afincado en esa localidad del sur de Francia y en poco tiempo, ha alcanzado la meta soñada por muchos: acceder a un puesto jerárquico en una importante fábrica de muñecas.
Pero lo cierto es que, más allá de lo que demuestran las apariencias, su vida real no se condice con la aparente felicidad en la que los demás creen que vive. Juan López, en realidad, lejos de ser un buen marido y un padre ejemplar, es un cínico golpeador que somete a su esposa a las denigraciones más bajas y que no repara en amenazar con matarla si ella no accede a las órdenes que él le imparte.
Quienes sean público fiel del cine español pueden ver en la red una muestra más que interesante sobre el director español Bigas Luna, considerado por muchos, un verdadero maestro del cine fantástico.
La página se encuentra dividida en secciones temáticas tales como: sinopsis, fichas técnicas, galería de fotos y secuencias de su filmografía, además de un resumen de las últimas exposiciones que llevó a cabo en Barcelona en los últimos meses, ya que Luna tiene especial interés por la fotografía y las video instalaciones.