Siempre me costaba acomodarme en la cama, pero varias noches seguidas simplemente me echaba cual largo era sin tocar el borde con los pies. Mi esposa es más baja, ella no se había dado cuenta.
Pero, caramba, los interruptores de corriente, que los veía con majestad, luego de “tú a tú” y ahora, bueno, como nubes. ¿Y las ventanas? Uno suele ver por ellas sin pensarlo mucho. Entonces cuando el borde inferior o superior colinda con una imagen no familiar... “umm, aquí pasa algo raro”, se dice uno.
En mi caso el borde inferior cortaba la base de un edificio y mostraba sólo los últimos cinco pisos. Un día, viéndolo bien, ya no figuraba el edificio. Luego tampoco el de atrás, más alto. Apenas despuntaba una antena parabólica que, dada la profusión de pequeños platos de TV satelital (así como la preeminencia del cable) no sé qué función cumplía en realidad. Mi esposa decía que era para presumir, o quizá descuido y que nadie la veía desde adentro como nosotros (bueno, ya no). Estuve tentado a llamarlos, pero siempre se me olvidaba.
Poco a poco, las ocupaciones se hicieron más complejas, inéditas, hasta absurdas. Trabajábamos el doble y dormíamos menos. Pero había compensaciones, por supuesto. Ambos éramos del mismo tamaño para el otro.
Ponerse una sortija podía ser un acontecimiento, dejarla en la gaveta un desenlace. La camisa de hoy había que pensarla como la carpa de mañana o simplemente como medio guardarropa de un mismo color. Los zapatos serían depósitos o góndolas en una ponchera de agua.
Domingo, 27 de mayo
Saúl Blanco Lanza
Rosa María Rodríguez Magda
Juan Antonio Reig
Fernando Núñez Noda
Hiroit
Nicolás Ruiz Humanes
Nancy Casal