Un sábado de 2015, 9:30 pm
Primera
Se supone que es buen momento para hablar del futuro. Ayer le entregaron el premio Nobel de Literatura. Se dijo que era el primer "Nobel de la ciencia-ficción" y se calificó de emblemático, por lo justo aunque tardío. Ahora bien, nada de eso le importa.
La ceremonia fue tensa, como esperaba. Sus nervios casi colapsan. Le invadió un frío que derrotaba el intento de disimular. Lo asediaban cámaras minúsculas desde los estrados, sobre los hombros de operadores, colgadas en largos y finos brazos servos.
Como es usual cuando el ambiente exige rigor, produjo su pequeño teatro mental de desastres: imaginó el frac atorado en la silla o todo él yéndose de bruces sobre el Rey de Suecia o simplemente balbuceando a la hora del discurso. Mas esos temores, sin embargo, fueron juego de niños versus lo que imaginó después. Sintió que ayer confluían, al menos, dos series temporales. Un choque de capas que producirían un estallido o una aniquilación. Miró a los fotógrafos y se dijo: "Uno de ellos tomará una foto que vi hace 36 años. La única evidencia que tengo de este momento anunciado."
La ceremonia tardó más de lo estimado. Se distrajo un poco extendiendo la mirada a los oscuras postrimerías del Salón de Conciertos. Su mente se evadió como siempre, sin percatarse, para caer una vez más en aquella tarde de 1979, en casa de su abuela, a donde solían ir siempre a pasar parte del domingo.
Una mañana luminosa de domingo y una consideración sobre la altura del césped son calmos placeres que Albert Banchank conoce y practica. Su casa es amplia, con dos pisos y ático.
La parte trasera tiene un largo jardín, tan grande que toma varios minutos alcanzar una cerca de madera al fondo. En el extremo oeste la piscina es peinada por una brisa ocasional. Albert se sienta en el porche y mira la TV, o come alguna de las variadas cosas que su esposa Audrey coloca. Ayer llegó de Nueva York, hizo excelentes negocios.
A los cincuenta años su vida es bastante satisfactoria: un poco más arriba de la clase media y muy orgulloso de ello, por cierto, porque prueba que el trabajo duro, bien hecho, produce sus frutos.
Ejerce el libre comercio desde 1978. Su esposa es contadora y él es ingeniero químico, profesión que jamás ha ejercido. Vive con ellos su hija menor, de quince años.
Relatar una cosa la hace real.
Decir que algo ocurre es hacer que ocurra.
Por eso deseo contar una historia: para salir de ella.
Siempre quise -al inaugurar mi historia- pronunciar una frase como: "Mi nombre no importa", pero resulta que sí, porque tiene un valor ilustrativo: me llamo Marco Aurelio, homónimo de aquél estoico romano. Esta historia ha surgido de la reflexión que yo he llamado "concéntrica" y quiero dedicársela al tocayo. Más allá de esto, realmente tiene poca importancia este dato.
Sucede que por largos años he tenido problemas para orinar rápida y confiadamente. Es decir, me costaba un mundo expeler ese líquido caliente si no estaba completamente solo y tranquilo. Óigase: sin compañía y sin perturbación.
Eso marcó mi vida física y también sicológica. Su esencia fue el terror, mucho sudor frío. No podía orinar en sitios públicos y a veces ni siquiera en privados. Era una lucha contra mecanismos ingobernables dentro de mi cuerpo y mi espíritu. Esfuerzos agobiantes, pérdidas monumentales, aquí la heroicidad es trágica.
Les narraré la ida típica a un baño público sin "cubículos" cerrados. Llegar, bajarse rápidamente el cierre, sacarlo y ligar que nadie entrara. Si entraba alguien todo el sistema urológico se paralizaba.
Ese bloqueo, ese dique, tenía que ver con el rechazo a constreñir los delicados tejidos urológicos y detener el flujo contra la voluntad. Sudar un poco, pensar y tratar de no pensar, en la inseguridad, en la falta de continuidad de mis acciones físicas. En ese momento había una suspensión de la obediencia de mi cuerpo al cerebro. No podía forzar mi vejiga a evacuar el líquido.
Pasaba largos minutos, allí, con él en la mano, fingiendo orinar pero no pudiendo. Si había gente yo esperaba que salieran y me dejaran concentrarme solo. Como ustedes podrán imaginarse, muchas veces hube de retirarme sin hacerlo, de vuelta a una larga ronda de innings en béisbol o a una reunión donde deseaba estar más descargado.
¿Qué terribles acontecimientos habían producido esa imposibilidad? ¿Dónde y cómo se había gestado esa patología?
Jueves, 16 de febrero
Saúl Blanco Lanza
Rosa María Rodríguez Magda
Juan Antonio Reig
Fernando Núñez Noda
Hiroit
Nicolás Ruiz Humanes
Nancy Casal
Jordi Jaumà Bru