Por eso casi nunca abandono mi celda
19.10.08 @ 06:56:35. Archivado en Ficción

El otro día me despertó la voz del diablo. El viento se aglomeró en mi puerta, abierta de golpe. Un chacal de ojos incandescentes luchaba, contra un viento terrible, por mantenerse estático frente al marco. Atrás nubes de polvo vaporizadas por la luna. El sonido de la tormenta empezó a formar palabras:
—Te espera El Carcelero.
“Estoy solo en el mundo y tocan la puerta”, me dije, aterrorizado por la hiena que me miraba amenazante, con espuma en la boca. Acto seguido no estaba.
Me asomé, asido al marco de la puerta. El desierto parecía el fondo de un mar tenebroso, porque las bocanadas de arena se mecían cual espectros que literalmente subían al cielo. Y la luna, en vez de colorear ese mare magnum de azul, lo hacía de un amarillo verdoso, como paredes aguamarina y enchapado de madera, con luces que se encienden y apagan. Y por encima las nubes de arena que entretejían sus dedos alrededor del disco selenita.
Contra todo pronóstico, salí. La lluvia horizontal de minúsculas piedras me azotaba. El rugir del viento arrancó de cuajo la pequeña cerca que me aísla de ciertos animales errantes y se perdió entre las olas de arenisca.
Volteé a ver mi casa, mi cueva en la montaña y se desvanecía entre la polvareda, y eso me dio un escalofrío: sentirme lejos, perdido de mi prisión de ermitaño. Es el desierto, lo que rodea y me separa de las ciudades y los pueblos. Y ese día el desierto, en una noche amarilla y brillante pero sobrecogedora, me hablaba.
Caminé sin parar al vórtice del tornado, que era un valle enclavado en la arena. Bajé igual, incluso sospechando que podía quedar sepultado, porque en esa sima ocurría algo que movía la materia, demasiado vivo para pensar en el infierno, pero también cercano a la destrucción o a lo destructivo. Llegué al fondo del foso.
Un indecible maremoto de viento anaranjado, incandescente, me bofeteaba. La luna la vi cual trazas muy rápidas que dibujaban y desdibujaban un círculo siempre irregular. Frente a mí apareció Belcebú, muy pero muy diferente a como lo había anticipado: era una muy fuerte perturbación del suelo, como un taladro de brisas, como dedos escarbando y lanzando la piedra al cielo. No había forma humana allí pero sí mucha maravilla.
“¿Quieres volar?”, me preguntó. Yo trataba de detallarlo, pero no había rasgos en esa emanación del suelo. Sentía una fuerza de músculos cósmicos, el equivalente a un león sideral o un toro de fuego, fiero pero sin intención de aniquilarme, ya lo habría hecho y con qué facilidad. Más bien, diría yo, ganarme.
Seducido por el tono y por la forma, me acerqué a Gog para preguntarle por la redondez del mundo y las piedras más pequeñas. Y entonces oí un susurro, vi el azul lácteo. Era la mano divina, que abría un boquete en el vaho circular, nuboso, a muchos metros sobre la boca del pequeño valle.
Dios me dijo cosas que no entendí, pero que sonaban magníficas. Una ciudad de piedra y argamasa que flotaba en las nubes, un día claro sin brisa, ángeles que ejecutaban reverencias. Bajé la vista.
Me desnudé y me dejé rodar por las últimas inclinaciones de las dunas. Sentí el placer del miembro colgando, desafiado su peso por el sutil huracán. La arena estaba caliente y provocaba arroparse con ella del entorno gélido.
Semienterrado, ya en el punto más bajo del valle, escuché a lo lejos un temblor, mezclado con aullidos que se entrecruzaban a una salvaje velocidad en dirección a mí. Mi corazón, los tambores, minúsculas pisadas que de tantas parecían movimientos telúricos, volcanes rugientes. Todo se despertó en mí.
Luego de arenas despejadas observé el cuadro más aterrador que jamás pobló mis ojos: una jauría, desbocada, chacales, hienas, dingos, de esos perros que son también gatos, algunos cancerberos, quién quita que mantícoras y otras bestias que he observado olisquear mi cerca... se dirigían a mí con la intención de desgarrarme, de devorarme vivo. Sus ladridos, sus gritos, sus voces salvajes se acumulaban en mi tímpano herido.
Salté de mi refugio tibio y emprendí una carrera sin futuro hacia las colinas de tierra ocre. Mis pasos se enterraban en la arena, pero los canes parecían correr en el aire y ya nos separaban escasos 300 metros.
—Alalel, ayúdame.
Calculé como diez mil fieras desatadas. El alcance era inminente. Había escalado escasos cien metros, las primeras patas ya comenzaban a usurpar mis huellas desesperadas. En un momento, decidí detenerme y dejarlos llegar, con la dignidad de un anacoreta entrampado por el ángel de las tinieblas.
—Dios mío, perdóname.
El chacal de ojos de fuego lideraba el grupo. Se dirigió con velocidad extrema hacia mi pobre cuerpo abandonado y saltó sobre mí. Súbitamente un golpe de brisa, como los dedos invisibles del ciclón, me levantó del suelo y juro que vi la jauría completa como un estallido a la inversa, los ojos anaranjados eran trazas, como estrellas tragadas de súbito.
Acto seguido estaba en el aire. Ignoro si me proporcionaron algún tipo de amarre, pero volé como agarrado a una cuerda. Fui sacudido y empujado hacia arriba (al final el evento me parecía tan maravilloso que olvidé su violencia). Traté de divisar mi cueva, borrada la tenue luminosidad de mis carbones encendidos.
A diferencia del preso escapado, estaba yo en clímax de sorpresa, de maravilla. Verde y azul claros, grama y cielo, esculpen en la mente colinas de césped y bóveda circundante. Pero en este caso el fondo era la negra noche y ráfagas boreales. Vi entonces en todo su sobrecogedor esplendor la llama demoníaca, Magog parecía saludarme con una mano ígnea.
Luego, vapuleado por la tormenta, miré hacia el cielo y, como un agujero azul en ese vapor, el boquete abierto por el demiurgo. Estrellas en el fondo... La oferta del perdón, la cabeza baja. Intenté orar, pero me daban ganas de gritar. Abajo los chacales y perros estaban poseídos por un frenesí devastador y se peleaban y devoraban entre sí.
Mis latidos casi revientan mi pecho. Corro en el aire, pataleo más bien, vuelo sin dirección como en un tornado. No hay paredes o son inmateriales y transparentes. Abajo los aullidos y los cadáveres y la sangre canina se integraban a la arena y ésta la levantaba en remolinos eólicos hasta mí.
Atmósfera irrespirable, arena roja, una luna desdibujada, la mano y la voz del diablo, un agujero abierto por Dios, la soledad, la reclusión, paredes pintadas, paredes invisibles, el cáliz, la masturbación, San Romualdo, latidos frenéticos, entrar y salir, en la casa y en la cama, un preso escapado, la jauría, los dientes dispuestos a rasgar mi piel, las dunas, mi prisión perdida en la brisa, mi alma entre los guerreros siderales...
Desperté semienterrado. Era de día, el sol abrasador hizo estragos en mi espalda. Me levanté, desnudo, no vi signo alguno del infierno en el valle, ni cadáveres de hienas, ni las marcas del fuego fatuo sobre el foso del valle.
Con dificultad retomé mis pasos, subí al tope y busqué orientarme.
- Yo lo único que quiero... [tosí] es volver a mi celda...
...........
(Imagen: Composición de FNN).
Comentarios:
Y para Mag: Hermosa respuesta. Valiente. Es un gran mensaje para quienes creen que el diablo no puede ser derrotado.
El diablo es siempre por malvado tonto.
Amate a ti mismo como el que mas, por el amor de DIOS te tiene y veras que el diablo no viene.
la promesa de lo nuevo...peor que lo malo añejo....
sucede también en la vigilia...a veces...y Uno tan indefenso....
saludo afectuoso para tí, autor
lana
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Fernando Núñez Noda
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