Ciberneticón

Por eso casi nunca abandono mi celda

19.10.08 | 06:56. Archivado en Ficción

El otro día me despertó la voz del diablo. El viento se aglomeró en mi puerta, abierta de golpe. Un chacal de ojos incandescentes luchaba, contra un viento terrible, por mantenerse estático frente al marco. Atrás nubes de polvo vaporizadas por la luna. El sonido de la tormenta empezó a formar palabras:

—Te espera El Carcelero.

“Estoy solo en el mundo y tocan la puerta”, me dije, aterrorizado por la hiena que me miraba amenazante, con espuma en la boca. Acto seguido no estaba.

Me asomé, asido al marco de la puerta. El desierto parecía el fondo de un mar tenebroso, porque las bocanadas de arena se mecían cual espectros que literalmente subían al cielo. Y la luna, en vez de colorear ese mare magnum de azul, lo hacía de un amarillo verdoso, como paredes aguamarina y enchapado de madera, con luces que se encienden y apagan. Y por encima las nubes de arena que entretejían sus dedos alrededor del disco selenita.

Contra todo pronóstico, salí. La lluvia horizontal de minúsculas piedras me azotaba. El rugir del viento arrancó de cuajo la pequeña cerca que me aísla de ciertos animales errantes y se perdió entre las olas de arenisca.

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