I. Salomón había sido disperso y descuidado. Como todo hombre, un dormido, uno que persigue lo que ya ha dejado atrás. Tenía grandes ideas pero pobres realizaciones. En general sus pensamientos iban por un lado y la vida por otro, como dos hilos de agua que nunca se tocan.
De joven era desidia -decía él- pura molicie. Ya de adulto, sin embargo, "fue un hedonismo intelectual, una forma bastante autogratificante de perder el tiempo". Se percató de ello, no crean, desde muy joven pero sólo al traspasar los veintiocho años decidió luchar con ahínco por un estado superior de vigilia. "¡No más palabras vacuas!", díjose una mañana de sol ardiente.
Según su evangelio personal, para penetrar la realidad hacía falta limpiarse, transparentarse y aceptar todos los haces de luz que despide el agitado mundo. Era necesaria una disciplina que obedeciese los mandatos superiores de la sabiduría y no la voluptuosa invitación del deseo, lo cual era difícil para un joven solitario.
Después no, porque vino la conversión, pero antes sí, porque no venía. No fue una iluminación católica pero tampoco totalmente no cristiana. El camino fue intenso, como se desprende de las páginas del cuaderno.
Domingo, 27 de mayo
Saúl Blanco Lanza
Rosa María Rodríguez Magda
Juan Antonio Reig
Fernando Núñez Noda
Hiroit
Nicolás Ruiz Humanes
Nancy Casal