Ciberneticón

La Edad de la (Sin) Razón

09.02.08 | 03:37. Archivado en Del devenir
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Un pequeño (y los más organizado posible) viaje por el caos científico y social.

Los últimos 25 años podría llamarse la Era de la Incertidumbre. Nunca el hombre había tenido tantos conocimientos e instrumentos, pero tampoco una cantidad tan vasta de preguntas sin respuestas.

Tras la caída del Muro de Berlín a finales de los 1980s se pensó que "un Nuevo Orden Mundial" inauguraría este nuevo milenio. De hecho, se destacó en particular una obra de 1992, titulada “El fin de la historia” de Francis Fukuyama, según el cual el mundo libre regiría, la democracia sembraría unidad política, sin guerras, fundada en un ciberespacio de liberadora tecnología, todo bajo la mirada atenta de una sola superpotencia: los Estados Unidos.

No se puede evitar pensar en la Era de la Razón, a finales del siglo XVIII, cuando los intelectuales franceses soñaron el futuro construido por la razón pura, el intelecto, exilando los bajos instintos que caracterizan la Humanidad, relegando las fuerzas emotivas que han hecho del mundo el desastre que ha sido. No tuvieron razón, quienes soñáron esta era.

Luego de la reunificación alemana, muchos vislumbraban la utopía del Fin de la Historia. Habría bloques, por supuesto, pero el libre mercado sobrepasaría el proteccionismo. La ONU, entonces, asumiría una especie de reinado mundial, una Confederación de países al estilo de Isaac Asimov…

Uff, George Bush padre, cómo te equivocaste (y recientemente el hijo también, pero en otras cosas) al anunciar ese “Nuevo Orden”. Unos pocos años hicieron polvo tales “megatendencias” al punto que, incluso, los expertos terminaron por sustituirlas por microtendencias (más manejables).

El fin de la Guerra Fría sólo dio paso a un desorden que puso en jaque a todos los organismos multilaterales: la ONU, la OTAN y ni qué decir de la entonces joven Organización Mundial de Comercio. La democracia se ha impuesto pero igual ha hecho poca diferencia en los países pobres, que son la mayoría. El libre comercio es torpedeado por pobres y ricos y nadie anticipó la irrupción de China.

Nada detuvo por años el genocidio en Bosnia, luego vino Irak 1, el eterno conflicto en Palestina, Etiopía, Chechenia, Ruanda... En vez de paz, para principios de los 90 había (según la World Watch) 34 conflictos armados en el mundo. Con Europa unificada, China, India, la recuperada Rusia, el radicalismo islámico y el resurgimiento de algunos movimientos jurásicos revolucionarios, el mundo se dirige hacia una multipolaridad más caótica que coherente.

Los años 90 y el principio de siglo agregaron más caos: el cambio climático, el 11S, los atentados en Europa, Irak 2, la gripe aviar y pare usted de contar.

El balance del siglo XX, sin duda, será materia de discusión por décadas, el más científico y tecnológico hasta el momento, pero también devastador: por ejemplo, mientras World Watch estima que no más de cuatro millones de personas perecieron por desastres naturales, la cantidad de seres humanos muertos por guerra, genocidio, tiranía y hambruna producida asciende a 188 millones.

A pesar de tener una democracia deficiente, pocos anticipaban en 1988 que -veinte años después- Venezuela estaría sumida en lo que varios observadores han dado a llamar una "dictadura constitucional", sin poderes autónomos y con una virtual destrucción de su aparato productivo.

Este repaso histórico lo ofrezco porque recuerdo que hubo certezas cuasi religiosas (como aquellas que pronosticaron erróneamente el fin del mundo) de una causalidad histórica específica, de una inevitabilidad.

Orden caótico

Del griego vienen las palabras Cosmos y Caos. La primera equivale a orden, a un arreglo armonizado, cíclico, que rige las estrellas y los planetas. Cosmos se le llama al espacio sideral, suponiendo que hay una organización interna para toda esa energía errante.

Caos era un Dios, el primero, el más elemental. De allí surgió lo demás. El caos equivale a desarticulación, falta de control, separación extrema entre las partes de un sistema.

Quien crea que la ciencia moderna ha logrado siquiera comprender el caos, se equivoca rotundamente. Más bien vemos cómo el dios de la desarticulación posee, poco a poco, los diversos cuerpos de la ciencia física (qué podremos decir de las sociales). Veamos cuatro ejemplos.

En 1850 el físico alemán Rudolph Clausius (1822-1888) concluyó que el calor tiende a disgregarse, a desmembrarse en unidades cada vez más pequeñas y separadas, de modo que no las afecta ninguna fuerza de atracción. Como hay más frío que calor en el universo, al final la poca energía tratará de llenar esos espacios gélidos, hasta llegar a ser sólo partículas inconexas.

Clausius llamó "Entropía" a esta Segunda Ley de la Termodinámica y, actualmente, se afirma que -a escala cósmica- toda la energía del universo se dispersa lentamente -demorada por la gravedad- pero, en última instancia, dirigida a que sus estrellas y otros cuerpos se deshagan en moléculas y éstas en átomos y éstos en sub-partículas que se desintegran espontáneamente. Conclusión: el universo parece dirigirse a un irreversible caos; la entropía del universo aumenta cada segundo.

Otro episodio del triunfo del dios elemental es el principio de incertidumbre, formulado por Werner Heisenberg (1901-1976) en 1927. Se afirma que no podemos conocer ciertos valores físicos, digamos, en estado puro, porque al medir los alteramos. A esta inseguridad, la física actual ha agregado innumerables otras. El consenso de la ciencia es que hay regiones de la materia y de la energía (porciones diminutas sub-atómicas) donde, simplemente, no se puede predecir qué ocurrirá.

Incluso la inmaculada matemática fue sacudida por el lógico checo Kurt Gödell (1906-1978), quien probó que no hay campo numérico capaz de ser completo y consistente a la vez. Si el sistema (digamos, la aritmética) puede probar todos los casos dentro de sí, siempre habrá casos fuera de ella sobre los que no podrá decidirse (es incompleta). Pero si cubriera todos los casos posibles, entonces habría casos dentro de ella sobre los que no se puede decidir un resultado (la división entre cero, los números surreales, etc).

Y luego un cuarto ejemplo: la Teoría del Caos, un avanzado campo de estudios que pretende proponer algunas regularidades que subyacen al carácter incierto y ¿podríamos decir? caprichoso que caracteriza a la energía a pequeña y gran escala.

Tomemos los fractales (en la imagen). La naturaleza hace crecer una hoja o moldear la costa de una playa de acuerdo con patrones sistematizables en general, pero impredecibles en detalle. Y así son los fractales: patrones repetitivos únicos, posibles de anticipar pero siempre con un margen de error. El desarrollo de tejidos, la dispersión de una gota de tinta en aceite, la descomposición de una fruta y otras construcciones (y de-construcciones) de la naturaleza, tejen sus marañas centrífugas, si las vemos en detalle.

La medicina moderna, aunque lejos todavía, he llegado a ver la enfermedad y la muerte como cierta imposibilidad progresiva de mantener el orden celular, la ínfima mecánica que guía nuestros átomos y otras partículas. Como especie hemos tratado de demorar y hasta derrotar la entropía pero nuestros resultados han sido hasta ahora ¿cómo decirlo? "fractálicos"...

La incertidumbre pues, de principio

¿Y entonces? ¿Qué podemos aprender de esto? La misma convicción que ha asaltado la mente de filósofos, físicos y literatos: que el mundo y la realidad son esencialmente impredecibles e inciertos. Que ningún conjunto de datos o técnica para procesarlos podrá decirnos con seguridad qué ocurrirá.

Tomemos las computadoras, que parecen ser aparatos relativamente predecibles, desde su desarrollo electrónico en los 1940s. Hay ejemplos legendarios de hombres de empresa o medios que pasaron de iluminados a ridículos con perlas como: “Las computadoras del futuro pesarán no más de 1,5 toneladas” (Revista Mecánica Popular, 1949) o “No hay razón para que alguien tenga una computadora en su casa” (K. Olsen, presidente de Digital Equipment Corp, 1977).

Incluso Bill Gates mismo, celebrado visionario, dijo en 1981 que "640 Kb [de memoria RAM] debe ser suficiente para cualquiera” cuando actualmente 4 Megabytes (8.000 veces más) todavía no parece suficiente para el Windows 7.

Ciertamente se debate sobre cuál es el principal ingrediente del éxito: la planificación cuidadosa o la intuición, ello es, lo que llamamos comúnmente "el olfato". Para esto no hay respuestas concluyentes, aunque hay consenso en aceptar que ambos procesos son necesarios y no debe imponerse uno sobre otro. Hay que usar cada uno en el momento necesario.

La intuición puede parecer impulsiva y arbitraria, pero a veces es la fuente misma de la acertividad. Einstein, por ejemplo, no desarrolló su teoría de la relatividad como producto de fatigosas ecuaciones, sino que tuvo la intuición del mundo visto desde un rayo de luz y de allí desarrolló las matemáticas necesarias.

Estamos hechos de caos e incertidumbre. El orden requiere un esfuerzo impresionante. Las conquistas intelectuales y materiales del ser humano han tomado, literalmente, millones de años desde los primeros homínidos bípedos.

Venezuela es un buen ejemplo de lo dificil de construir y lo fácil de destruir. ¿Cuántas décadas de esfuerzo tomó construir una industria petrolera de clase mundial? Por lo menos tres. Reducirla a una empresa de Tercer Mundo no tomó más de unos pocos años. La destrucción del aparato productivo es sencilla, se decreta. Basta quitarle la propiedad a los involucrados, a los interesados y asignar a personas no interesadas o no aptas. En poco tiempo tenemos fábricas abandonadas, silos vacíos, tierras improductivas.

Un ama de casa sabe bien cuánto tiempo y dedicación le toma dejar una casa impecable. Entran los niños y en minutos toda esa brillantez es historia.

A pesar del poder caótico, nuestra responsabilidad es luchar contra esas fuerzas entrópicas y revertirlas, aunque sea temporalmente. Los habitantes de los países desarrollados también son falibles, egoístas y diletantes, pero tienen un comando en su ADN social que los impulsa a organizarse, a imponer una apreciación por el orden que sobrepasa las ventajas temporales del desórden y la dejadez.

Si el mundo es caótico por naturaleza, imaginen si a eso agregamos una sociedad que adora al dios Caos de manera incondicional y monoteísta. Para el éxito personal y social, el primer deber es luchar contra el caos y transformarlo en un orden que nos beneficie a todos. Comprender que el mundo es incierto y no-lineal, pero que tenemos la necesidad evolutiva de predecir y ajustar las acciones a esas proyecciones.

Que Dios (el del Orden) nos ayude en estos propósitos.

.....................

(Imagen: Composición de FNN).

3 comentarios


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios
  • Comentario por Lana 09.04.08 | 19:49

    Las explicaciones del nuevo (des)orden mundial, estimado Autor, se dan generalmente desde la lógica....la ciencia, "el progreso", la tecnología de punta, etc...

    Mientras que el camino para llegar a un "interior/exterior" (un yo /un nosotros) más armónico...está del lado que llamas intuición, olfato.... vinculado al afecto y lo emotivo....(tan poco rentable en nuestros días).

    Saludo afectuoso,

    Lana

  • Comentario por PedroLop 12.03.08 | 22:06

    Yo entiendo que en politica no se puede anticipar nada porque esta depende de la voluntad humana, que es caprichosa e impulsiva. Yo trato de lograr balance entre la planificación y la intuición, y siempre gana la intución porque también soy impulsivo.

  • Comentario por Diego Arcadia 29.02.08 | 00:53

    Lei el libro de Naisbitt -Megatendencias- que decía que no iba a haber mas guerras en el siglo XXi. Qué risa me da.

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