Caos celular
28.09.07 @ 07:15:33. Archivado en Palabras y cosas
Ya sé en lo que pensó al leer el título: en el terrible cáncer, que es una multiplicación descontrolada de células y tejidos… pero no, nos referimos a otra enfermedad y epidemia, la de los teléfonos móviles celulares. Para algunas personas es lo más natural del mundo pero para otras, como el autor, son fuente de terror sicológico.
No soy amigo del teléfono, en ninguna de sus presentaciones. Me parece un instrumento intrusivo y agrego inconveniente, que presagia preocupaciones o "correderas". No sé porqué pero así me ocurre. Obviamente reconozco su valor, pero la apreciación racional no se corresponde con la emocional: simplemente lo detesto.
El teléfono fijo tiene la ventaja (otros lo ven como desventaja) de su limitada movilidad. Pero el móvil celular, Dios mío, va con nosotros como un perro faldero o, peor, una sanguijuela, algo que adherimos a nuestro cuerpo. Particularmente lo llevo en mi cinturón, como un arma del viejo oeste y no puedo eludir su tintinar o reverberar o vibrar.
Los timbres de esos teléfonos son como una selva de chillidos sintéticos, que revelan no sólo presencia y desplazamiento, sino caracteres, grados de respeto a sí mismo (digo, por las ridículas melodías de algunos) y tantos otros aspectos de la medianía humana. Hay mucho de una persona en su celular. Significa estatus, o un mensaje al sexo opuesto o una herramienta de trabajo. Para algunas personas es como un mejor amigo.
El caos celular, la hipertrofia de este aparato endemoniado, ha tomado al mundo por asalto. Hay países, como Luxemburgo, que tiene más celulares que personas en una proporción de 2:1. Venezuela es un país abrumado por la telefonía móvil con 75% de penetración, es decir, más de 16 millones de molestias móviles que, por cierto, se concentran alrededor de Caracas.
Soledad en compañía demasiado acompañada
De semejante obsesión es difícil escapar, de uno mismo y de los otros. No hay soledad urbana posible, porque una feria de grillos insomnes lo cubre todo. Desde sinfonías de Mozart (con timbres que las hacen francamente insufribles), hasta el indestructible tema de "El golpe", pasando por las aberraciones antimelómanas del regatón, las campanadas del aparato infernal nos acechan desde todos los ángulos.
Para muchos el valor tecnológico del teléfono móvil es secundario. Su uso y finalidad son sociales. Sobre todo, cual escudo contra males de nuestra civilización, como la soledad, la mediocridad y el tedio. El celular es perfecto para quien llega a una reunión y no conoce a nadie. Inmediatamente teclea, revisa mensajes o los escribe: ya está con alguien. Eso lo hace ver ocupado e incluso importante, depende de la expresión corporal. Por eso llevo muchas veces una revista o un libro conmigo, para no tener que perder mi tiempo apretando botones cada vez más pequeños. No debería importarme que me vean solo.
Los malabares con los dedos son portentosos. Mi hijo mayor puede hacer tres cosas a la vez mientras escribe un mensaje en su teléfono, con una sola mano. Ni siquiera lo mira. Yo tengo que concentrarme. Marcar tres teclas para obtener una O y cinco para encontrar un signo de admiración. Como los caracteres "especiales", digamos los de apertura de interrogación están separados de los de cierre, quizá se descubra porqué la gente escribe el imperdonable:
HOLA!!!!!!!!!!!
La escritura por SMS o por chat son materia aparte, que espero tratar como sucedáneo de esta entrada.
“Vamos a conversar que quiero escucharme”
Hay quienes realmente intercambian sonidos con un interlocutor y los que fingen hacerlo. No es raro que la gente pida ser llamada a tal hora y luego salga de la aburrida reunión con un: “Ah hola, no me digas, bueno entonces me voy ya mismo…” Y a veces uno se pregunta cómo no se nos ocurrió a nosotros. Otros simplemente hacen sonar el timbre del teléfono y escenifican la misma sorpresa, el saludo apresurado… pero esta vez se van hablando con el viento.
Estos atajos sociales tienen entre sus resultados, además del concierto de timbres, todo tipo de conversaciones que no queremos oír. Los que hablan, en el intrincado organigrama de las tipologías celulares, se dividen al menos en dos grupos: los que hablan sin escuchar y los que casi sólo escuchan.
Una persona atenta y desocupada se entera de cada cosa de cada quién. Su condición crediticia, si tiene problemas maritales, si le gusta alguien. Los habladores suelen perder conexión con el mundo aunque no lo excluyen en lo que respecta a ser escuchados. Por eso manejar un auto parloteando por celular equivale a conducir ebrio: uno se concentra más en la conversación que en el semáforo. En cambio, en público la esfera de atención incluye elementos de la audiencia, valga decir, los desafortunados de alrededor.
Surge una parodia de silogismo: si manejar con celular equivale a conducir ebrio, luego quizá hablar por celular produzca algún tipo de embriaguez, de modo que motive algunas de las actitudes ridículas que se le atribuyen a los ebrios. (La oración anterior surgió luego de una larga conversación por celular).
Los que proyectan la voz forzan nuestro cerebro a alojar datos como qué lazo ponerle al regalo de un compañero de trabajo que, de paso, le cae mal o la táctica para que la esposa le perdone sus pecadillos. Del otro lado de la acera, los que casi sólo escuchan se limitan a decir: “Ajá”, “sí” y “dime” al menos 20 veces por minuto, muy cerca de nuestro lóbulo auditivo. A veces ellos mismos se abstraen en el cuadro del frente, pero la audiencia alrededor se mantiene informada porque el volumen trasciende la oreja o porque se usan esos chocantes altavoces que suenan como si hablara con una musaraña soprano.
Por supuesto que cada quien tiene derecho a decir lo que quiera por teléfono, pero mi punto es que ni yo ni la mayoría (supongo) tenemos el deber constitucional de escucharlo. Y una conversación en voz alta es combustible para otras. Muy rápido comienzan a yuxtaponerse historias, explicaciones, “ése no llega a diciembre”, “cuelga tú primero, anda, tú primero”… Y uno en esa sala de espera anhelando ya que nos llame el dentista.
Al proverbio árabe usado como ínter título habría que reescribirlo como: “Vamos a conversar por celular que quiero que me escuchen”.
Y otras hipertrofias…
Los audífonos y micrófonos que liberan las manos agregan, ciertamente, mayor seguridad y comodidad al inalámbrico diálogo o monólogo, según el caso. Poco a poco nos vestimos de teléfono. Espere el móvil-reloj-de-pulsera; las gorras-teléfono, los cinturones 3G, etc.
No obstante, como son tan pequeños estos adminículos, me ha pasado que creo que viene un loco sicópata hacia mí, hablando solo: “¡No, no puede ser, fin de mundo, te voy a matar!” y cuando me apresto a salir corriendo a buscar un policía, resulta que sus ojos desorbitados obedecen a que escucha el reporte de las notas escolares que le da su hijo.
Los habladores tienen, en efecto, las manos libres para gesticular, de modo que pasamos de la locución radial al teatro. Decenas de monólogos o diálogos de transeúntes que se mezclan en una auténtica puesta en escena del absurdo. El otro día una chica clavó sus ojos en mí y dijo:
- … y ocurre que si eres el padre tienes que responder en lo básico porque mi pintura es sagrada y acrílica y sabes que no la dejo por nada ya demasiado sacrifico darle pecho y no poder ponerme implantes…
Cuando me hice a un lado (como es natural en estos casos) siguió su camino, difundiendo todo tipo de reproches. Me tranquilicé y deduje que, o estaba loca o cargaba un audífono-micrófono ensartado en la base de la oreja.
Y así se completa el cuadro: timbres que conspiran contra la Música y las musas; conversaciones enfáticas y decibélicas que no queremos escuchar; gente que parece hablar sola y a veces habla sola; tecleo de mensajes que son de por sí una puñalada al lenguaje; una subcultura movida más por la soledad que por la tecnología.
No tengo dudas: la hipertrofia celular ha devenido en celulitis…
(Imagen: Intervención del cuadro "El grito", con serias disculpas a la memoria de Edvard Munch y su recién recuperada pintura).
Comentarios:
Saludos.
la soledad entre la multitud....
La humanidad hoy...tan poderosa y tan débil...
Excelente también tu versión de "El grito".
Saludo afectuoso,
Lana
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Fernando Núñez Noda
autor
Contacto


