Jorge Luis Borges creía en la metafísica como una rama de la literatura fantástica. Aceptando esto, la teología sería la novelística de ese mundo en que la ciencia y el mito se funden.
Para un escritor, no un teólogo, evidentemente el camino del mito es el más plausible, más cercano a su trabajo de crear territorios imaginarios. Por eso me atrevo a colocar esta entrada en la sección de Ficción, como le gustaría al autor de “El Aleph”.
Lo que llamo "mi teología" no intenta establecer una verdad cósmica, sino proveerle escenografía y diálogo a diversas leyendas sagradas o dogmas o mitologías colectivas. Y, por supuesto, llenar ciertos agujeros con puras y simples especulaciones.
Una historia espec(tac)ular
I. Ha llegado la hora de contar la Rebelión de los Espejos: un momento histórico que casi desintegró la sociedad tal cual la conocemos.
A pesar de su enorme incidencia, el asunto ha caído en una especie de voluntario olvido, fomentado por los padres en las casas y por los maestros en las escuelas. Hay una complicidad aquí. Si no hacemos algo, dentro de pocos años el acontecimiento será un mito y se debatirá si realmente sucedió.
Pero mi abuelo pudo dar fe, porque lo vivió. Y me lo contó.
Mucho antes de las computadoras personales y de la TV a colores, de un día para otro -me dijo-, en lugares dispares pero muy abundantes, sin discriminar raza, ni condición social, los espejos empezaron a dar imágenes que no se correspondían con los objetos a su frente. Ninguna superficie pulida era excepción.
Todo empezó con una serie de aparatosos accidentes de tránsito, terribles, mortíferos, inicialmente inexplicables. Los sobrevivientes repetían con obstinación que habían visto, por el retrovisor, al auto de atrás muy lejos, pero que al cruzar lo embestían. Los conductores veían reflejadas cientos de imágenes: ciclistas, lluvia, oscuridad aunque fuera de día... pero no había tales cosas si lo hubiesemos mirado directamente.
Para bien o para mal, estamos hechos por la ciencia más que por la teología o los códigos morales. Las capacidades creativas y destructivas han cabalgado sobre el conocimiento sistematizado que impacta y cambia la realidad física y social. En otras palabras: las mejores (y peores) prácticas de la humanidad se concretan y preservan gracias a la matematización, a la ingeniería, al puente entre la matemática pura y la dura realidad. Como se dijo, para bien o para mal.
Nadie lo expresa mejor que S. Kubrik en 2001: una Odisea espacial (1968), en la celebérrima escena del primate lanzando el arma-hueso al cielo. Sólo un tratamiento sistemático, transmitible, matematizable aunque no lo sepamos… puede hacer que le ganemos a los felinos salvajes o a los vecinos menos armados. Así ha sido el mundo desde hace al menos un millón de años, desde los albores del fuego provocado.
Sin haber formulado las palabras escritas y las cifras, el humano de hace 10 mil años –por ejemplo- ya sabía instintivamente que el conocimiento es poder, un poder castigado, por lo efectivo. Poco a poco, el hueso del Mirador de Luna de 2001: una Odisea espacial pasa a ser arcos y flechas, escudos, cascos, espadas, vainas, uniformes, carruajes, repuestos, mapas…
Domingo, 27 de mayo
Saúl Blanco Lanza
Rosa María Rodríguez Magda
Juan Antonio Reig
Fernando Núñez Noda
Hiroit
Nicolás Ruiz Humanes
Nancy Casal