La primera vez que pasó por esa carretera a toda velocidad, Nancina sintió un escalofrío. El lugar no era desagradable, al contrario, muy frondoso y fresco, pero precisamente la densidad vegetal y el frío lo hacían propicio para temores inexplicables, como el de la Sombra Helada.
En un confín del camino a muchos metros de una casa o establecimiento, el aislamiento convertía ese trecho de la Intermunicipal 3 en un compendio de historias macabras, casi ninguna confirmada, pero muy sobrecogedoras en la descripción de la angustia del desolado transeúnte que contaba los segundos antes que saltara de la oscuridad algún horror del monte. Las leyendas urbanas (o rurales, más bien) hablaban de todo tipo de criaturas y calañas humanas, de malvados, fantasmas o animales.
No se supo qué ocurrió con el automóvil de Nancina (nunca apareció) pero falló justo al alcanzar el trecho más tupido de lianas y maleza, que ahogaba los postes. Afortunadamente ocurrió de día, aunque de poco sirvió. Su celular no tenía señal en ese lugar. A un carro que pasaba le hizo un tímido gesto de detenerse, que lucía como un saludo escondido. De repente lo que quedaba del trayecto de ese vehículo se desvaneció y percibió el silencio de una forma nueva.
Para el momento, obvio, no existía la leyenda de Sombra Helada, pero sí la de forajidos que deambulaban por esos predios, si no criaturas híbridas humanas y salvajes. Nancina se dio por perdida. Pronto sería cazada. “¿Y si corro?” se preguntó estúpidamente. Mas no, nada que ver.
Pasó la peor noche de su vida esperando que alguien rompiera la soledad. Trató pero no pudo pegar un ojo, en medio del ulular de la madrugada silvestre y gélida, completamente a oscuras. Mas, ciertamente, no la visitó ninguno de los demonios que esperaba.
Despertó con el crispar de las piedras bajo neumáticos y al levantar la cabeza el motor tripulado era ya una nube amarillosa. Salió a la carretera, pero sin suerte hasta las 5:14 pm, cuando pasó un camión que (¡mala suerte!) iba hacia una finca en el interior de la montaña. Ofrecieron llevarla pero le dio miedo dejar la nave en esas vastedades y también al ver el talante de quienes ofrecían llevarla. Incluso deseó que se fueran. Sola otra vez, caminó y se perdió en suaves colinas. Pasaron dos o quizá tres automóviles al lado del suyo, pero estaba demasiado lejos. No se topó con nadie por el resto del día y otra vez la noche, ora encendida de luceros ora arropada por cúmulos.
La quebrada cercana, los animales benévolos, la generosidad de la desnudez en el día y el abrigo animal, a oscuras, la hicieron internarse, dormir lejos del Toyota. Poco a poco extendió su territorio y ciertamente sacó máximo provecho de sus buenos colmillos. Un día contempló plácidamente cómo se robaban el vehículo. No intervino, ése era el último puente que ardía sobre el río circundante.
Eso y la deconstrucción del ser racional, son mi (propuesta de) solución al enigma de la Sombra Helada que aterroriza esos parajes.
(Imagen: composición de FNN).
Sábado, 18 de febrero
Saúl Blanco Lanza
Rosa María Rodríguez Magda
Juan Antonio Reig
Fernando Núñez Noda
Hiroit
Nicolás Ruiz Humanes
Nancy Casal
Jordi Jaumà Bru| Febrero 2012 | ||||||
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