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INMORTALIDAD: te quiero, no te quiero…

13.09.06 | 02:36. Archivado en Del devenir
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Como las verdades individuales difieren tanto de las sociales, cada ser humano termina siendo un componente del inconsciente colectivo, una percepción para los demás y, por ende, una especie de mito. Cada persona vive su vida como quiere pero su porvenir en la mente de los demás a veces ni siquiera se asemeja a lo que fue y, menos, a lo que hubiera querido que fuese.

Ciertos individuos, como Wolfgang Goethe, pensaron esto y trataron de preparar ellos mismos su imagen póstuma, su legado, su propio mito hecho colectivo. La Inmortalidad (1991), novela de Milan Kundera, refiere que hay quienes trabajan arduamente para aclarar cosas desde ya, acumular evidencias físicas, documentar los propios pensamientos... todo por un legado, algo que dejar para la mente indescriptible del mañana.

Goethe fue uno y Beethoven otro. Según la novela del checo una rivalidad entre ellos los llevó a interferir, en forma sutil, en la "inmortalidad" del otro... con consecuencias que sólo el lector puede concluir. El caso es que ambos, y muchos, han querido modelar su imagen futura (o creer modelarla) de acuerdo con su mitología personal.

La “mitología personal” tiene algo que ver con la museología, es decir, el investigar, curar y exhibir piezas selectas de la cultura para que sean apreciadas socialmente. El mito es la historia personal (la museología personal), tal cual querríamos que expresara nuestro universo. Es un ejercicio inconsciente de recreación, construida a sabiendas o no.

Uno va a muchos museos a conocer personas, no sólo obras. Sus uniformes, sus objetos personales, sus hebras de cabello. La megalomanía de unos o la adulación de otros reúne pertenencias de los líderes o gobernantes mientras están vivos: escritos, fotografías, cabos de tabaco, incluso banalidades como servilletas con marcas de pintura labial. ¿El objetivo? Preparar una exhibición futura.

Partes de La Inmortalidad se refieren, en cierta forma, a hacernos una museología propia. La cuidadosa construcción de una imagen posterior, de una identidad-en-los-otros cuando seamos nada. Esto es fascinante porque revela una exquisitez del egoísmo o del ego a secas: la precaria fabricación de una trascendencia o, al menos, de un comienzo.

Los antiguos faraones la cosecharon, la vislumbraron y vaya que armaron su propia museología. No sabemos si algunos llegaron a la Casa de Ra, pero ciertamente muchos aterrizaron en museos de El Cairo, París o Caracas.

Y tantos otros, poderosos o no, se refugiaron en la religión para alcanzar la vida eterna. Pero de eso hablaremos en otras entradas.

La inmortalidad obligada

Si hay quienes lo considerarían un privilegio, examinemos leyendas y creencias que presentan el no-morir como un castigo o como un don que se transforma en tormento. “Tengo miedo de no morir", advirtió el inefable Jorge Luis Borges.

A Caín Dios lo castigó de muchas formas, una: vagar por el mundo. Otra: construir la primera ciudad. La leyenda dice que Dios lo mantuvo vivo, condenado a deambular per sécula seculorum.

De allí derivan arquetipos como el del judío errante, que muchos folcloristas relacionan con el atormentado vástago de la primera pareja. En otra versión Cartaphylus (ése era su nombre) se burla de Cristo camino a la cruz y es condenado a recorrer el mundo, sin objetivo concreto.

Borges le da al personaje un giro insuperable en “El inmortal”, un relato del libro Ficciones (1941). (Advertencia: se hacen menciones del desenlace del cuento). Un centurión romano se pierde en el desierto. Al borde de la muerte halla un riachuelo, bebe de sus aguas. Era el famoso río que, según Homero, otorga la inmortalidad.

Al lado de la corriente se yergue la imponente pero abandonada Ciudad de los Inmortales y observa que está rodeada de trogloditas que vagan en la inmensidad de arena, una raza que come serpientes crudas y desconoce (o ha olvidado) el lenguaje. Un troglodita en especial sigue al héroe del relato como un perro y éste le pone por nombre Argos, el can de Ulises en La Odisea.

Al final, para sorpresa del oficial romano y sacudida del lector, los trogloditas son los inmortales, quienes hastiados de su condición, abandonan la magnífica ciudad y se tumban en las arenas del desierto a hacer nada, sin expectativas, sin maravillas. Uno tenía una barba de varias décadas, otro no se había movido en años. Y para ponerle la tapa al frasco, Argos, el troglodita que se adhirió al protagonista como un perro es nada más y nada menos que el mismísimo Homero.

Luego de deambular por edades medias y modernas, parece que Joseph Cartaphylus murió hacia finales del siglo XIX, dejando un manuscrito que Borges transcribe. Versiones del errante, si no Caín, al menos de su estirpe.

Más conocida es la epopeya de los vampiros y su "superestrella", Drácula. Maldito por Dios, el antiguo guerrero balcánico no moría, pero tampoco tenía una vida muy libre que digamos: el suelo húmedo de Transilvania le era indispensable, así como la protectora oscuridad de la noche o la vitalida de la sangre ajena. En la mitología hollywoodense incluso rechazaba enérgicamente cruces y ristas de ajo, que para entonces estarían en cada esquina.

En la película “El día de la marmota” (1993), mencionada en una entrada anterior sobre los viajes en el tiempo, el protagonista prueba una muestra de inmortalidad tortuosa, se suicida de múltiples formas y siempre amanece vivo al día siguiente, sin un rasguño.

Los budistas ven un ciclo eterno de vida-muerte pero no como premio, sino producto de no lograr el Nirvana, de no aprender, lo cual nos obliga a empezar de nuevo el ascenso-descenso. De larva a campeón olímpico, de cocodrilo a Gary Kasparov y luego a bacteria de nuevo...

La mitología griega castiga la insolencia de Prometeo con un eterno e inútil ciclo de energía potencial y cinética. Sube la piedra, suelta la piedra. Sin fin.

Y los cristianos, ya sabemos, le dan a los pecadores una eternidad de martirios en las pailas ardientes del Averno.

Así, amigos, entiendo que muchos se queden con la modesta pero predecible mortalidad de los agnósticos…

(Imagen: fragmento del infierno de “El jardín de las delicias” de El Bosco, exhibido en el Museo de El Prado de Madrid).

1 comentario


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios
  • Comentario por Mizpah 09.10.07 | 21:40

    Tal vez el único beneficio que tenemos los mortales es ser conscientes de tener que disfrutar cada segundo como si fuera el último, puesto que tenemos la certeza de que puede serlo el día menos esperado. Estoy convencida de que Goethe o Beethoven no hubieran gozado de las mismas sensaciones si hubieran sabido a ciencia cierta que lo que intentaron transmitir perduraría eternamente. Ya lo dice el refrán... "Lo bueno, si breve, dos veces bueno", y nadie que se sepa vivo eternamente podría disfrutar en su presente de la felicidad. Pero... ¿qué es el presente? ¿qué es el futuro? ¿qué es "siempre"? Realmente sólo existe el presente, el momento en el que estamos y, quién sabe, es posible que en algo que no sea este presente sigamos estando todavía. ¿Puedo considerarme entonces inmortal como Borges? Fantástica entrada en cualquier caso, Ajenjo.

Domingo, 19 de febrero

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