Ciberneticón

Cables invisibles

06.08.06 | 16:48. Archivado en Cibermente
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Decir “progreso” y “cables” siempre ha parecido algo natural, como padre e hijo, como causa y efecto. Desde que la electricidad fue domada por primera vez, a principios del siglo XIX, no hubo otra forma de trasladar los electrones de sus generadores a los aparatos. La mala noticia es que todavía seguimos igual en ese campo, a despecho de algunos controles remotos.

Pero la transmisión de información es otra cosa, aunque haya comenzado igual. De hecho, el primer medio eléctrico (el telégrafo) se desplazaba a través de tendidos entre postes y, comenzó sin duda a hacer el mundo más pequeño.

Largas pesadillas

La revolución digital y los cables, lamentablemente, nacieron juntos. La primera computadora electrónica moderna, Eniac, pesaba 27 toneladas y estaba tapizada de cables para unir 17.467 tubos de vacío y casi 100 mil cristales, relés y otros componentes eléctricos. Su sistema era tan aparatoso que requería el auxilio de seis mujeres que ejecutaban la mayoría de la programación, manipulando suiches y los mismísimos cables.

El transporte interno de datos en una computadora se había concretado en los cables y desde la génesis de la moderna tecnología de información, nos han acechado y, literalmente, “enredado” la vida por décadas.

Puertos, conectores, sócates, cables UTP, coaxiales, fibra óptica… lo que ha obligado a usar canaletas, sujetadores y todo tipo de adminículo para unir, colgar o esconderlos. Las ferreterías y “depots” tienen secciones enteras, no sólo de cables, sino de las múltiples opciones para manejar estos enjambres incómodos pero, hasta cierto tiempo, inevitables.

Esperanza inalámbrica

La rebelión contra los cables tampoco es nueva. Guillermo Marconi inventó a finales del siglo XIX la primera aplicación práctica de comunicación electrónica-aérea: el telégrafo “sin hilos”, primero y eventualmente la radio, el primer medio masivo inalámbrico de la historia.

A finales de la tercera década del siglo XX, nació la televisión, una interfaz audiovisual cuya señal se transmitía y recibía exclusivamente a través de antenas. Desde entonces, y sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial, las aplicaciones aumentaron: la radio de onda corta, los “walkie-talkies”, el radar, el control remoto, el teléfono móvil, etc.

Los aparatos se sucedían y sofisticaban pero parecían ajenos a la computación. Apenas, a principios de los años 1990, aparecieron unos puertos infrarrojos de HP, un incipiente esfuerzo por no interponer cable alguno entre dos dispositivos, eso sí, cercanos. Y, luego, el Blue-Thooth, la WWL y otras tecnologías para transmitir por ondas concéntricas.

Cierto que la tecnología de “WiFi” fue creada en 1991, por Vic Hayes, ingeniero de NCR Corp./AT&T y hubo algunos usos restringidos. También que la mayoría de las tecnologías inalámbricas ya campeaban en los 1990s. Pero es sobre todo en este siglo que la WiFi (y otros servicios similares) surgen como la auténtica alternativa liberadora del cableado para transmitir datos digitales.

Faltan conexiones más poderosas y ubicuas, así como más unificadas, pero sin duda que ya no necesitamos –para ello- ningún “Eniac”.

Tecnosiquis

Y, quizá, lo más interesante sea la eventual conexión de las ondas cerebrales a una computadora. Es la interfaz más directa ¿no? la fuente misma de las órdenes que damos a hardware y software. Cuando el cerebro piensa genera campos electromagnéticos muy específicos. Esas ideas o sonidos o colores en la mente pueden captarse por sensores, en un casco por ejemplo, y trasladarse a bits con instrucciones muy concretas: encender, abrir documento tal, escribir esto y aquello. Huelga decir que es extremadamente complejo, pero ya se experimenta en Corea, en Europa y en EE.UU.

Un primer mercado meta: los discapacitados, que podrían mover brazos servos o incluso hablar, porque formulamos las palabras en una especie de voz interna y ello, teóricamente, podría procesarse y salir vía parlantes.

Ahora bien, esta maravilla nos liberaría, al menos parcialmente, de los ratones, teclados, micrófonos... Es la conexión perfecta entre el pensamiento y la computación, como respuesta a las limitaciones del cerebro.

Porque hay observadores (y me incluyo) que entienden la tecnología de información como una evolución humana fuera del cuerpo, necesitado de "fuerza bruta" de procesamiento.

Lo interesante de los periféricos posibles (brazos, cámaras, "piel virtual") es que son capaces de enviar respuestas del ambiente, lo cual genera una sensación -al menos mental- de retroalimentación que reproduce el mundo físico, la auténtica realidad virtual por imitación de las sensaciones y pensamientos.

En un artículo sobre estas maravillas la revista Time no obvia, por supuesto, el sexo. "Los adultos podrían usar la tecnología para establecer experiencias y manipulaciones más íntimas", señala... gobernadas por ese Jardín de las Delicias de entrecráneo, claro.

En menos de cinco años se supone que habrá productos en el mercado. Se vislumbran prótesis que "se sienten" como reales, manos instrumentales -como las de Eduardo Manos de Tijera, pero llenas de herramientas más diversas; dictado silencioso y una cucharilla virtual, sí, para doblarla como Uri Geller (ese gran ilusionista que engañó a más de uno).

(Publicado parcialmente en el sitio WiFi Venezuela. Primera imagen: composición de FNN, segunda: tomada del dominio público de la Web).


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