Charing Cross Road

El gran brother de la "tribu"

10.04.10 | 20:04. Archivado en Críticas
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Una mirada al libro-homenaje a Miguel Gil : "Los ojos de la Guerra" , coordinado por M.Leguineche y G.Sánchez


Arturo Pérez Reverte llamaba El Muyahidín a aquel abogado de empresa que un día decidió dejar un tedioso traje para echarse a la carretera camino de Sarajevo, en busca de su destino: convertirse en corresponsal de guerra. Se llamaba Miguel Gil. Periodistas como él ennoblecen la profesión y dan un ejemplo ético y humano en una sociedad en la que los medios de comunicación espectacularizan la realidad. Los ojos de la Guerra representa un homenaje único al reportero catalán desde territorio comanche. Sus propios compañeros -hasta setenta reporteros- reflexionan sobre la profesión y las guerras y recuerdan a Gil, muerto en una emboscada de Sierra Leona en mayo de 2000 junto al estadounidense Kurt Schork.

Manuel Leguineche y Gervasio Sánchez han sido los encargados de recopilar todos estos testimonios, donde se entremezclan las voces de Javier Reverte, Alfonso Rojo, Ramón Lobo, Maruja Torres, Jon Sistiaga o Emma Daly hasta recuperar las palabras de mitos como Robert Capa y el ya fallecido Ryzsard Kapuscinski. Visualizar el siglo XX, cruento y fatídico para la humanidad, supone rememorar grandes conflictos que también se extienden a nuestros días y en los que los medios de comunicación colocan sus objetivos. En unos más que en otros. Con moral o sin ella. Para la prensa, “bad news is good news” lamentablemente. Se mueven grandes intereses, las agendas de los gobiernos pesan demasiado, se oculta y se censura. Los corresponsales están cada vez más presionados por la competencia y cobertura de otros medios, y en la mayoría de casos no han sido preparados a conciencia para subsistir en las zonas de conflicto. “Ya es hora de cambiar las reglas del juego” reflexiona el corresponsal europeo de The Washington Post, Peter Maass.

Existe otro lado en la moneda: El periodismo bien hecho, hace bien al mundo. De la tribu de la que habla Manu Leguineche, los pequeños grandes reporteros son los “brothers”, término que simboliza “amigos”, los que cubren la noticia y luego dejan la cámara, como hacía Miguel Gil, para tender una mano a los que lo necesitan. Gil sentía que lo importante no era él, sino el reportaje. Sus ojos y sus manos, sólo actuaban como un instrumento que permitía a los ciudadanos de toda nacionalidad ver y escuchar qué sucedía lejos de sus casas. Informaciones como las suyas han logrado impactar en las políticas internacionales, en aquellos que miran hacia otro lado. En la última parte, Kapucinski, siempre fiel a la verdad, golpea con certeza, al afirmar que “con frecuencia acusamos a los medios para justificar así el letargo de nuestras conciencias”, nuestra pasividad.

El corresponsal catalán profundizaba en las historias, yendo lejos para conseguir la imagen, sin dejar de ser ante todo humano – y aferrándose a sus valores cristianos-. En 1998 las fuerzas de paz del ECOMOG (Fuerza Interafricana de Pacificación) tomaron de nuevo Freetown (Sierra Leona). ECOMOG iba a continuar a través del país para vencer a los rebeldes del Frente Unido Revolucionario (RUF), que habían sembrado el terror en las zonas rurales, matando y mutilando a inocentes. APTN, donde trabajaba Gil, y todas las agencias de noticias consideraron la situación delicada y también poco noticiable tras el control de la capital. A Miguel le exigieron que se marchara. ¿Cómo vería el mundo lo que allí sucedía? ¿Qué iba a ser de esas gentes que quedaban todavía más pobres en una tierra destruida? Gil decidió pedir unos días de vacaciones y allí permaneció durante dos semanas. Cuando el periodista David Guttenfelder regresó a Sierra Leona encontró a Miguel desnutrido, sucio, sin camisa. Se había pasado más de la primera semana ayudando a encontrar a monjas, misioneros y campesinos que se habían quedado atrapados en la batalla o escondidos en los bosques. Una de las tantas cruzadas: se quedó en Prístina cuando la OTAN inició los bombardeos y todos los periodistas fueron expulsados; estuvo a punto de morir a manos de los sicarios de Mobutu en el Zaire, cuando cubría el derrumbamiento del régimen y en Kosovo realizó la gran labor por la que le reconocieron con el Premio Rory Peck.

Resulta estremecedor perderse entre las páginas de Los ojos de la Guerra y leer el tributo que le rinde Julio Fuentes, asesinado en una emboscada de Afganistán en 2001. O asistir mudamente al epitafio que le dedica Gervasio Sánchez, conmemorando estas palabras del corresponsal: “No me imagino a Dios como un asesino emboscado; le veo más bien como un jardinero dispuesto a cortar la rosa más bella”.

Este libro invita a tomar el testigo del periodismo íntegro y comprometido. No se puede verbalizar mejor lección deontológica. Miguel destacaba lo privilegiados que eran los corresponsales por tener una de las profesiones más maravillosas del mundo. El Premio Miguel Gil -para el que la recaudación del ensayo va destinada-, recordará siempre que hay seres indefensos que tienen esperanza porque a través de la cámara y las palabras, su realidad pasa de ser invencible a una solidaridad que salva vidas y alivia el sufrimiento.

Los ojos de la Guerra
Manuel Leguineche y Gervasio Sánchez
DEBOLSILLO, Madrid, 2004.
573 págs. 8,95 euros.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Jack P. 04.05.10 | 01:19

    Gloria y memoria para uno de los grandes. No se te olvida ni se te olvidará Miguel.

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