Crítica al libro "Los cínicos no sirven para este oficio" de Ryszard Kapuściński

Un título tan revelador, ejemplificador del contenido de la obra y de todos los valores que se imprimen en sus páginas, no podría ser de otra voz que de la de Ryszard Kapuściński. Tampoco habría mayor antónimo para la obra y moral de este brillante y comprometido periodista. Si para él el cinismo se perfila como una actitud inhumana, es una conditio sine qua non que el periodista albergue más allá de su carcasa de reportero un ser humano dotado de bondad y empatía. No hay periodismo posible sin la relación con el prójimo y en consecuencia, sólo con humanidad se puede comprender las historias y vidas ajenas, de las que se nutre un reportaje o una crónica.
En “Los críticos no sirven para este oficio” se encuentra un compendio de las reflexiones, experiencias y encuentros de Kapuściński, que cobran más relevancia que nunca tres años después de su muerte. En la era de las nuevas tecnologías, de los medios de comunicación convertidos básicamente en un negocio y bajo una feroz competencia, las palabras del corresponsal se traducen en una clase magistral de ética, tolerancia y buen periodismo. El libro, frugal en forma que no en contenido, se conforma en tres pilares: la charla coloquio moderada por María Nadotti, que el polaco ofreció en el marco de un congreso celebrado en Italia sobre periodismo; una entrevista realizada por Andrea Semplici y finalmente, el encuentro con el crítico de arte inglés John Berger.
En el primer fragmento-debate, el autor de “El Emperador” o “El Sha” perfila al periodista, haciéndole correlativo de un compromiso ético y vital que se construye en el continúo aprendizaje, psicología y una mezcla de intuición y ojo clínico. Bien podría realizar una llamada de atención cuando recuerda –sirva al futuro profesional y a otros más embastados- que el periodismo es intencional, es decir, que se lleva a cabo para producir un cambio. La denuncia a través de la información supone un rayo de luz para aquellos que padecen en silencio. Los pobres no tienen voz decía, y se refería especialmente a África, ese agujero negro para los occidentales que se dibuja en toda su complejidad en su imprescindible obra “Ébano”. Del continente africano y del compromiso informativo del periodista europeo trata la segunda parte, en la que clarifica por qué no se ha logrado todavía la paz en África: las nuevas clases dirigentes africanas se encargaron de ocupar simplemente el lugar de los antiguos patronos, colonialistas blancos, por tanto, continúa la lucha por el poder y la riqueza.
Para cerrar “Los cínicos no sirven para este oficio” el lector se deleita con una meditación conjunta de Kapuściński y el crítico de arte y narrador John Berger, de la que se concluye, entre otras certezas, que la visión del mundo que tiene la población europea o americana se basa en la pseudorealidad que muestran los medios de comunicación. El conocimiento de cada espectador entonces es mínimo. Ryszard Kapuściński escribía para dar esperanza a los que la habían perdido, pero también para que los europeos mirasen fuera de sí mismos y comprobaran la existencia palpable de otras culturas y civilizaciones, ya que el mundo está y necesita estar más interconectado.
Cronista y testigo del S. XX el periodista polaco contempla el siglo pasado más allá de las connotaciones furibundas que lo asolan por todos los desastres que se han producido.
Ha sido la era en la que se ha vivido la creación de un planeta independiente. Él lo sabía bien: marchó de corresponsal al extranjero en sus inicios, dejando una Polonia destrozada tras las guerras mundiales y vivió entre África, Asia y América Latina durante más de veinte años. Como buen periodista e historiador nunca dejó de describir el acontecimiento para luego explicar el por qué. Leer a Kapuściński debería ser obligatorio en todas las Facultades de Periodismo.
Los críticos no sirven para este oficio (Sobre el buen periodismo)
Ryszard Kapuściński
Editorial Anagrama. Barcelona, 2002.
124 páginas. 6,60 euros.
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Hoy día se echan en falta periodistas comprometidos como Kapuscinski, que siempre conocía hasta el más mínimo detalle de lo que contaba. Entre otras cosas, porque previamente a su marcha como cronista a cualquier país del mundo, se imbuía de la historia y las circunstancias propias de ese país. El gran maestro nos dejó otra frase digna a tener siempre presente: “Para cada línea que escribo, he leído antes otras mil líneas”.
Domingo, 27 de mayo
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Julián Moreno Mestre
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Juan Granados
José Andrés Prieto
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz