Crítica al libro "Espejo de Tauromaquia" de Michel Leiris
Cuando Leiris escribe que el hombre moderno, enfervorizado por el realismo o el utilitarismo ha reprimido sus agitaciones y raramente encuentra la forma de expresión que desflore sus
Cuando Leiris escribe que el hombre moderno, enfervorizado por el realismo o el utilitarismo ha reprimido sus agitaciones y raramente encuentra la forma de expresión que desflore sus pasiones y particularidades –análogas a las del resto- cualquiera diría que se trata de la pluma de un autor coetáneo. Más aún, si después añade que pocos espectáculos, deportes o dólmenes artísticos son capaces de conectar al hombre consigo mismo como el toreo. Así se alzaría desde su columna un partidario de la fiesta, en el tan actualizado y permanente debate sobre la pervivencia o necesaria decapitación de la tauromaquia. Pero lo que desconoce el lector es que quien así lo contempla conformó sus palabras en 1937, después de asistir horrorizado a su primera tarde en una plaza, poco antes de enamorarse de la plástica del espectáculo taurino. Del impacto de la experiencia y la profundidad de la reflexión nació Espejo de tauromaquia, una de las obras más desconocidas del francés Michel Leiris como también una pequeña joya, por el descubrimiento al que invitan sus recodos y volutas.
En esta sucinta y compleja obra, el autor galo no se cierra al reflejo del arte taurino, sino que penetra en su apariencia para encontrar en el proceso un tema abierto a diversos valores existenciales. Su estilo literario resulta extremada y embriagadoramente poético, pero a su vez se caracteriza por el desorden narrativo y las asociaciones libres de una sesión psicoanalítica, al puro estilo postfreudiano. No es de extrañar, teniendo en cuenta que Leiris acudió durante más de dos años a psicoanálisis con Adrian Borel, uno de los primeros freudianos de Francia. Su introducción en este ámbito se debió a su amistad con Georges Bataille, relación que le condujo a romper con el grupo surrealista –en el que desarrolló las artes plásticas y literarias- al que había pertenecido en plena juventud junto a Max Jacob, André Masson y Bretton. Etnólogo y sociólogo años después, viajó por todo el mundo y se vio deslumbrado por la cultura española y su mayor tradición, festejo plasmado por el pincel de su amigo Picasso.
Espejo de tauromaquia desentraña el ritual del toreo desde el paroxismo: la fiesta entendida a través de la tragedia, la pulsión erótica y el hecho sacrílego y profano que la envuelven. Michel Leiris defiende que lo que dice Nietzche en El nacimiento de la tragedia se puede volcar en los toros. El caballero, la muerte y el diablo de Durero que nombra el filósofo se parece al torero cuando se planta en el redondel de albero, en medio del clamor o el silencio del público, para enfrentarse a sus propios demonios, al mismo mal en forma de “toro bravo”, espejo perverso en el que se mira el maestro. Nietzsche introduce en su texto su concepción del arte (lo apolíneo y lo dionisiaco) –también impresos en Platón- que el escritor francés señala como la revelación del ritual taurino: la tauromaquia considerada el paradigma de un arte cuya condición esencial de belleza recae en la disonancia, un arte trágico en el que debido a la emergencia de ímpetus dionísiacos, la armonía apolínea se tuerce. El placer estético cohabita con el dolor y el pecado, un punto de apoyo que conduce al espectador del vértigo al éxtasis. La corrida es un rito –cretense- en el que el hombre se enfrenta a un semidiós y se convierte en un ángel caído que se salva al regenerarse, aceptando sus vaivenes internos en una danza de sensible y cruel sensualidad. Nada más que una armonía de contrarios, ya que sobre la quietud de lo ideal siempre parece haber una gota de sangre, un estigma de lo que se construye y se regenera.
El francés, dio también una vuelta de tuerca a la obra taurina con La literatura considerada como tauromaquia, en la que se pregunta si el lenguaje podría compararse con el arte de torear –contraste entre vida y muerte- hasta sentenciar que sólo tiene sentido poner la vida en juego, escribirla para vivirla.
La fiesta no ha dejado nunca de enfrentarse a la controversia. No son pocos los intelectuales que no comprenden qué conduce a que un ser humano de su misma ética, pueda comulgar con el toreo, esa tradición que ha sido denominada como “fiesta nacional”. Contrario fue Baroja como hoy lo exclama Luis García Montero. Lo innegable es que el carácter taurofilo se ha materializado en excelsas bibliotecas: Blasco Ibáñez, Cela, Valle-Inclán, Ortega, Chaves Nogales, Miguel Hernández, Machado, Alberti, el torero y escritor Sánchez Mejías o el propio Michel Leiris. Espejo de Tauromaquia, más allá de la defensa analítica del toreo, rezuma calidad literaria, inteligencia y sinceridad. Tal vez una obra como ésta dio motivos a Lorca para que afirmara que el toreo es “la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”. A favor o en contra, el refranero siempre acierta: “El conocimiento la pasión no quita”.
Espejo de Tauromaquia
Michel Leiris
Ed. Turner. Madrid, 1981.
80 páginas. 6 euros
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Fotografía: Rafael de Paula en la Plaza de Toros de Cádiz (15/03/1959)
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¿Justifica tanta filosofía la muerte de un animal?Lo siendo, lo dudo mucho!
Es raro tropezarse con un comentario acerca de esta obra desconocida, muy interesante para los debates que rigen hoy la tauromaquia. Debería reeditarse.
Viernes, 17 de febrero
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català