Charing Cross Road

Miguel Hernández: "El poeta del pueblo"

11.06.07 | 23:45. Archivado en Cultura, Literatura
  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido

Hace ya 65 años que Miguel nos dejó. Pero ni la fría losa del tiempo ni el silencio del pasado han podido borrar la voz de su pluma. Porque aunque Hernández, cuyos versos rescatados durante muchos años fueron en general de “consigna y de lucha, propaganda y exabrupto” como señala José Luis Ferris, fue ante todo un hombre que se dio a los hombres, un gran creador de belleza sonora que conmueve tanto por su sensibilidad como por su compromiso. Me pregunto si aquellos que amamos la escritura, no habremos tenido alguna vez en un espacio tiempo indeterminado, algún encuentro con estos pequeños grandes hombres en papel y tantas veces en vida que nos inspiran, y tal hallazgo no ha despertado los innatos expresores de la vida en sí que somos. Y nos han susurrado al oído eso de “caminante no hay camino, se hace camino al andar” (Machado)...

”Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano”. Así le escribía un humilde poeta a Ramón Sijé en 1935, tras saber de su muerte. Había sido su mejor amigo, el que tantas veces le había alentado cuando años atrás, en su pueblo natal, Orihuela, él era un hijo de cabrero que soñaba con poder llegar a ser conocido por sus versos.

Habiendo nacido en una familia de escasos medios, apenas unos años asistiría a la escuela. Pero él no dejaba de leer los ejemplares que podía obtener mediante préstamos mientras por la sierra levantina pastoreaba el rebaño. Se cultiva de forma autodidacta y pronto, comienza a escribir. En 1930 publicaría sus primeros poemas en "El Día de Alicante" y "El Pueblo de Orihuela". En 1931, gana un concurso literario en Elche por “Canto a Valencia”. En ese mismo año, por fin viaja a Madrid. Pero fracasado regresa a su casa. Aunque en verdad no sería en vano; inspirado por los aires literarios de la capital, forjaría “Perito en Lunas” (1933).

En tal año, conoció a la que sería su mujer, Josefina Manresa, gracias a la cual, el legado del poeta no se perdió con su muerte. Ella guardó con recelo cartas y poemas inéditos, siendo fiel a su memoria para que jamás cayera en el olvido la obra y herencia de su marido.

El oriolano regresaría a Madrid en la primavera de 1934, donde sus proyectos ya empiezan a fructificar (no sin mucho esfuerzo y días de carencias), lo que desembocaría en nuevos viajes de su localidad a la Gran Ciudad, donde poco a poco se crea su grupo de amigos: Alberti, Cernuda, María Zambrano, Aleixandre o Neruda.

Sus vivencias se irán materializando en una serie de sonetos que convergerán en El rayo que no cesa (1936).

Al estallar la Guerra Civil, marchará al frente junto a los republicanos, y su obra poética será una expresión contra el fascismo. Así, es bautizado como “el poeta del pueblo”. De esta época nacerán Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939). Dos años después de casarse con Josefina (1937), sería detenido, para ser trasladado a diversas cárceles de la geografía española (Sevilla, Madrid, Ocaña, Alicante...), durante un largo período en el que gracias a las influencias de su amigo Sijé, le condenarán a 30 años de prisión, salvándose de la pena de muerte. En 1941 se le diagnostica una “tuberculosis pulmonar aguda”, que el 28 de Marzo de 1942 le robaría la vida, con tan solo 31 años.

Y hablar de este gran poeta, no es ensalzar la voz de una bandera, como algunos han querido censurar en la cruel contienda verbal sobre la Guerra Civil (que abre más heridas todavía), sino de un hombre que resaltó, no sólo por la calidad y compromiso de su lírica, ante todo, por su espíritu generoso, su humanidad y su canto a la libertad.

Él fue quien sabiendo por una carta de su mujer que debido a las penurias que vivían sólo podía comer pan y cebolla para amamantar a su hijo, le escribió “Nanas de la Cebolla”; el que dedicó “Elegía Primera” a Lorca, tras la triste noticia de su fusilamiento: “Rodea mi garganta tu agonía como un hierro de horca y pruebo una bebida funeraria. Tú sabes Federico García Lorca que soy de los que gozan una muerte diaria”... De quien Serrat tomó prestado sus estrofas para cantar aquello de: “Para la libertad, sangro, lucho, pervivo. Para la libertad...”. Aquel pequeño gran hombre fue Miguel Hernández. El hombre sencillo de un mundo de luces y de sombras.

”A las ladas almas de las rosas
Del almendro de nata te requiero
Que tenemos que hablar de muchas cosas
Compañero del alma compañero.”


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Domingo, 19 de febrero

    BUSCAR

    Editado por

    • facebook
    • twitter
    • Youtube
    • RSS

    Hemeroteca

    Noviembre 2011
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
     123456
    78910111213
    14151617181920
    21222324252627
    282930    

    Sindicación