El pintor de Cracovia, meticulosamente traducido por Antonio Golmar para la Editorial Ediciones B, es un libro curioso. En primer lugar porque el autor, Joseph Bau, no es escritor, sino pintor, y, sin embargo, o acaso por ello, el texto está escrito con una sencillez cristalina, con una transparencia sin dobleces, con la desnudez que Cervantes reclamaba como exigencia de la escritura:
“procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla.”
(MIGUEL DE CERVANTES, Don Quijote de La Mancha, I, prólogo)
En segundo lugar, porque narra su vida en el gueto de Cracovia y en el campo de Plaszow con un instrumental aparentemente inesperado: el humor.
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