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Economía humana

Permalink 04.02.12 @ 11:50:35. Archivado en Economía

1. El plan general

El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente[1].
Una de las aportaciones más generales del cristianismo a la economía es la de ofrecer una visión panorámica del sentido y finalidad del mundo, del sentido de la vida y del hombre. Importa saber cómo se fabrican los productos y cuáles son las mejores técnicas de producción y los más eficientes procedimientos de venta y de distribución, pero por encima de todo esto está el conocimiento del hombre y del mundo que nos rodea, en definitiva, saber para qué se hacen las cosas vale más que el mismo hecho de poder hacerlas.
La economía debe estar al servicio del hombre, considerado siempre como un fin en sí mismo, y ser la consecuencia de la participación de todos y para beneficio de todos, por esto debe estar debidamente regulada y supervisada como garantía del bien común. Además de lo anterior, en el actual momento histórico, la economía debe tener un enfoque y una autoridad global[2].
Todo empieza con la Creación, con el origen del universo. Todos los bienes y las riquezas de la tierra son buenos porque proceden de Dios y en Él tienen su fin. Pero la Creación no es un absurdo, tiene una lógica, unas leyes y unos principios que rigen la naturaleza y los mismos bienes. La Creación está bajo el gobierno y cuidado del Creador que no abandona el mundo a su suerte, sino que se implica en su futuro y lo mantiene.
Dentro de este plan divino se encuentra el hombre, también creado por Dios como una criatura más de todas pero, a la vez, con unas cualidades tales que le asemejan a su Creador y le hacen acreedor de una dignidad superior a todo lo creado. El hombre, creado como varón y mujer, recibe el encargo de dominar la tierra.
Pero el hombre no gobierna la tierra de cualquier manera, sino que debe gobernarla conforme a las leyes naturales. Existe una ecología natural y un respeto de la naturaleza, pero antes aún, existe una ecología humana y un respeto del hombre por el mismo hombre.
El hombre es libre, mientras que las demás criaturas no son libres, sino que están determinadas por su propia naturaleza y por su instinto. El hombre puede querer colaborar en la Creación o puede no querer, de él depende y por eso es libre. Pero la libertad del hombre no es absoluta porque no procede de él mismo, sino que al ser recibida como un don más tiene una limitación. La libertad del hombre no le permite fijar el orden moral (el bien y el mal), sino que éste responde al designio del Creador. Pero el hombre, por ser racional, puede reconocer ese orden y puede amarlo o rechazarlo.
Pero una cosa es clara, el hombre ha sido creado para gobernar la tierra y hacerla crecer y, por tanto, la administración de los bienes —la economía— no es algo ajeno a los planes de la Creación sino que forma parte de los mismos y de la vida ordinaria de los hombres. Dedicarse a la economía no es nada extraño, ni contrario a la dignidad humana, sino que forma parte de la misma puesto que ninguna otra criatura puede dedicarse a la economía.
Los bienes de la tierra son un don que debemos usar con generosidad, con la misma con la que los hemos recibido. Los bienes son para compartirlos para que a nadie le falte lo necesario para llevar una vida digna y en este sentido, las riquezas que se poseen tienen un sentido social[3].

2. Las diferencias

Al contemplar el mundo podemos observar dos cosas: a) por un lado, que los bienes no están repartidos de manera uniforme entre todas las personas, sino que mientras unos tienen bienes en abundancia a otros les falta hasta lo necesario; y b) que existen bienes suficientes para todos de tal manera que si los bienes se repartieran con equidad todos los hombres podrían poseer los bienes necesarios para tener una vida digna ellos y sus familias.
El plan de la Creación cuenta con que el mundo no es igualitario, existen diferencias entre los hombres y las mujeres, entre los altos y los bajos, los listos y los menos listos, los de arriba y los de abajo, etc.: el igualitarismo generalizado no entra en los planes de la Creación.
Pero, al mismo tiempo, todos los hombres y todas las mujeres participan de la misma dignidad —son la misma imagen y semejanza— y están llamados a la misma excelencia luego tenemos que concluir que las diferencia iniciales de la Creación y de la misma situación de los hombres no son diferencias constitucionales, sino más bien diferencias estructurales que los mismos hombres con su libertad y son su inteligencia pueden solucionar para contribuir al desarrollo de la Creación[4].

3. La realidad económica

Hay tres principios generales que tienen aplicación en el campo económico[5]:
a) Principio de la dignidad de la persona. Este principio, ya lo sabemos, dice que todo ser humano tiene valor en sí mismo, con independencia de lo que tenga o posea, de su raza, credo, cultura o situación. El hombre vale por lo que es y no vale por lo que tiene o significa. Por tanto, todos los hombres valen igual.
El fundamento y razón de la dignidad de los hombres y de las mujeres es haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, poder amar y ser amados. Por la fuerza de la dignidad de los hombres, toda la creación está puesta a su servicio y también la actividad económica y la administración de los bienes y las riquezas de la tierra.
b) Principio de subsidiariedad. El segundo principio general es el que dice que todo lo que el hombre pueda hacer y desarrollar por sí mismo y en el ejercicio de su libertad y de su inteligencia no es lícito impedírselo. También dice que todo lo que una estructura social inferior pueda realizar no debe realizarlo una estructura social superior[6].
c) Principio de solidaridad. Pero el hombre no vive aislado y despreocupado de sus semejantes, sino que debe preocuparse de los demás hombres porque tienen su misma dignidad y son sus iguales.
Hay que «dejar hacer» a los hombres y también hay que «hacer hacer» a los hombres lo que ellos puedan hacer por sí mismos, sin fomentar la pereza, la apatía, la comodidad y la falta de responsabilidad en el desarrollo económico y social de los pueblos. Los hombres tenemos talentos para ejercerlos en bien de todos, no para enterrarlos cuidadosamente. Hay que trabajar por el común de todos y hay que arriesgar los talentos, no es lícito guardarlos.
La solidaridad está unida al bien común que es el conjunto de condiciones de la vida social que permiten a las asociaciones y a cada uno de sus miembros perfeccionarse más fácilmente[7]. Pero el bien común —por definición— es común a todos los pueblos de la tierra, no sólo a los desarrollados o a los de cultura occidental. El verdadero test del bien común es la efectiva solidaridad con las personas que corren grave riesgo de quedar socialmente descolgados del desarrollo como pueden ser los mayores, los inmigrantes y los jóvenes[8].
Junto con los principios señalados también existen otros principios de aplicación en el orden económico que conviene recordar:
d) La centralidad de la persona. El hombre es el autor, el centro y el fin de cualquier actividad económica (Gaudium et Spes, n.63). Es más importante la persona del trabajador que el resultado de su trabajo.
e) El destino universal de los bienes. Los bienes creados son para todos los hombres y pueblos que tienen un legítimo derecho a disfrutar de ellos. Es la función social de la propiedad. Este derecho lleva aparejada la obligación ética de los pueblos desarrollados de no impedir y hasta de facilitar el acceso a los bienes de la tierra a todos los hombres y pueblos que la habitan.
f) El desarrollo integral del hombre. El desarrollo de los hombres y de los pueblos no deben atender solamente a las condiciones económicas, materiales y técnicas de la producción de bienes y servicios, sino, sobre todo, al desarrollo de la persona en todas sus dimensiones: materiales, espirituales, familiares, culturales, artísticas, sociales, deportivas, etc.
No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume mejor cuando está orientado sólo a tener más bienes y no a ser mejor persona. Por esto es necesario realizar un esfuerzo social y político para implantar estilos de vida a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones[9].
g) La sostenibilidad de la naturaleza. El hombre es el administrador de la naturaleza y no un devastador o depredador de la misma. Mientras se sirve de la naturaleza para su desarrollo y el de todos los pueblos también debe cuidarla y mantenerla —administrarla— y conservarla para que la naturaleza pueda seguir sirviendo a los demás hombres, sin divinizarla, pero tampoco sin despreciarla.

4. Una oportunidad

Una auténtica democracia solamente es posible en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Es necesario reconocer que si no existe una verdad última que guía y orienta la acción política y económica, entonces las convicciones humanas pueden ser instrumentadas para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia[10].
El problema de fondo estriba en que el éxito de la actividad económica se mide en términos de rendimiento económico o beneficio empresarial y, por tanto, su búsqueda lleva a convertir a las personas empleadas en «factores de producción» al servicio de dicho éxito.
Esta crisis es mucho más que financiera y económica, tiene raíces éticas, culturales y antropológicas, y nos obliga a cambios profundos de toda índole. Por ello, el tiempo presente no puede ser baldío. La crisis debe ser una oportunidad para reconocer nuestras carencias técnicas, institucionales y, sobre todo, éticas y culturales, y para avanzar por caminos de humanidad; caminos que sitúen a la persona en su integridad, y a todas las personas por igual, en el centro de nuestra economía y de nuestra sociedad global[11]. ■

[1] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, n.36.
[2] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, 2011, n. 40.
[3] Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa, Pamplona, 2011, p. 65.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1936-1937.
[5] Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa, Pamplona, 2011, p. 75.
[6] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 15.
[7] Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 26.
[8] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, 2011, n. 35.
[9] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 36.
[10] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 46.
[11] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, 2011, n. 40.


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