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Mercado

Permalink 07.01.12 @ 11:48:49. Archivado en Economía

1. El fin del mercado
La actividad económica está destinada a satisfacer las necesidades de los hombres y no está destinada a aumentar el lujo o el poder.
El libre mercado es la manera por la que los agentes económicos se comunican y ponen de acuerdo entre sí para asignar los recursos disponibles y determinar qué producir, cuánto y a qué precio[1]. Es un instrumento, una herramienta por la cual los vendedores ofrecen y los compradores demandan algo y convienen en el precio y la forma de pago.
Pero el hecho de ser un instrumento o un medio no significa necesariamente que sea moralmente neutro. Aparecen dos elementos importantes: a) de una parte, se funda en la libertad de los agentes económicos a los que nadie obliga a vender ni a comprar. Y esta libertad de contratar es algo inicialmente bueno. En general, la libertad es siempre inicialmente buena y deseable. Pero la libertad no es un fin en sí misma y siempre hay que tener en cuenta el fin perseguido con el ejercicio de la libertad. Se puede usar para el bien, pero también es posible usar la libertad para el mal.
b) En segundo lugar, aparece también la competencia puesto que el libre mercado supone que los vendedores y compradores concurren y en función de lo que unos ofrecen y otros demandan se encuentra un punto de concurrencia que determina el mejor precio del contrato: el precio de mercado.
La competencia es buena también, porque estimula la mejora de la oferta y la perfección del trabajo personal para resultar finalmente elegido entre todos los candidatos. Es decir, la competencia favorece la eficiencia y la mejora de la productividad.
Desde el punto de vista técnico, el libre mercado es una manera de organizar la actividad económica que comparada con otros sistemas posibles logra una eficiencia bastante contrastada. Además, la sola concurrencia de distintos compradores y de distintos vendedores es capaz de generar el precio de los bienes atendiendo no a los intereses de una persona en particular, sino a la estimación general de unos y otros hasta conseguir lo que se llama precio de mercado.
De esta manera, el libre mercado modera posibles excesos y se convierte en un instrumento que facilita la justicia en los intercambios de bienes y servicios. Así se podría concluir que el libre mercado en sí mismo considerado no es malo, sino que respeta la libertad humana y favorece el ejercicio de la justicia mediante el ejercicio de los propios talentos en la actividad económica.
Sin embargo, también por experiencia sabemos que, a veces, se producen abusos de poder, faltas de cumplimiento o de respeto a las reglas establecidas y, en definitiva, injusticias. Así ocurre, cuando un vendedor baja los precios por debajo del coste del producto para causar pérdidas a sus competidores y procurar su eliminación definitiva con la intención de dominar el mercado. O también, cuando se producen reducciones excesivas en los costes de producción al no cumplir con las debidas medidas de seguridad, de higiene, de abono de salarios mínimos, etc. En estos casos, y en otros parecidos, se está utilizando la libertad de mercado con fines torcidos puesto que no se pretende realizar una actividad económica justa, ni ajustar el precio real de las cosas, sino conseguir una posición dominante del mercado con el propósito de eliminar del mercado a todos los demás posibles agentes sociales.
La crisis ha demostrado que el mercado, dejado a sí mismo, no solamente puede resultar ineficiente, sino acabar promoviendo prácticas inmorales y generar un desastre global. No se trata de ningún modo de negar lo que de beneficioso y necesario tiene el mercado; sin embargo, no es cierto que lo mejor para el bien común sea dejar que el mecanismo del mercado obre con entera libertad sin ninguna interferencia de ningún tipo[2].
Para evitar los abusos e injusticias en el mercado es necesario regular y controlar la actividad económica. Regular es ordenar la economía pero no impedirla ni asfixiarla. La ordenación del libre mercado debe atender a favorecer la misma existencia del mercado y de sus fines primordiales que consisten en obtener el intercambio de bienes y servicios al mejor precio posible.
Lo que no es posible es que el mercado se regule a sí mismo puesto que tendería a la mayor ganancia del vendedor o al mayor beneficio del comprador que siempre procuraría eliminar los posibles competidores para negociar desde una posición de fortaleza. El libre mercado debe servir a la sociedad y a la justicia y, por esta razón, debe estar ordenado hacia esos mismos fines. Leyes deben asegurar que siempre se obtendrá el precio de mercado de los bienes y que siempre existirá la libre competencia entre los agentes económicos.
La economía tiene por finalidad el bienestar de la sociedad y el correcto uso y reparto de la riqueza y de los bienes de la tierra. Es un fin común para toda la sociedad extraño al enriquecimiento exclusivo de unos pocos a costa de la explotación de otros. Al mismo tiempo, este fin común aplica la justicia y pretende beneficiar al que trabaja y aplica su esfuerzo e ingenio en producir bienes al mejor precio para conseguir la mejor venta.

2. Para la sociedad
Esta misma regulación del libre mercado debe atender no solamente a las necesidades económicas del mercado y de los intercambios comerciales, sino de la propia sociedad y de las personas que la integran. No podemos olvidar que el mecanismo del libre mercado considera tan solo a unos vendedores que ofrecen unos bienes y a unos compradores que ofrecen un dinero por ellos. Quedan fuera del libre mercado todas las personas y pueblos que careciendo de poder adquisitivo no pueden acceder al mercado ni beneficiarse de los bienes ofrecidos.
El libre mercado tiene, ciertamente, limitaciones por su mismo objeto. Unas veces porque solamente atiende a la solución de problemas que se puedan resolver con poder adquisitivo[3], es decir, problemas económicos, pero no culturales, sociales, de desarrollo humano. Otras veces, porque existen necesidades de los hombres que no se pueden comprar ni vender porque no están en el comercio de los hombres, son ajenas al libre intercambio de bienes y servicios pero son aún más necesarias para los hombres. Tal es el caso, por ejemplo, del hogar, de la familia, del respeto a la dignidad de la persona, del debido descanso, del acceso a la cultura y las formas de conocimiento.
Es decir, no todos los problemas de los hombres se resuelven comprando ni vendiendo, ni con arreglo a las normas del libre mercado. Tampoco todos los problemas se resuelven solamente con arreglo a los criterios de justicia. La sola dignidad de cada hombre exige algo más que el cumplimiento de lo justo, de lo debido. La dignidad del hombre no es algo que se paga, que se cumple con justicia, sino que es algo que se admira y se contempla por su misma dignidad y ante la cual no basta con la justicia, sino que es necesario ir más allá de los planteamientos justos para llegar a la generosidad y al don[4].
Ya se ve que la economía no lo es todo en la vida humana. Si lo fuera, la vida humana no gozaría de la dignidad que tiene y quedaría muy limitada. Luego a nadie puede extrañar que existan límites al libre mercado. Límites sí, impedimentos no.

3. Los límites
La persona es el centro de la actividad económica lo que significa mucho más que un reparto equitativo de la riqueza. El problema de fondo estriba en que el éxito de la actividad económica se mide en términos de rendimiento económico o beneficio, y, por tanto, su búsqueda lleva naturalmente a convertir a las personas empleadas en “factores de producción” al servicio de dicho éxito[5].
Y ¿cómo se determinan los justos límites al mercado? Curiosamente, los límites del mercado no se determinan por leyes económicas, sino por leyes culturales y por pautas de estilo de vida. Estos límites se fijan por medio del fortalecimiento de las instituciones que defienden y aseguran la dignidad de hombre. La cultura, la familia, la educación y la religión, proporcionan a los hombres y a la sociedad el verdadero sentido de la vida y sitúan a la economía en sus justos límites al servicio del hombre y de la sociedad no permitiendo que ningún hombre se convierta en un siervo de otro hombre o de un sistema económico.
Pero si se descuidan estas instituciones, si la cultura no es trascendente, si la educación es solamente técnica, si la familia se desestructura, si la religión se ignora, la actividad económica acaba convirtiéndose en consumismo, es decir, en afán de poseer bienes, servicios y riquezas con olvido de la dignidad del mismo hombre. Aún más, acaba por convertir a las riquezas en un verdadero fin de la vida para el hombre que solo tendrá sentido si es para tener más bienes y más bienestar material.
No es malo el deseo de vivir mejor y de querer conseguir avances técnicos y mejoras en la calidad de vida y de bienestar material y social. Pero el fin debe ser siempre el crecimiento del hombre entero, en cuerpo y alma. El fin de la actividad económica no es el permitir al hombre tener más bienes, sino ser mejor persona y madurar en su personal desarrollo.
Detrás del consumismo se esconde una visión materialista de la vida y de la felicidad, donde lo único que tiene importancia son los bienes y la comodidad personal adquirida olvidando la vida espiritual del hombre y, al fin, al mismo hombre.
No es que los bienes materiales no sean buenos ni convenientes, es que son insuficientes para la felicidad del hombre. No satisfacen las ansias de felicidad humanas y por esta razón es preciso atender a un verdadera cultura que pueda orientar la vida y las necesidades de los hombres, también las necesidades del libre mercado.
Los bienes son necesarios para el desarrollo de las personas y de la sociedad. Se trata de erradicar el consumismo, pero no el consumo de los bienes y ofrecer un estilo de vida más sobrio que busque la verdad, el bien y la belleza, así como la solidaridad con los demás hombres para un crecimiento común[6].
La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.[7] ■

Felipe Pou Ampuero

[1] Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa, Pamplona, 2011, p. 85.
[2] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Cuaresma Pascua 2011, n. 18.
[3] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 34.
[4] Benedicto XVI, Encíclica Caritas in veritate, n. 34.
[5] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Cuaresma Pascua 2011, n. 20.
[6] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 34.
[7] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n 42.


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